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El consenso y la reconciliación

Tal como está el país de crispado y polarizado puede parecer anacrónico mentar la Transición. Pero, a riesgo de ser calificado de nostálgico, es necesario recordar aquel episodio que Santos Juliá califica como “uno de los más admirables de la historia contemporánea de España” que después de cuarenta años de dictadura consiguió transformarse en una democracia, logro que destaca por su resultado y por cómo se alcanzó: mediante diálogo, consenso y reconciliación.

En el libro ‘Transición. Historia de una política española, 1937-2017’, (Galaxia Gutemberg, 2017) recuerda que ese “tránsito” a la democracia fue resultado de un aprendizaje largo “que viene de cuando un socialista se sienta con un monárquico en los años 40, un católico se sienta con un comunista o un franquista con un miembro de la oposición”.

En 1976 España dio grandes pasos hacia la democracia “de la ley a la ley”, en palabras de Torcuato Fernandez Miranda, y en 1977, que Juliá califica como “annus mirabilis”, se aprobaba la Ley de Amnistía y se gestaba la Constitución. Los políticos de entonces –Suárez, Carrillo, Felipe González, Fraga… con el impulso del Rey– (incomprensible que no se le invite al aniversario de su coronación) no olvidaron la historia, sino que, “por recordarla, decidieron no repetirla”, señala el historiador. Y los sindicalistas Camacho y Redondo mantuvieron la paz social con sentido de Estado en unos años delicados.

Cinco décadas después, la Transición sigue siendo el legado y el testimonio de la fuerza del consenso, de la responsabilidad política y del sentido de Estado

Aquellos dirigentes demostraron que los cambios políticos se pueden realizar sin ruptura violenta, se pueden alcanzar mediante la negociación y el compromiso compartiendo un proyecto común, que entonces era la democracia. Su grandeza radica en cambiar la política, la sociedad y la cultura del país sin romper la cohesión social, ofreciendo al mundo un ejemplo de cómo el diálogo y el consenso resultan ser instrumentos de progreso y libertad.

Pero la grandeza de la Transición no se limitó al cambio político, fue también un proceso de reconciliación nacional en una España marcada por décadas de represión que aprendió a mirar al futuro sin ceder al revanchismo, buscando siempre el entendimiento.

Hoy, cinco décadas después, la Transición sigue siendo el legado y el testimonio de la fuerza del consenso, de la responsabilidad política y del sentido de Estado, capaces de transformar un país desde la ley y la razón hacia la democracia y la modernidad. Por eso, Juliá aconsejaba a políticos y ciudadanos “cuiden el legado de la Transición, la lección del pasado que ayuda a resolver muchos problemas actuales”.

Presiento que el día 21 se hablará más de Franco que de los valores del consenso y la reconciliación, hoy finiquitados porque muchos de los políticos que mandan prefieran recordar el final del dictador y ser nietos de la República antes que hijos de la Transición que nos trajo hasta aquí. Una lástima.