El ojo público | Saltar por los aires
El fotoperiodista es bullero por naturaleza porque en bastantes ocasiones se le trata de manera hostil, como si se tratase de una amenaza, y es por eso que se revuelve. Porque una foto no sólo señala lo que deberíais mirar, si no también lo que tenéis derecho a mirar

Tres cafés antes de las 9 de la mañana en el estómago de un fotógrafo de prensa es lo más parecido que existe a dar de comer a un Gremlin después de medianoche. Pero el día era triste, emparedado en un cielo de hormigón, y el lugar al que me dirigía me motivaba lo mismo que ir a una revisión con el urólogo. A eso había que añadirle mucho trabajo durante el fin de semana repleto de celebraciones, fiestas y verbenas tan variadas como desproporcionadas. Por algún motivo que ignoro, la gente siempre encuentra algo que celebrar, como si la vida y sus miserias discurriesen por un carril y las fiestas y jolgorios circulasen por otro, con sentidos contrarios, separados y aislados por una colosal medianera que los mantiene al margen, sin relación ni contacto.
En fin. A priori la cosa asemejaba ser algo simple: unas fotos a un solar en el que estaban edificando un centro logístico situado en un incipiente pero aún yermo polígono industrial. Prometía ser más aburrido que una salida de balón del Dépor. Hasta que al pasar por delante del lugar con el coche observé que había 4 o 5 operarios, un vigilante de seguridad y una excavadora realizando unas voladuras. Chasqueé la lengua, “mala luna saliendo”, me dije y me resigné a los terribles acontecimientos que, a todas luces, preveía que iban a acaecer.
Una de los síntomas que caracteriza a la enfermedad del fotoperiodismo es la capacidad de anticipación. Sirve para intuir que un delantero va a rematar, que un coche se va a salir en una curva, que un policía va a sacar la porra o que un político va a hacer una chorrada. Te preparas para chutar la fotografía porque la ves venir. Y claro, esa dolencia también afecta a la capacidad de captar el hedor de los problemas antes de que comiencen a oler. Así que hice lo que me pareció más lógico para evitarlos. Saqué la cámara, monté el objetivo corto y me planté a la entrada del perímetro del solar, a la vista de todo el mundo, a sacudirle al obturador. Nada que ocultar, sin subterfugios, un fotógrafo cutre de prensa a la vista de todo el personal.
“¡Eh!, ¡no puedes hacer fotos!”, gritó una especie de capataz de obra mientras se dirigía hacia mí con la firmeza que te otorga la razón indiscutible. Por supuesto no contesté y seguí a lo mío. “¡Qué no puedes hacer fotos, te he dicho!”. Reiteró como si percibiese en mí alguna tara evidente. Sin arrancar mi ojo del visor proseguí tirando fotos y respondí al tiempo: “porque lo digas tú”.
Se acercó el tipo de seguridad para apoyar la moción de la jefa de obra. Pero él decidió desarrollar el tema, puesto que poseía un gran conocimiento de leyes. El casco que lucía en su cabeza lo demostraba. “No puedes hacer fotos de voladuras porque se ve el tipo de explosivos”, sentenció en plan juez Peinado. Obviamente es algo que ya sé, y no tengo intención alguna de que se vea el material pirotécnico en la imagen.
“Mira, no voy a discutir, pero yo estoy fuera del perímetro de seguridad que fijáis con las vallas, estoy en la calle, en un espacio público, no le hago fotos a los explosivos ni a los trabajadores, y no estoy interfiriendo ni molestando a los operarios. Realmente los únicos que estáis molestando a un trabajador que está fuera del recinto sois vosotros”, añadí con la espoleta ya cargada.
“No se pueden hacer fotos de voladuras”, afirmó tajante, sin opción a negociación, y claro, comencé a farfullar.
“Mira, llevo 25 años haciendo fotografías de voladuras. En mi vida hay voladuras por la mañana, por la tarde y por la noche. ¡Vivo en un universo de voladuras! No me hables como si fueses Perry Mason. ¿Te digo yo el explosivo que tienes que emplear?, ¿te digo yo qué decibelios están prohibidos?, no, porque no tengo ni idea. Pero tú me lo dices a mí, te metes en mi trabajo, aunque lo más parecido que llevas a una toga de abogado es un chaleco reflectante de señor de Cospeito que sale a pasear por la nacional. Sólo quiero hacer una fotografía, sacar una imagen que ilustre una noticia, y si quisiese hacerlo a escondidas, a vuestras espaldas, me hubiese subido allí arriba con este teleobjetivo que es más largo que el apéndice de Siffredi y no os hubieseis enterado. No quiero fastidiar a nadie, ni pretendo hacer daño a nadie, no me he escondido, sólo quiero hacer una foto del solar en obras, mi trabajo, pero me tratáis como si fuese una puta mona. Y la prensa no somos putas monas. ¡Por lo menos los fotógrafos no lo somos!, ¡o por lo menos algunos fotógrafos no lo somos!, ¡o alguno seguro que no es una puta mona!, el caso es que voy a hacer la foto y punto”.
El capataz y el tipo de seguridad, mostrando ya una paciencia infinita con un tarado, pero sin poseer la razón como aliado, deciden darle un giro a la tortilla: “Realmente no me importa que saques la foto, pero hay maneras de decir las cosas”.
Comencé a reírme a carcajadas y tomando aire con esfuerzo le espeto: “Ni hola, ni buenos días, ni hostias, simplemente dices, ‘¡Eh, tú, no puedes hacer fotos!’, y aún encima me tratas de tú, ¡de tú!”. Resoplo sobreactuado, extiendo los brazos indignado y clamando al cielo: “¡Y aún encima me tutean!”
El chico, con buen criterio, decide al fin que soy un chiflado, un imbécil o ambas cosas y regresa a lo suyo, a volar cosas por los aires con un casco en la cabeza. El tipo de seguridad, que parecía un señor muy amable, que apenas había dicho nada hasta el momento, me contempla con una sonrisa y dice: “Yo trabajo en los conciertos de las fiestas de agosto. Te conozco de los conciertos”.
Y muy campechano y risueño me da la mano y unas palmaditas en la espalda.












