El modelo italiano de Meloni
Durante años parte de Europa asumió que la llegada de la derecha radical al poder implicaba inestabilidad, choque institucional y ruptura con el consenso europeo, e Italia, país fundador de la Unión, parecía destinada a confirmar ese prejuicio. Sin embargo, Giorgia Meloni trajo la variable de una derecha nacional-conservadora que gobierna sin dinamitar el sistema. La aprobación de sus cuartos presupuestos –“para dar certezas a la nación y seguir construyendo una Italia sólida, competitiva y capaz de mirar al futuro con confianza”– refuerza su imagen de gobernante estable.
Meloni, líder de Fratelli d’Italia, arrastra una herencia posfascista innegable. Pero, una vez asentada en el Palazzo Chigi, eligió una estrategia de normalización política e institucional: respeto a las reglas fiscales europeas, alineamiento con la UE y la OTAN, respaldo a Ucrania y una política económica más pragmática que ideológica.
Combina esta política eficaz con un discurso identitario y populista, especialmente en materia de inmigración, seguridad y valores culturales, pero con una práctica de gobierno que evita la confrontación. Ocupa un espacio que conecta con amplias capas de las clases medias y populares, ofrece estabilidad sin convertir a Italia en un problema para Europa, y entiende que gobernar no es agitar, sino gestionar. Para muchos europeos representa una “derecha civilizada” cuyo populismo es esencialmente retórico y su política pragmática.
El contraste con España es claro. Aquí el debate político está mucho más radicalizado. La izquierda gobernante estableció un cordón sanitario frente a Vox, al que presenta como amenaza sistémica, y se escandaliza ante pactos con esa formación que no está a la altura de Fratelli d’Italia. Sin embargo, el mismo Gobierno –sin mayoría y con poca transparencia–, que condena la posibilidad de “normalizar” la extrema derecha, llevó al Consejo de Ministros a fuerzas de tradición comunista y fraguó acuerdos con el independentismo nacionalista y la izquierda radical que buscan dinamitar desde dentro el modelo de Estado nacido de la Constitución de 1978.
Está bien cuestionar los pactos con la derecha extrema, pero también convendría preguntarse por qué en España el debate político se centra tanto en vetos morales mientras apenas se exige al Gobierno más firmeza en defender el marco y la forma de Estado que nos dimos.
Meloni nunca haría esos acuerdos, su modelo opta por reforzar el consenso institucional y demuestra que la clave no reside tanto en el origen ideológico como en el ejercicio del poder. Para ella gobernar significa preservar el Estado, respetar un fondo común de principios y ofrecer estabilidad.
La líder italiana, con todas sus sombras, ha entendido algo esencial: en democracia se puede ganar desde un extremo, pero solo se gobierna desde el respeto institucional.
