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Los bares forman parte de nuestra identidad nacional. Son como “un corazón económico y social” que late a diario en las calles de ciudades y pueblos, un punto de encuentro y de intercambio de historias entre generaciones. En ellos se mezclan edades, ideologías, opiniones y oficios, allí se juegan partidas competidas y se desarrollan animadas tertulias. Son como pequeños parlamentos donde se discuten asuntos de la realidad prosaica. 

Sobre estos espacios, símbolos de la vida comunitaria, pesa hoy una legislación que puede llevar a la desaparición de muchos. La Ley de Prevención del Consumo de Alcohol en Menores que persigue el objetivo loable de proteger a los jóvenes, prohíbe la publicidad de bebidas alcohólicas en toldos, rótulos, mesas, sillas o servilleteros, lo que en la práctica significa un golpe a estos establecimientos que ya sobrevivían a duras penas.

Esos elementos del mobiliario con publicidad de marcas de cerveza no son un adorno, son el apoyo económico vital para su supervivencia. Gracias a esos patrocinios muchos bares pueden mantener el empleo y afrontar gastos que de otro modo sería imposible. El impacto también afecta a las marcas patrocinadoras, a los proveedores, y a los distribuidores que verán reducida su actividad, lo que implica la pérdida de empleos y el debilitamiento de la cadena económica local.

De los 130.000 bares que hay en el país –según datos de Hostelería de España– unos 100.000 cuentan con ese tipo de patrocinio y en términos económicos se estima que la hostelería podría perder hasta 1.700 millones de euros por la retirada de esos apoyos, poniendo en riesgo más de 10.000 empleos por el cierre de numerosos establecimientos. Sobre todo en los municipios que cuentan con un solo bar que podrían quedarse sin él por los costes que no pueden soportar al desaparecer el patrocinador.

El impacto no es solo económico. El cierre de un bar significa la pérdida de servicios, la desaparición de un espacio de socialización, de convivencia, de identidad local. En zonas rurales o con población envejecida, el bar es a menudo el único lugar donde se combate la soledad, donde se mantiene viva la conversación, donde se comparte lo cotidiano y su mobiliario con logos de una marca de cerveza forma parte de la memoria visual y emocional de varias generaciones.

La Ley plantea un dilema complejo: como proteger a los menores sin desmantelar un tejido social y económico tan valioso y el debate debe ir más allá de la normativa para compatibilizar ambos objetivos por el papel insustituible que juegan estos establecimientos en la vida colectiva. Defender los bares no es defender el consumo de alcohol, es defender la economía local, la tradición y la cultura popular. Es reconocer que en un mundo cada vez más individualista y digital estos lugares siguen siendo refugios de humanidad.