Las peticiones de Alejandro
En la carta que un joven estudiante de Ourense dirigió recientemente a la prensa (La Región 3.12.2025) se leía con sinceridad descarnada: “Hay días que no sé qué autobús me toca coger o si han cambiado el número o la hora… Por culpa de eso tengo que madrugar muchísimo, porque si no salgo muy pronto no llego a tiempo al colegio.” Alejandro, de 12 años, no hace un análisis técnico del transporte urbano ni entra en debates políticos, describe sencillamente lo que vive: la incertidumbre diaria de depender de un transporte público que no piensa en los usuarios y cambia sin previo aviso.
Los niños son el paradigma de la coherencia. Lloran cuando tienen hambre, cuando no se encuentran bien o cuando algo les desconcierta, es su forma de expresarse. A medida que crecen, ese llanto se transforma en palabras sencillas que contienen frecuentemente verdades que los adultos olvidamos. Los niños no tienen filtros burocráticos ni resignaciones acumuladas, dicen lo que ven. Y lo que ven suele ser, precisamente, lo más parecido al sentido común.
Por eso la carta de Alejandro conmueve. No porque sea excepcional, sino porque pone voz a lo que muchos viven y pocos se paran a decir. Su petición es clara: “Si van a seguir haciendo cambios, por favor avisen con más tiempo y de una manera más clara porque muchos niños como yo dependemos del autobús para ir al cole”. No está reclamando privilegios, solo organización, comunicación y sentido común en el transporte. Pide que las decisiones que afectan a miles de personas se tomen pensando en quienes dependen de ellas cada día.
Ocurre a menudo que muchas decisiones sobre servicios públicas se diseñan desde despachos confortables, lejos de las paradas de autobús donde los estudiantes esperan sin saber si el vehículo aparecerá o si ya pasó. Esa distancia entre la gestión y la vida real no se limita al transporte: también aparece en los horarios escolares, las citas médicas, la planificación urbana o cualquier ámbito donde la administración interactúa con la ciudadanía. Cuando no se escucha a quienes usan los servicios, se corre el riesgo de legislar sobre mapas en lugar de sobre las necesidades ciudadanas.
Ahí está la enseñanza que nos dan los niños. Si algo no funciona, lo dicen. Si algo les perjudica, lo expresan sin eufemismos. Y, precisamente por eso, se debería prestar mucha más atención a su mirada porque suelen ver con claridad dónde está el problema.
Escucharlos no es un gesto simbólico ni un ejercicio de ternura, es un acto de realismo. Son ellos quienes viven cada día las consecuencias de las decisiones de los mayores y, como demuestra la carta de Alejandro, la sociedad debería organizarse pensando en los niños que no encabezan grandes revoluciones, solo piden coherencia. Y en lo que piden hay más sabiduría de la que muchos adultos estamos dispuestos a admitir.
