¿Usted nunca manda un WhatsApp a un amigo?
José Tomé sostiene que él nunca ha acosado a nadie.
Que es una persona normal que envía chistes, bromas…
¿Usted nunca manda un WhatsApp a un amigo?, pregunta.
Y claro que sí. Todos enviamos mensajes. Y bromas. Y chistes.
La cuestión es que algunos intentamos que nuestras bromas y chistes no sean denigrantes para nadie. Es más, intentamos que no falten al respeto que toda persona merece. Pero es cierto: no somos la mayoría.
Son muchos los que no tienen tantos remilgos con su comportamiento y envían vídeos que no mandarían si estuvieran protagonizados por sus hijas, fotos que no enviarían si fuesen imágenes de sus hermanas y comentarios nacidos en los testículos que no harían de ninguna mujer a la que respetasen mínimamente.
Y esto, en sí, ya es un problema, señor Tomé.
Lo explicaba muy bien una ilustración que publicó Javier Royo el 25N. Era una pirámide de castellers con siete pisos. En la base se veía a nueve hombres junto al texto “reír una gracia machista”. Le seguían, según iban subiendo los pisos del castell, “ningunear a una mujer”, “arrimarse sin consentimiento”, “tocar sin consentimiento”, “abusar”, “violar” y, ya en la cima, con un único individuo, “matar”.
Y es que nadie empieza matando, violando o abusando.
Se empieza abajo.
Muy abajo.
Con una risa.
Con una imagen.
Con una mujer reducida a objeto.
Con un comentario.
Con la excusa de que es lo “normal”. Y, por supuesto, “no tiene importancia”.
El problema es que la pirámide del machismo, esa que Javi Royo dibuja tan clara, no se sostiene en la punta. Se sostiene en la base. En lo cotidiano. En lo que se normaliza. En lo que se ríe. En lo que se calla. En lo que nadie tiene los cojones de señalar como inapropiado. Por no quedar mal. Por si se ríen. Por evitar los comentarios.
Por eso, cuando un hombre se disculpa tras la excusa de una broma, no se está defendiendo: se está delatando. Porque ese es exactamente el argumento de quien nunca ha entendido, ni quiere entender, dónde empieza la violencia.
El problema no es solo el presunto acosador.
El problema es el ecosistema que lo hace posible.
El grupo que sonríe.
El que reenvía.
El que mira para otro lado.
El que piensa “qué machote”.
El que, incluso, admira.
Nos gusta pensar que el machismo es cosa de monstruos. De pocos tipos. Y raros. Pero no. El machismo suele llevar jersey normal, móvil en la mano y una carcajada a tiempo. Se parece demasiado a alguien conocido. A alguien corriente. A alguien que dice ser buena persona. O a quien tú consideras buena persona.
Estamos a una semana de la Navidad. Así que voy a aprovechar este caso para escribir mi carta a Papá Noel. Y este año no quiero regalos. Ni tan siquiera voy a pedir la paz mundial, que tanta falta nos hace. Quiero algo mucho más radical: que algún hombre (aunque sea solo uno) conteste en una conversación de WhatsApp:
¿Por qué me mandas esta mierda?
¿Qué tipo de persona te crees que soy?
Deseo que no se ría.
Que no haga de árbitro neutral.
Que no se quede callado, porque el silencio no arregla nada.
Que diga “yo no entro”.
Que se salga de un grupo, si es necesario, o amenace con hacerlo con la misma contundencia que lo hace cuando se discute de política o se habla del equipo rival de fútbol.
¿Usted nunca manda un WhatsApp a un amigo?, decía Tomé.
Pero la pregunta no es esa, sino cuántas veces lo has recibido y has seguido el rollo o, como mucho, has mirado hacia otro lado.
La pregunta es si te parece “normal”. Ahí reside la gravedad de todo. Porque la pirámide no se derrumba desde arriba. Se resquebraja cuando alguien, abajo del todo, decide no seguir sosteniendo.
Y para eso no es necesario dar un discurso. Es suficiente con decir “paso de esto”.
¡Con un par!
