Por un puñado de céntimos
No sé si lo he contado ya, pero soy una loca de la música country. No de la actual, que viene con sombrero impostado y estribillo de anuncio de cerveza. No. De la auténtica. La que huele a granero y suena a banjo afilado y corazón rajado en dos.
A ver, que Johnny Cash me encanta, faltaría más, pero donde estén la Carter Family, Bill Monroe o Jimmie Rodgers, que se quite el resto.
Flipo con Dixieland Delight de Alabama, pero se me ponen los pelos de punta con Blue Moon of Kentucky, Waiting for a Train o In the Jailhouse Now.
Me emociona pensar en cómo ese mejunje entre folk blanco, blues negro, gospel desparramado y música rural acabó pariendo al rock and roll, el padre de todo lo demás.
Es tal mi fascinación que hace años me fui de peregrinaje al sur profundo de los USA. A esa tierra donde el aire es espeso, el algodón lo cubre todo y cada cruce de caminos parece prometer una canción, una tragedia o las dos cosas.
Eso sin contar con las extravagantes contradicciones que tiene aquella tierra. Como que la destilería de Jack Daniel’s esté en un condado donde sigue vigente la Ley Seca. Que parece una tontería, pero al terminar la visita no te sirven un chupito, no. Te dan limonada. Lo mismo que beben los Ángeles del Infierno que paran en el pueblo y se meten en el salón, por más que esas puertas batientes inviten a pedir algo con bastantes más octanos.
Bueno, pues este yo mío –enamorado y asqueado a partes iguales del sur profundo de los Estados Unidos de América– iba conduciendo el otro día camino a casa cuando tuvo que parar en la rotonda del Sol y Mar. Y, cómo no, se entretuvo mirando la pantalla luminosa que anuncia campamentos de navidad y actividades culturales.
Hasta ahí, nada fuera de lo normal. Pero, entonces, las luces led parpadearon y dibujaron el mensaje: «Búscase. Wanted. Terrorista internacional. International terrorist. Recompensa: 0,50 $». Y, en medio, el careto anaranjado de Donald Trump con su ceño fruncido y su tinte de zanahoria.
Por un momento, pensé en llamar al Concello para dar una pista sobre su paradero. “He localizado al forajido”, podría haber dicho. “1600 Pennsylvania Avenue, Washington D.C.”.
Pero después leí que algún otro cachondo ya se me había adelantado. Le contestaron, muy amablemente, que para cobrar los cincuenta centavos había que presentarse en el Ayuntamiento con el mismísimo Tío Donald cogido del brazo.
Eso mina mis posibilidades. Y las de la mayoría de los vecinos de Oleiros y alrededores. Que yo sepa, esto de las extradiciones no es algo sencillo.
Pero resulta que tenemos un vecino ilustre, Richard Gere, que hace seis días proclamó que en realidad él es gallego de toda la vida, y que, quizá, sí podría conseguirlo.
Desde luego, a mí no me cuesta imaginarme a Edward Lewis, sí, el prota de Pretty Woman, cruzando el puente del castillo de Santa Cruz con Trump de la oreja. Por un lado, que un presidente de los Estados Unidos acepte una invitación de una estrella de Hollywood no resulta una misión imposible. Por otro, la cruzada parece encajar como un guante con los valores e ideología de Gere. Así que quién sabe si estas fiestas tendremos invitado ilustre en algún calabozo oleiriense, si es que hay uno en algún bajo de la casa consistorial.
Pase lo que pase, nadie le quita a Gelo su papel en el western. Como alcalde, claro. O, aún mejor, como sheriff. Un genio, en cualquier caso. Un justiciero que pretende mejorar el mundo desde una rotonda con camelias y pantallas led. Lo ha hecho antes. Con Sharon, por ejemplo. Y lo hará otra vez. Aunque eso suponga que algún dron de la CIA sobrevuele Santa Cristina o que en el Pentágono haya mapas con chinchetas rojas apuntando a Oleiros.
Gelo no se achanta. Saca su cartel, aprieta el botón de “reproducir” y dispara. Sin balas. Pero con luces. Y con bastante tino.
El mismo que demuestra esta autora al levantarse, ahora mismo, a poner el tema principal de El bueno, el feo y el malo, de Ennio Morricone. Porque, a veces, no hay mejor final que un silbido. Lo demás, está todo dicho.
