Hablar por hablar
“Este año llovió poquísimo comparado con otros años”. Lo leí en Threads ayer.
Acababa de dejar a mi hija en el cole. Eso implica atravesar una explanada en la que el viento te arrastra y la lluvia te golpea de manera inclemente, insolente e implacable. Es inútil llevar paraguas. Te mojas de todos modos y corres el riesgo de salir volando como Mary Poppins, pero en versión galaica.
Ya sabes, vivimos “donde la lluvia es arte y Dios se echó a descansar”. Y en Coruña, ese arte se manifiesta con vocación expresionista: el agua no cae, se despliega en todas las direcciones como si el cielo estuviera ensayando una coreografía experimental con el viento. Algo que incluye (por muy absurdo que suene) llover de abajo a arriba, porque el aire se arremolina en los portales, te mete el agua por las perneras del pantalón y te lanza chorros en dirección inversa. No es lluvia, es meteorología performativa.
Además, en mi caso, el viento hace que me lloren los ojos como si estuviera viendo Bailar en la oscuridad y Björk acabase de ser ahorcada. Y la combinación de frío (la sensación térmica era de cinco grados), lluvia y viento hace que los dedos de las manos se me pongan blancos, inertes, como si necesitaran reiniciarse para obedecer las instrucciones básicas que les envía mi cerebro.
Así que me quedé ojiplática con la declaración.
No entiendo por qué nos gusta tanto hablar por hablar. Esa necesidad urgente de opinar sin saber, sin contrastar, sin preguntarse siquiera si lo que estás diciendo tiene algún peso fuera de tu ombligo. Como si bastara tener una cuenta y ganas de darle a la lengua para que tu percepción valga más que los hechos.
Una lee eso de que este año llovió poquísimo y piensa: igual vivo en una dimensión paralela. Igual estoy criando a mi hija en un microclima personal, una especie de Show de Truman meteorológico donde solo llueve sobre mí.
Pero no: resulta que los datos también viven en mi dimensión. Las estaciones locales han recogido entre 210-220 mm de lluvia desde el 22 de septiembre, frente a unos 163 mm en el mismo periodo de 2024. Es decir, ha llovido un 34% más que el año pasado. Y un 10% más que el valor climático de referencia (1981-2010).
Pero no solo es que haya llovido más. Es que noviembre ha pulverizado los récords y se ha llevado la medalla al mes con más días de lluvia de la última década. Como decía este periódico el martes pasado, un 80% de las jornadas (24 de los 30 días del mes) estuvieron pasados por agua. Ha sido un noviembre de humedad instalada en los cimientos del alma.
Ya lo ves, opinar sin datos es como construir una casa con migas de pan: se desmorona con la primera ráfaga de realidad, por mucho que te afanes en defenderla con uñas y emojis, por mucho que estés dispuesto a sumergirte en el fango, la bilis e incluso el insulto con los que estas opiniones huecas suelen defenderse en redes sociales.
El edificio argumental de algunos es tan frágil que basta un soplido de hechos para hacerlo colapsar como un soufflé mal horneado.
Más si tenemos en cuenta el uso del pretérito perfecto simple: ese “llovió” de la frase. Como si el año, o el periodo de lluvias, ya hubiese terminado. Que no es así, ¿eh? La Aemet espera precipitaciones persistentes y localmente fuertes de aquí a final de año.
Que lo pintan negro, vaya. Solo nos queda una esperanza. Es mínima, pero luminosa: esta semana empiezan a crecer las tardes. En mitad del vendaval, en medio del diluvio, sí. Pero el sol empezará a ponerse un poquito más tarde cada día. Lo suficiente para sentir que el mundo no se está encogiendo sin remedio.
Estamos a once días del solsticio de invierno. Así que, el 22 de diciembre, si no nos toca la lotería, podremos celebrar que ya hemos tocado fondo en esto de la oscuridad. Seguramente el tiempo siga siendo un despropósito, pero al menos avanzaremos hacia la claridad. Y en tiempos de palabras vacías de significado qué quieres que te diga: yo me agarro a cualquier rayo que asome. Aunque venga empapado.
