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La Galería

Ese maldito calor 

En A Coruña, al llegar el verano, hay dos sectores sociales altamente perjudicados. Los perros, que no pueden frecuentar las playas, y los fotógrafos, que tenemos que hacerlo.

Un joven se arroja al agua en la playa de San Amaro en plena ola de calor
Un joven se arroja al agua en la playa de San Amaro en plena ola de calor
Quintana
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A 36 grados A Coruña ya no es una ciudad, es un disparate. Se dilata, se retuerce y se deforma como el metal y se torna irreconocible. Sus calles, enlosadas hasta el momento en verdín y abrumadas por la lluvia de un invierno infinito, se espesan con el calor y con el tránsito de personas, que van y vienen y regresan y no paran de moverse hasta colapsar todos los rincones.

En el barrio de Os Mallos, franceses, belgas y alemanes pululan desconcertados entre las vetustas fachadas coloreadas de las moles racionalistas, aparcando sus coches de alquiler a los pies de los incontables pisos turísticos que proliferan como setas fuera de temporada en todas sus esquinas. Con sus sombreros de paja de tienda de suvenires y sus calcetines alzados hasta las rodillas interrogan a los asiduos del Chaflán dónde demonios está la Torre de Hércules, que no la ven y que no la encuentran. Y los vecinos se encogen de hombros y les dicen que es por allá, en Monte Alto, el barrio al otro lado del mundo, que cojan un bus, que por allí para el 5, justo allí, donde se llevan al tipo ese esposado, y que les deja en Adormideras, donde los petroleros se hunden cuando cuadra y los humos se van para Ferrol. Así que tranquilos todos.

Y es que a tanta temperatura la ciudad se desquicia y se desprende de su piel, y todos sus cielos del norte se vuelven cegadores y azules, irritantes, vulgares como los de un islote tropical. Con tanto calor la gran mentira del pequeño Río de Janeiro se sostiene como un globo aerostático, y si algún secretario técnico avispado es listo y conoce el secreto, los precios de los fichajes se abaratan tanto como se deprecian los interiores de los bares, que se expanden y se proclaman imperialistas y conquistan todas y cada una de las aceras y de los lugares de paso con sus mesas y sus sillas y sus reuniones sociales a golpe de carcajada, cerveza fría y ausencia de tapa con consumición.

Y ya no se puede caminar, ni respirar ni dejarse atrapar por el nordés, que se toma unas vacaciones y se oculta unos días tras las costas de Seixo Branco y a Marola, ese nordés que nos domina, nos sacude y nos rodea, y que ha clavado más lápidas en el suelo de San Amaro que el cólera o el amor.

Y en O Parrote, que coquetea más que nunca con el pareado, las chicas lucen el uniforme de temporada de la multinacional local, aderezando con su presencia terrazas superpobladas, donde las pieles lucen brillantes y tostadas por el sol y por las llamas de las hogueras de Wolfe. Lo mundano impone su dictadura, y A Coruña despliega su farsa de una manera tan convincente, que todos claudican, se rinden y se entregan. A Coruña es verano y lo demás es frontera.

A 36 grados, también el periodismo se derrite. Es hielo al sol. Y los fotógrafos somos los que nos dedicamos a dar caza a las serpientes que inundan el periodo estival, entre verbenas y conciertos y festivales y acciones artísticas de patacón. A 36 grados el periodismo pierde pie, y en las redacciones, azuzadas por el mal intrínseco que siempre ha de tener una gran noticia, se reza para que estalle una guerra mundial, un meteorito se cruce en nuestra órbita o un cataclismo decida intervenir entre tanta zozobra informativa, y así, al fin, poder cubrir las páginas con algo que no sea que los termómetros están tomando el poder a golpe de mercurio.

Con tanto calor, se me desordena la oficina. El tráfico se desprende de sus rutinas, los bares y los comercios cambian sus horarios, las gaviotas se vuelven Stukas con sus heces y la gente se relaja de más o se calma de menos.

Así que tarde o temprano siempre surge algún crimen veraniego para narrar, contar e ilustrar en las páginas del periódico para que salga encartado entre inauguraciones de garitos de camisas hawaianas, playas abarrotadas de insolente ocio y piel oleaginosa, y conciertos folclóricos de pandereteiras lindando de manera peligrosa con la lipotimia multiorgánica.

Eso nos da aire y nos recuerda que estamos aquí para mostrar e incomodar, para informar y documentar, estamos aquí para recordarte que el mundo es un lugar terriblemente peligroso.

Los fotoperiodistas nos volvemos más oscuros, más morenos, más delgados y más cínicos en verano. Más alcohólicos si cabe, más peligrosos si eso es posible, y enfermizamente díscolos.

Somos como un gato al que dejas solo en casa todo un fin de semana. Nos volvemos un poco hijos de puta.

Es cosa del calor, que se pega y se espesa, y del sol, que es el martillo que golpea al yunque, y de que la mochila de la cámara pesa mucho al hombro y que la diversión, trasladada a imágenes, tiene un límite. Un punto final. Hay un momento en que la fotografía se resiente con tanta diversión.

Al llegar el verano y el calor, los redactores nos miran con desconfianza. Con cierto temor a la hora de solicitarnos.

Tienen que rellenar las páginas con nuestras fotos. No hay mucho que contar. “Putos foteros”, mascullan con razón, pero necesitados de contenido. Una tabla de salvación malhablada con una cámara al cuello.

Cielos. Tres meses aún por delante. Desesperados nos inundan y nos entierran con serpientes de verano.

Y los fotógrafos, al igual que el Dr. Jones, odiamos las malditas serpientes.

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