Las fotografías elementales
El legendario fotoperiodista Weege ya expuso en el MoMA de Nueva York en 1943. La muestra se llamó ‘El asesinato es mi negocio’. En A Coruña, en 2026, aún no se plantean esas cosas

La bruma y la ciudad amanecen casi siempre juntas en el verano coruñés. Al alba, el telón de la niebla encubre al sol con la complicidad de un compinche y la urbe se acicala de sombra y humedad unas cuantas horas más, hasta que al fin, harta ya de tan escaso protagonismo, la luz solar desbarata y rasga el manto de nubes bajas con violencia para freír a los coruñeses como a una especie de tequeños de tasca populosa, dorados, duros y crujientes por fuera y muy blanditos por dentro.
Es una imagen típica, recurrente y redundante de las primeras horas atlánticas en la bahía herculina, y los fotoperiodistas, que son como vampiros invertidos, ya andan a esas horas acechando por los callejones y las avenidas a la caza de la sombra alargada creadora de formas insólitas, del haz luminoso que huye y aterriza forzoso en alguna acera y del tono que inunda y empalaga la superficie incolora. Con o sin resaca, el fotoperiodista madruga. No es condición suficiente, pero sí necesaria. Un drama, lo sé.
El fotógrafo es igual que el tipo que planta una sombrilla en una playa venteada. Por lo que sea, logra que esta no se mueva ni un ápice, mientras el resto de la gente contempla contrariada cómo se agitan los parasoles para finalmente verlos salir volando como hojarasca seca. Ese tipo, como el fotógrafo, sabe cosas que los demás ignoran.
Con o sin resaca, el fotoperiodista madruga. No es condición suficiente, pero sí necesaria.
Lo que le ocurre a la fotografía, en el fondo, es lo mismo que le sucede al fútbol o la música. La gente piensa que porque ha golpeado una pelota un par de veces en el patio del colegio, ha escuchado tres discos de los Doors y ha subido diez fotos a Instagram de un atardecer en una isla croata, ya poseen licencia para matar. Y claro. Después ocurre que a la sombrilla se la lleva el viento.
Casi todo aficionado al balompié puede sentirse capacitado a la hora de criticar una alineación de Antonio Hidalgo, pero jamás pondrá en duda la palabra del informático de verbena si le dice que el ordenador no funciona porque has fundido la CPU ejerciendo de Elon Musk. Parece obvio, visto lo visto, que a la hora del recreo, la gente pateaba la pelota y no se dedicaba al proceloso mundo del ensamblaje de ordenadores. Por eso, el fútbol, la música o la fotografía parecen no tener secretos. Porque todo el mundo tiene acceso a ellos.
La realidad es mucho más terrible y triste, como todo lo real, y a esto se le une que el fotoperiodista, al igual que el entrenador de fútbol, resabiado ya del barro de las trincheras, no suele entrar en polémicas con gente ajena a su gremio. Gremio de un oficio ingrato, incomprendido, duro y maravilloso, que exige muchas veces, además de cierto talento, un despliegue físico, una paciencia y una gestión de la frustración no apta para cualquiera. De hecho, en mi cuarto de siglo de profesión he conocido unos cuantos “cohetes”. Chicos que aterrizan con ganas e ilusión en el asunto y en pocos meses o años demuestran una capacidad innata para el fotoperiodismo, pero que abrumados por todo lo que gira a su alrededor tardan aún menos en implosionar. Suben rápido, brillan mucho y se queman en un abrir y cerrar de ojos para siempre.
Fotoperiodismo de verdad. Del que hace que te salte el diferencial en la cabeza y te haga caer en la cuenta de que ni la pluma te hace escritor ni el móvil te hace fotero.
Los que aguantan, los que no se desquician, saben cosas. Y también saben hacer fotos con una caja de zapatos y revelarlas en un retrete con las botellas de la repisa de la cocina con las que se adoban las ensaladas.
Alquimistas de la imagen.
Si un día, (y puede que ese día llegue más pronto de lo esperado), los plomos se funden definitivamente, tranquilos, sabremos tirar una fotografía. Y quizás también logremos hacer que una imagen sea inmortal, distinta e inolvidable.
Como la de una chica en una mañana de agosto, que apremiada por las prisas, se dirige a trabajar bajo un cielo de mercurio empalado por el hormigón de un coloso.
Lo cotidiano, lo más habitual y mundano, revestido por la atmósfera irreal y conmovedora de una mirada singular. Ahí habita nuestro éxito, en lo que ha sido pero nunca ha sido así.
Fotoperiodismo de verdad. Del que hace que te salte el diferencial en la cabeza y te haga caer en la cuenta de que ni la pluma te hace escritor ni el móvil te hace fotero.
Pero que en el fondo, está muy bien que trates de imitar a tus ídolos.














