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La Galería

Un día en la vida

El fotoperiodista en su azaroso peregrinaje diario, se debate entre un correoso existencialismo de patacón y un cómico fatalismo de verbena. Sus días son de todo menos normales

Tormenta eléctrica en un concierto de Iván Ferreiro en el pasatiempo de Betanzos.
Tormenta eléctrica en un concierto de Iván Ferreiro en el pasatiempo de Betanzos.
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La rebelión de las máquinas había comenzado en la expendedora de aquel parking. No obedecía porque se había vuelto autoconsciente, a mí no podía engañarme. Yo la contemplaba con creciente inquina, y ella, entre luces parpadeantes me devolvía su mirada imperturbable. “No me ha soltado mi paquete de ositos de gominola”, le expliqué al encargado que lucía un mono de trabajo de un supuesto tono azulado camuflado tras dos pulgadas de mugre. “¿Le metiste las monedas?”. Un incómodo silencio se hizo en el aparcamiento. Sí, lo sé, pero fue lo más sofisticado que se le vino a aquel tipo a la cabeza, en la cual, por cierto, adelantaba públicamente su estatus mental, ya que lucía unas grotescas gafas con los cristales tintados de rojo. “Necesito mis gominolas. Soy fotógrafo de prensa. La base de nuestra dieta son los ositos de gominola y los cacahuetes rancios”, traté de exponerle mientras golpeaba el lateral de aquella especie de replicante cuadriforme. “No hace falta que le dé hostias a la máquina. Vuelva a meter las monedas y le soltará las chuches”. Me giré hacia él y me planteé sacarle las gafas coloradas del rostro a ver si se le reiniciaba el cerebro o comenzaba a chillar y a quemarse como si fuese un vampiro de la Hammer. Pero la máquina, mucho más avispada que nosotros, de pronto reaccionó y soltó las golosinas. Las tomé y alejándome apresuradamente señalé al artilugio con el índice, muy amenazante y rencoroso, y le dije: “¡Volveré!”. Ella respondió: “Su producto, gracias”, y continuó tramando algo entre oscuros microchips. 

Al salir del garaje, el cielo había comenzado a desconcharse sobre A Coruña. Un chaparrón bíblico se cebaba con las calles herculinas azotando sus aceras valiéndose de un aguacero ensordecedor. Eché a correr empapándome como si recorriese las embarradas trincheras de Gallipolli a través de los jardines de Méndez Núñez y un cegador relámpago cruzó entre los nubarrones zigzagueando para estamparse en algún tejado a escasos metros de mí. Tras una original y argentinizada blasfemia, aún apuré más el paso y entonces comencé a imaginarme a la díscola máquina expendedora de comida basura controlando las cargas de electrones del ambiente para dirigir el siguiente relámpago a la estúpida y encharcada gorra que cubría fútilmente mi sesera. Y al tiempo que corría por mi vida, recordé aquel concierto de Iván Ferreiro en el pasatiempo de Betanzos hace algunos veranos. Una colosal tormenta eléctrica se desplegó sobre nuestras cabezas y a nadie pareció importarle demasiado aquel mortal inconveniente (supongo que porque mayoritariamente sólo había fans de Iván Ferreiro), ya que el recital siguió adelante. Como buen fotógrafo bajo el fuego, traté de concentrarme únicamente en el visor de la cámara, en los parámetros de luz y en encuadrar de una manera solvente a aquel tipo chillón con la única ambición de huir de lo que amagaba con ser una más que posible tragedia colectiva, pero sobre todo individual. No podía sacarme de la cabeza la imagen de todos mis amigos tratando de apaciguar sus carcajadas en mi velatorio mientras entre susurros se choteaban de que yo había muerto tostado como un churro en (agárrense) un concierto de Iván Ferreiro en Betanzos. 

Con el corazón en un puño llegué a mi destino chorreante como una fregona. Allí estaba Djalminha, firmando libros con gafas de Jean Paul Sartre. La imagen, sin duda, resultaba chocante. Pero aún más la cantidad de gente que en civilizada cola, aguardaba su turno para saludarlo, hacerse fotos con él o comprar uno de los libros que había escrito Javier Guillén, periodista cuyo protagonismo había sido hurtado sin compasión por el que antaño había sido una estratosférica figura balompédica. Ya saben, el Sil y el Miño. Tiré unas cuantas fotos del asunto. Hay algo siniestro y a la vez enternecedor en la nostalgia. Probablemente la mayoría de las personas que abarrotaban el lugar, no profesaban por aquel señor tanta admiración como la que trataban de demostrar, pero muchas de ellas se veían incapaces de renunciar a sentir de nuevo, aunque fuese tan sólo por unos instantes, las cosas que aquel hombre en su día fue capaz de hacerles sentir. Los posos dentro de uno se remueven con cosas bastante extrañas. En mi caso, la única sensación que sentía era la de la humedad calándome los huesos y las gominolas rellenando mi barriga. 

Unas cuantas horas más tarde me entretenía admirando la luna a 100 kilómetros por hora, camino a Santiago, mientras en la radio del coche, Manolo Lama y sus huestes debatían con visceral bipolaridad resultadista, los entresijos de un Real Madrid- Real Sociedad. A la luna le faltaba un mordisco para completarse y hacerse plena, y el atardecer caía lento como una fuga de agua entre los árboles. Los minutos se dilataron con serenidad hasta que alcancé el último objetivo. El aeropuerto de Lavacolla parecía una estación de bus de provincias a aquellas horas, vacío como mi cuenta corriente y silencioso como el culpable. Sólo un par de fotógrafos de la competencia y algunos “influencers” jovenzuelos “farmeando aura” con sus móviles en redes sociales a la espera de la llegada del nuevo y esperanzador fichaje del Deportivo. 

Tras una agotadora espera apareció el futbolista y posó para los fotoperiodistas y para aquellos muchachos de insondable carisma pertrechados tras teléfonos móviles. Parecía contento, como Djlaminha hacía unas horas, sintiendo en sus adentros encenderse la acogedora llama de la vanidad que los flashes de los fotógrafos, aún a día de hoy, son capaces de prender. Inmortalizando lo efímero. 

De madrugada el día parecía tocar a su fin. Así que, antes de salir del aeropuerto, me acerqué a la máquina expendedora y comprobé los precios prohibitivos de las gominolas de ositos. 

Resoplé y dudé. Y en plena vacilación y en la lejanía, observé un solitario relámpago trazando un espectacular arco luminoso en la noche que iluminó todo con su espectacular destello, para, apenas unos instantes después, apagarse para siempre y pasar a formar parte del olvido. Como harán tarde o temprano, todas y cada una de las estrellas.

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