Usos y balizas
Sería bonito que el 1 de enero, una vez comprada la V16 (baliza destellante y geolocalizable), se la coloquemos en la cabeza a la primera autoridad política con cargo, sin cargo o en vías de cargo, pero siempre a cargo del erario, para que la misión no se torne en un imposible aún mayor. Será un juego inocente y festivo a ejecutar en un acto preliminar consistente en un encendido simultáneo y popular, orquestado por el luminoso y olívico Abel. Un espectáculo que nos brindará la oportunidad de verlos ir y venir centelleantes en sus manejos. Y, para mayor pasmo, pasmarse con su ser multitudinario; yendo y viniendo a todo lo largo y ancho de nuestra existencia, ocupándolo todo, comiéndolo, pudriéndolo… como si de la aterradora presencia de una columna de almas se tratase.
Eso sí, la más extensa que se haya visto a una y otra orilla del Limia. De tal modo que, pudiendo vivirla con horror, la podamos olvidar con indolencia.
Una infame procesión de cínicos romeros que van, cual ebrios farolillos de verbena, camino a San Andrés de Teixido en la procura de las puertas del más allá, por ver si los que allí moran son dóciles a la ignominia de ser gobernados y abusados.
Una llameante murga de desalmados, un detestable espantasantos, guiado por una legión de famélicos hombres, el pueblo, portando la cruz, su cruz, y el caldero con el agua, esa con la que apagar el fuego de su mucho descaro y nuestra poca vergüenza por consentirlo.
