Marcos Rodríguez, maestro fotógrafo internacional |“Ahora me importa menos impresionar y prefiero hacer pensar”

Nacido en Milán (1973), afincado en Cee pero “de Carballo”, Marcos Rodríguez ha construido una trayectoria en la que conviven el fotoperiodismo, la fotografía documental, el paisaje o las bodas. Desde la Costa da Morte ha traspasado fronteras y se ha convertido en uno de los fotógrafos gallegos más reconocidos y premiados en la actualidad: mejor fotógrafo europeo en tres ocasiones consecutivas (2017 a 2019), varios premios Lux y una medalla de plata en la World Photographic Cup lo avalan. Pero detrás de ese reconocimiento hay una mirada en la que lo humano, la emoción y la historia siempre ocupan un lugar central.
Si mira hacia sus comienzos, ¿Cómo ha cambiado su manera de entender la fotografía y de mirar a través de una cámara?
Antes me dejaba llevar un poco por la emoción, por tirar para adelante y conseguir lo que tenía que conseguir. Ahora tengo más oficio, una mirada diferente, puedo profundizar más en las cosas, anticiparme más y eso me da otro punto de vista que, al final, acaba siendo diferente.
Esa anticipación de la que habla, ¿viene de los años en los que trabajó en prensa?
Sí, sin duda. Para mí la prensa fue mi mayor escuela. Siempre digo que la fotografía se aprende haciendo. Puedes estudiarla, que está muy bien, y toda la teoría es estupenda, pero tienes que salir al campo y para eso trabajar en prensa es la mejor escuela. Sabes moverte, sabes anticiparte, sabes utilizar un flash, sabes tratar con la gente, sabes demandar lo que necesitas… Es una escuela impresionante.
¿También le dio la soltura para meterse entre la gente y fotografiarla?
Sí. En mi parte más documental necesito hablar con la gente y explicarle por qué quiero hacerle una foto, porque de otro modo no acaba de entenderlo. Decirle a cualquier persona: “Es que yo veo esto en ti y quiero retratarlo, plasmarlo y que la gente lo vea” es complicado. No siempre se consigue, hay gente que te dice que no, pero la mayor parte de las veces dicen que sí.
Cuando ve a una persona o una situación, ¿Qué es lo que llama su atención para decidir fotografiarla?
Me interesa la historia. Cuando hice el libro ‘Finis Terrae’, que era un proyecto de muy largo recorrido y que cuando se inició ni siquiera me había planteado que podía llegar a ser lo que finalmente fue, me interesaba en la gente mayor. Sobre todo mujeres que tuviesen un pañuelo en la cabeza, que estuvieran vestidas de luto o casi, porque me recordaban un poco a mis abuelas y a las abuelas de todos los gallegos. Era un poco esa morriña de no poder retratar a las mías, pero sí poder retratar a las de los demás. Pero después me di cuenta de que la gente tiene mucho más que aportar y al final aprendí muchísimo de ellos. Por ejemplo, el otro día fui a hacer unas fotos a una señora de 93 años que estaba recogiendo cebolla y resulta que estuve en una casa al lado de la suya, que también les pertenece, donde Ruth Matilda Anderson hizo una foto de cuatro mujeres justo en ese mismo sitio. Estuvo aquí hace un siglo y aquello sigue exactamente igual. Yo en verano estoy en ese mismo pueblo y paso veinte veces por allí, pero no tengo ni idea de eso si nadie me lo cuenta. Al final, el hecho de que alguien me cuente un trocito de su historia mejora la mía.
“La fotografía se aprende haciendo. Puedes estudiarla y toda la teoría es estupenda, pero tienes que salir al campo y para eso trabajar en prensa es la mejor escuela”
En buena parte de su trabajo hay una relación muy fuerte entre lo humano y la naturaleza. Estar dentro de una rapa, frente a un temporal o ante un incendio lo coloca ante la fragilidad humana. Además de las historias, ¿es una de las cosas que más le interesa plasmar?
Sí, desde luego es algo que me llama muchísimo la atención. Cuando la gente sale de su zona de confort… Imagínate un incendio. A lo mejor estás sentada en el sofá de tu casa con tu familia y de repente tienes que salir, agarrar lo primero que pilles, que no sabes ni lo que es, porque corres el riesgo de que arda todo lo que tienes o de que se inunde todo. Ahí la gente suele sacar lo mejor de sí misma. Y eso es muy bonito de retratar. Una, por diferente, y otra, por espectacular.
Precisamente varias de esas fotografías le han dado importantes premios. ¿Cuándo fue consciente de que su trabajo estaba alcanzando una dimensión que iba mucho más allá de Galicia?
Creo que fue con la foto del temporal de Arou. Fue una fotografía que hice en diez segundos. Me bajé de una furgoneta que tenía en aquel momento, hice la foto y volví a meterme. Había pasado antes por allí y volví después. Son casualidades. Las fotografías están llenas de casualidades siempre. Después fue la Federación Española la que decidió presentar esa fotografía al concurso y ganó la medalla de plata en el mundial. Eso marcó un antes y un después. No voy a decir que a partir de ahí empecé a tomarme más en serio la fotografía, porque siempre me la tomé muy en serio y me encanta desde que tengo uso de razón, pero sí veía que la gente de mi alrededor empezaba a tomarme más en serio a mí. Después vinieron los tres europeos, una cosa llevó a la otra, exposiciones… y después el libro, que para mí es lo mejor.
“Ganar la medalla de plata en el mundial de fotografía marcó un antes y un después en mi carrera. La gente empezó a tomarme más en serio”
Después de tantos reconocimientos, ¿sigue recibiendo los premios con la misma ilusión?
No [ríe]. Depende de cuál sea. Creo que más que ilusión es nerviosismo. Siempre me pongo muy nervioso y además siempre siento algo parecido al síndrome del impostor. Cuando estamos diez fotógrafos nominados a una misma categoría y veo las diez fotografías, cada vez tengo mayor criterio para decidir cuál creo que va a ganar. Y si no gana la que yo considero, aunque no sea la mía, no me siento bien. Cuando gané la plata con la de Arou, por ejemplo, yo veía las fotografías y, desde mi humildad, decía: “Creo que va a ser plata”, porque sabía que oro no podía ser.
¿Por qué sabía que no iba ganar el oro en el mundial de fotografía?
Porque la que se llevó el oro era brillante [ríe]. Así de claro. Cuando ya sabíamos que éramos tres y que las tres teníamos medalla, veía la fotografía del australiano que acabó siendo bronce y pensaba: “Yo creo que la mía es más potente”. Pero tampoco quería venirme arriba. Con los europeos me pasó igual. Siempre iba a por el bronce y me vine con tres oros seguidos. Al final no me están dando un premio por la trayectoria de mi vida. Me están dando un premio por algo que hice en un momento concreto, que además es una fotografía. Y cada vez que hago una fotografía, eso ya está terminado y tengo que empezar otra vez de cero. Siempre estoy empezando de cero. Creo que eso es lo más apasionante de este oficio.

¿Los premios le han enseñado algo sobre su propia fotografía? ¿Han cambiado su perspectiva?
Sí, muchísimo. Antes, por ejemplo, para hacer un paisaje hacía algo muy diáfano donde se viera absolutamente todo, y ahora puedo hacer un paisaje de una piedra borrosa o desenfocada. Cuando empecé era como si diese todo cocinado para que la gente lo viese y dijese: ¡Guau!. Ahora me importa menos impresionar, prefiero hacer pensar a la gente con mis fotografías y eso me parece muchísimo más difícil de conseguir.
Con la experiencia ha dado paso a un trabajo más conceptual...
Sí. Me encanta que la gente piense cuando ve una fotografía, sobre todo ahora que estamos viviendo un momento que, creo, es malo para la fotografía en vez de bueno, porque consumimos fotos más que nunca con las redes sociales. Yo lo que quiero es separarme un poco las treinta puestas de sol que vas a ver hoy y hacer una foto en el que la gente piense “¿pero qué está haciendo este tío?”. Creo que cuando tenemos tanto de lo mismo y cuando no solo podemos ver si no hacer tantas fotos, dejamos de darle valor. Por eso mismo desde hace un par de años he vuelto a hacer fotografía analógica.

¿El hecho de tener un carrete limitado le da más valor a una fotografía?
Totalmente. Se pone muchísimo más en valor al hecho de tener pocas fotografías de algo. Pero además, poder pararte y salir con una cámara –que tiene una calidad brutal a pesar de tener 40 años– con un carrete de solo doce fotografías me parece algo importante. Cuando lo hago, tengo que centrarme muy bien en lo que quiero y pensarlo muchísimo más. Es como cocinar a fuego lento. Lo utilizo un poco para evadirme de la fotografía, haciendo fotografía pero más lenta.
¿Cómo aborda ese trabajo conceptual de preparar una fotografía?
Veo libros de fotografía y consumo mucha fotografía, no tanto en redes sociales porque siento que me pervierten la mirada. Para mí las cosas no surgen en un día. Las voy plasmando, escribiendo, cambiando, tocando. Pienso dónde puedo hacerlo, qué puedo hacer, qué puedo introducir y qué no. Cuando tengo todo eso esquematizado hago una especie de guion y después lo voy puliendo. La técnica cada vez me interesa menos. También es parte de mi trabajo y técnicamente creo que no soy malo del todo [ríe], pero me interesa menos.
“Creo que lo más apasionante de lo que hago es que siempre estoy empezando de cero”
Más allá de lo conceptual, en sus fotografías, desde las que hace a personas en una aldea hasta las de una boda, aparece mucho la emoción.
Sí, totalmente. A mí me encanta retratar la emoción de la gente. Con la fotografía me gusta emocionar y me gusta emocionarme.
¿También recuerda la emoción que sintió al hacerlas?
Te voy a contar un secreto: yo me emociono en las bodas un montón, aunque no se me ve porque tengo una cámara delante de la cara [ríe]. Soy una persona muy sensible en ese sentido y creo que esa sensibilidad me ayuda a hacer bien mi trabajo. Pero ya no solo en las bodas, cuando voy a alguna aldea a retratar a alguna persona mayor y hablo con ellas y conozco su historia, a mí me emociona mucho porque incluso antes de transmitir la emoción con mis fotografías necesito transmitírsela yo a esa persona para poder retratarla.
¿Salen así sus mejores fotografías?
Sin duda. A lo mejor ni siquiera son fotografías de premio, pero son las que a mí más me llenan porque sé que le estoy haciendo un bien muy grande a esa persona por dedicarle mi tiempo y ella me está haciendo uno mayor a mí por dedicarme el suyo.












