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La infancia de un poeta

El fotoperiodismo es como un puñal clavado en las tripas. No sabes si dejártelo hundido y soportar el dolor o arrancártelo para por fin terminar desangrado de una vez por todas. Así que manténgalo siempre alejado de los niños

El instante decisivo de un niño pateando una pompa de jabón en María Pita
El instante decisivo de un niño pateando una pompa de jabón en María Pita
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Que lloviese de más era lo de menos.

Porque a aquel niño no parecía importarle lo más mínimo, saltaba sobre los charcos como si tuviese intención de atravesarlos, con saña, dispuesto a romper el suelo para hundirse en el fondo de una piscina que sólo existía en su cabeza.

Acurrucado en un portal, resguardándome de la ira climática, contemplaba a aquel proyecto de hombre agitarse bajo el vendaval, con ese gesto serio y ausente que suelo adoptar cuando toca estar esperando a un tipo para largarle una foto y poder largarme yo también de una maldita vez.

Hubo un momento en que la lluvia caía con tal ímpetu que su bullicio eclipsaba el traqueteo de los motores de los coches de la avenida que transcurría a escasos metros del lugar, y sin embargo el mocoso seguía a sus cosas, al margen de fríos, mojaduras, resfriados y pulmonías, zambulléndose una y otra vez en los cadáveres que las nubes de finales de primavera iban dejando a su paso. Dudé en abrir la mochila y fotografiarlo en su frenesí acuoso, pero me pareció indiscreto hacerlo sin aproximarme a él y empaparme yo del mismo modo.

Con el tiempo he llegado a la conclusión de que me resulta fatigoso disparar sin exponerme, sin arriesgar nada y sin matar de cerca y a la vista, “y por otra parte”, pensé, “si lo hiciese, si me pusiese ante sus hocicos, sin duda se perdería toda la magia”.

Lo único positivo que puede entrañar hacerse viejo cargando una mochila al hombro y una cámara al pescuezo, es que descubres y sabes que a veces es mucho mejor dejar pasar la foto buena que capturarla sin ningún tipo de encanto. Es parecido a cazar una mariposa. O la atrapas bien o no te arriesgues a espachurrarla. Uno aprende a retener la imagen sin más en las retinas. A disfrutarla con la mirada y tal vez comentarla en compañía en un bar con una cerveza en la mano o en algún texto que finalmente decides publicar un domingo cualquiera.

La profesión te enseña, a base de disgustos, a no interrumpir algo hermoso, a dejar que fluya y a guardar tu vanidad bien metida en los bolsillos.

Y al tiempo que yo meditaba sobre todo esos asuntos de metafísica de verbena, el crío optó por acuclillarse y comenzar a chapotear también con sus manos en un enorme charco, abriendo las palmas y salpicando toda su ropa y su cara, sacudiendo y agitando un agua amarronada que volvía a rellenarse una y otra vez al compás de un chaparrón bíblico.

Había algo inteligente, incluso algo artístico en aquel acto infantil, en aquella acción salvaje, rupturista y despiadada contra los elementos. Con o sin causa, siendo consciente o ignorándolo, aquel enano era un rebelde. Todo un poeta solitario, caótico y violento, desafiando a golpes al nordés herculino.

Curiosamente estaba jugando pero lo hacía con fuego.

“Muchacho, si alguien no te salva pronto, te puedo asegurar que estás jodido y lo vas a estar para el resto de tus días”, comenté en mi mente.

Sin duda, a uno tal vez le cueste distinguir a un chino de otro en una película de kárate, o cribar el sabor de un vino en su boca y deducir su añada a la caída, puede que no sea capaz de discernir un grelo de una nabiza, pero lo que sí puede hacer siempre es distinguir con nitidez a uno de los suyos. La locura de uno de los nuestros.

Y entonces de la farmacia de la esquina, salió una chica joven y muy emperifollada con un paraguas muy mono cubriendo su cabeza y chillando como una loca.

“¡Andrés, Andrés, sal de ahí!, ¡te estás poniendo perdido!, ¡me cago en tu madre!”.

Obviamente eso era lo que estaba él, perdido, y eso era lo que ella era, su madre.

Entonces el chaval echó a correr alrededor del jardín, huyendo de la muchacha que apenas, y portando unos tacones poco aptos para la persecución, podía mantener el equilibrio en la carrera.

“No, no, no, no, no”, repetía en bucle una y otra vez aquel microorganismo correteando como una chinche y escabulléndose tras las farolas, los coches y las columnas.

Y entonces yo comencé a reírme de la escena, que a estas alturas maridaba lírica y humor hasta transformarse en algo delicioso.Todo un manjar para un día tan gris y plúmbeo. Aquel chiquillo era una especie de Benny Hill de la Gaiteira azuzado por la necesidad de ejecutar un acto poético. Y aquella chica, sofocada ya por la persecución y por la vergüenza de que todo el barrio estuviese pendiente de ellos, podía pasarse toda la tarde tras ese niño, amenazarlo con castigarlo, con darle unos cachetes, con dejarlo ahí abandonado para siempre o con regalarle un barril de gominolas. Aquella chica podría emplear mil artimañas, un millón de ardides, y jamás le daría alcance. No se lo daría nunca hasta que aquel endemoniado criajo quisiese. Menos mal que todavía hay niños así que harán cantera.

¡Hay tantos fotógrafos y tan poca fotografía!

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