El “rave” maldito
La danza expresa con precisión los pesares y alegrías de la humanidad.
Danzaban los antiguos griegos en pírrica disciplina bélica. Lo hacían los cúteres para que el voraz Cronos no oyese el llanto de Zeus. Lo hizo Ulises sobre la pira de Patroclo.
La humanidad ha danzado desde que el mundo lo es y el hombre su títere preferido.
La danza es, junto a la música, el laberinto perfecto para encerrar las emociones del hombre. En él se acalla el discurso y el hombre se reencuentra lejos de la palabra con lo ancestral de su ser, el del animal que es. Porque también bailan las bestias, los ríos y montañas; todo en la naturaleza danza al son de sus enardecidos sentidos para hacer partícipe a los sentimientos de esa cualidad innata.
Por la danza sabe el alma de la bestia que la acecha y de la dulzura que imprime la armonía que desprende.
La danza, cualquiera que sea su naturaleza, es siempre un preámbulo de paz que hace del hombre un ser afable y confiable; después regresa el cotidiano, brutal, hipócrita, obsceno, pero esencial porque es lo que somos.
A estas dignas danzas se une hoy la de la indigna clase política. Danza, entre otros, Trump con su soberbia y Maduro con su torpeza. Son danzas toscas, obscenas, que parecen decirnos: “Mira, bailo sobre tu tumba”.
Agotada la fuerza de las palabras en la raíz de las ideas, no hallan modo mejor que esas grotescas danzas que los maldicen y nos maldicen.
