Banderas, opiniones y principios
Dijo Antonio Banderas, textualmente y refiriéndose a Pedro Sánchez: «Una cosa es cambiar de opinión y otra de principios». Tal apreciación le ha valido una reprimenda ministerial
No debieron abroncarlo con esa severidad institucional porque en la afirmación va implícito que su líder tuvo un día unos principios fetén que ahora ha trocado por otros de menos peso ético, cuando también cabe que no los haya tenido nunca o que sean los suyos de quita y pon. Sin embargo, el bueno de Antonio prefirió pensar que simplemente los ha cambiado, que lógicamente suena menos duro.
Lo cierto es que el CEO del PSOE, presidente del País y rehén del nacionalismo, aterrizó en el cargo exento de principios, quiero decir, en la idea de un gobierno de concepto abierto, acorde con sus ambiciones en común. Esta transmutación se ofició y fraguó en una gira automovilística en la que él y sus socios fueron vendiendo de federación en federación la idea de asaltar el poder a cualquier precio; filosofía que cuajó sin necesidad de ejercer violencia o intimidación, por el simple peso de su bondad en la dulce promesa de tocar poder.
No es, por tanto, incierto que llegara sin principios a su tarea de gobierno; así lo había prometido y así lo hizo. Traía, eso sí, opinión, pero cambiarla, tal como señala el actor, está permitido. Y no ha dudado en cambiarla las veces que le ha sido necesario y sin mancillar la ignota oquedad de su ausencia de principios.
