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Una de las miles de ocurrencias absurdas del Ministerio de Igual-da es intentar regular el lenguaje. Parece mentira que no conozcan al español medio, capaz de tatuarse en el pectoral cualquier palabra que no les guste a los políticos. Ahora quieren vigilar el uso de la palabra “Charo”, que es la versión propia de la Karen americana. Las charos llaman a los hombres marchirulos y señoros, así que los motes dolorosos van en todas las direcciones. Sin embargo lo curioso es esa tendencia instintiva a controlar, vigilar e intentar prohibir que tienen las Charos precisamente. Igual-da ha elaborado un informe de 30 páginas que aprieta bien los puños mientras frunce el ceño y exclama la peligrosidad del anticharismo o la charofóbia. Vivir para ver. Por si alguien no lo sabe una Charo es una mujer ultrawoke. Ser woke es ya algo terrible pero ser ultrawoke es como ser una villana de Marvel de las señoras de pelo teñido de rosa o azul-añil. Una Charo (pobres Charos de verdad, Rosarios de toda la vida con un nombre bien bonito y limpio, que dirían las abuelas) es una señora amante de las batucadas, los pañuelos palestinos, las manifas con canciones que riman pero poco, hacer pipí en la calle (hay testimonios gráficos) y considerar a todos los hombres potenciales violadores y agresores salvo los de su partido, cualquiera que sea, y los inmigrantes seres de luz a la mejor tradición salesiana de ayunar por los paganos. Se puede ser Charo de izquierdas y de derechas y se puede ser de izquierdas sin ser Charo, pero las más abundantes son las de los partidos de tiendas de campaña primero y chaletazo en la sierra después, ustedes ya me entienden, el partido del Imperio Charolingio, con todas las miembras siempre enfadadas y siempre cobrando mucho, cual réplicas de la Greta versión 2.0. Solo a una Charo se le ocurriría hacer un estudio o un observatorio sobre el charismo en las redes, así que ese dossier de 30 páginas es la profundización más exhaustiva sobre el tema, solo hay que leerlo de forma inversa, el UpsideDown de la charez suprema. Deseando estoy. Y no queda otra que hablar del jefe de las Charos: nuestro Pablo, el emperador, ser supremo. Se nos ha ido a México mientras se arregla lo de la Nueva Taberna Garibaldi, como las giras del Barça en verano. Lo han grabado en el aeropuerto vestido de casual dirigiéndose hacia el control del pasaporte según unos, hacia la sala VIP según otros. Hay una guerra soterrada entre Pablo y Vito, así que nuestro exvice azotador le ha lanzado un tuit de lo más sabroso: “Soy comunista y puedo cenar en restaurantes que tú no puedes permitirte”. A veces la lucha entre elefantes lleva al drama, el macho (o machirulo) en la naturaleza se reta y los cuernos del alce chocan en el aire hasta el sometimiento de uno de los dos. Esta lucha tiene pinta de durar eternamente porque dudo que ninguno se rinda. A Pablo se le ha pegado la casta. Un día sale en Internet pidiendo perras y otro presume de ir a restaurantes al que el común de los mortales no puede acceder. Yo de los votantes de este señor hilaría causa-efecto. Primero te pide pelas, luego presume de ir a restaurantes de lujo. A ver, amigo lector, yo lo veo fácil a pesar de ser rubia. El caso es que los fans también caigan del guindo. O no, que se vive mejor en el olvido. Hablando de políticos, sigo con interés la evolución de Ábalos (ya me ha desbloqueado) en la trena. Está helado, no duerme. Hagamos una colecta para comprarle una manta de oveja castellana de esas que rascan un poquito, que después del canto del gallo del presidente tiktokero hace mucho frío ahí dentro. Mandadme Bizum si eso.