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Bomberos del Caribe

A veces es complicado transmitir la emoción en una fotografía. Hay que concentrarse y mirar, implicarse y percibir. No llega con encuadrar y disparar. Hay que empaparse de lo que ves y de lo que sientes.

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Los dos bomberos coruñeses voluntarios tras los terremotos en Venezuela reciben el agradecimiento de una de las familias sudamericanas
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Emplearon la sirena de la furgoneta a modo de saludo justo en el instante en el que entraron en el parque de bomberos. Después aparcaron el vehículo a la sombra y descendieron de él para salpicarse con una luz cegadora del sol dorado del atardecer. Comenzaron a sonar los aplausos y los vítores de los compañeros y familiares y al echar pie a tierra se dieron de bruces conmigo, que, en vez de comenzar a sacar fotos, me encaré con uno de ellos, muy serio y muy seco, para reprocharle la manera de llegar: “Tú siempre jodiendo. El coche a la sombra y tú a la luz. Para fastidiar la foto”. Y tras unos segundos de tenso silencio, de cruzarnos mirada de perro, esbozamos de golpe una sonrisa cómplice y nos fundimos en un abrazo: “Bienvenido, mamarracho”, le espeté. 

El otro bombero era Carlos Blanco (que seguro que está hasta las fosas nasales de que le hagan el chascarrillo con el actor gallego), y el primero, al que saludé con cierto orgullo, era David Hermida. Ambos recién llegados de una Venezuela asolada por el infortunio, por los seísmos y por la estupidez humana. El más destructivo de los cataclismos y el desastre natural para el que incluso, el más notable y destacado de los bomberos, se ve siempre impotente. En este caso, el objetivo de los dos voluntarios del muy bien dotado cuerpo de bomberos herculino, era tratar de hallar víctimas vivas bajo los escombros de los terremotos que pusieron patas arriba el país caribeño. Y para ese trabajo ellos, si no los mejores, eran de los buenos de verdad.

El caso es que David Hermida, antes de dedicarse a apagar fuegos, retirar escombros, excarcelar personas en accidentes y echar puertas a bajo, era mi compañero de pupitre en el femenino de la plaza de Pontevedra, en el Instituto Eusebio da Guarda, y ni que decir tiene, que, por proximidad, roce y estupidez adolescente compartida, éramos grandes amigos.

Nos dedicábamos a trastornar a los profesores con nuestros delirios, a fracasar estrepitosamente con las chicas (sobre todo yo, él ya tenía novia), y a tratar de encontrar un mínimo de coherencia en las cosas que trataban de inculcarnos. Yo era mejor estudiante que él, y él era mejor deportista que yo. Tanto que se dedicaba con su pandilla de Zalaeta, día sí y día también, a lucir bronce y a jugar al vóley playa en la playa del Orzán desde el primer instante en el que comenzaba a despuntar el verano. Parecían sacados de una serie de televisión americana: jóvenes, guapos, fuertes y rodeados de grupis. Un puto asco, vamos. Y, además, yo siempre he odiado tomar el sol. Me asfixia, me quema y aún encima siempre llega ocho minutos tarde. Así que, en el periodo estival, cada uno solía andar por su lado, hasta que la Universidad llegó a nosotros y yo me largué al sur, a Vigo, a estudiar cosas oceanográficas y a experimentar bohemias desquiciadas. Aun así, recuerdo que fuimos en tren al Bernabéu y contemplamos en primera línea de fondo el remate de Alfredo ante Andoni Zubizarreta. Ese testarazo que le otorgó el primer título de la historia al Deportivo (con la venia de Ventureira).

Y claro, después, visto ya un milagro de tal calibre, la vida nos fue distanciando a golpe de calendario, y dejamos de vernos, de llamarnos y de saber el uno del otro. Yo me dediqué a la fotografía de prensa con el empeño propio del que no sabe hacer otra cosa en la vida, hasta que una tarde de otoño, de hace un par de décadas, nos topamos de nuevo. En un incendio. Como el humo y la llama.

¡Coño, David, eres un puto bombero!”, le dije. Se sacó el casco y con el rostro empapado en sudor me saludó como un Fray Luis de León uniformado: “¡Y tú un puto paparazzi!”.

Y no nos abrazamos esta vez porque apestábamos a quemado, él a plástico y madera, y yo a fotoperiodista. Pero desde aquel momento, en eventos multitudinarios, en inundaciones, en pisos con potas olvidadas al fuego, en caídas de cascotes (o casquetes, como decía el otro), en accidentes de tráfico o desgracias por el estilo, solemos vernos y cruzar siempre unas cuantas frases, a menudo graciosas, cínicas o resignadas, dependiendo del panorama que tengamos ante nuestros hocicos.

El caso es que compartimos durante tres años pupitre, soportamos las chaladuras de los mismos profesores, padecimos las demencialidades de los mismos compañeros, afrontamos los mismos exámenes y padecimos los mismos días frescos de invierno. Y, sin embargo, uno de nosotros optó por hacer algo por la humanidad y otro decidió que lo mejor es mirar hacia ella, echándose a un lado, sin molestar mucho y a la sombra. Está claro que, si yo quisiese ayudar en algo, me haría enfermera. O bombero.

En cambio, David, que está hecho de otra pasta, se dedica todos los días a salvar gatos, perros, gaviotas y personas, a apaciguar llamas y a socorrer heridos y a practicar el bien. Incluso, cuando Putin decidió que Ucrania era suya y plantó fuego a las faldas de Europa, David, como buen apagafuegos, agarró junto a otros compañeros una furgoneta y llevó víveres, ropa y enseres de primera necesidad a los cientos de miles de personas que se apelotonaban en la frontera con Polonia. Lo dicho, es tan buena persona que da puto asco. Como cuando jugaba al vóley en la playa.

Y lo último, claro, fue ayudar a decenas de familias venezolanas, con la dedicación y el empeño que le caracterizan, rebuscando en los escombros junto a sus compañeros, la presencia de algún improbable hilo de vida. Los aplausos a su llegada hablan, lo dicen todo, y, además, tal vez le otorgan la razón indiscutible a aquel compañero suyo, también bombero, que se hizo muy célebre por negarse a forzar la puerta de un domicilio en un desahucio.

Porque quizás los bomberos están para eso, para sacar a la fuerza a las personas de las casas. Pero sólo y únicamente cuando se derrumban sobre sus cabezas.

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