El ojo público | Enséñame cómo haces ese truco
Tal vez nuestra mejor virtud es pensar como fotógrafos. No necesitamos hacerlo de otra manera. Nuestro mundo se reduce a luces y a sombras. A ver en blanco y negro. Ser grises no va con nosotros.

En la exquisita película de Sofia Coppola “Lost in traslation” hay un momento en el que el inolvidable personaje esbozado por Scarlett Johansson abre su corazón y se confiesa sin parapetos a un deprimido, descolocado y crepuscular Bob Harris, interpretado por un colosal Bill Murray. Ella es insultantemente joven y en su vida pesa más el futuro que el pasado, pero, sin embargo, y a pesar de contar con todo el viento a favor, se muestra frágil y vulnerable presa de un prematuro desconcierto existencial. Así que, con la tristeza enmarcada en su rostro, resume sus tribulaciones en unas pocas frases, tan certeras como políticamente incorrectas:
“Es que aún no sé lo que quiero ser. ¿Sabes? Quise ser escritora, pero… odio lo que escribo. Intenté hacer fotos… pero eran muy mediocres, ¿sabes? Todas las chicas pasan por una fase de fotógrafas. Y por querer un pony. ¿Sabes? Y haces fotos tontas de tus pies…”
Y supongo que en su sencillez (o tal vez simpleza) conceptual, el asunto encierra una gran verdad, porque desde mi punto de vista, en este mundo, en este plano de la realidad y en este universo, sólo algunos pocos pueden ser fotógrafos y tan sólo unos pocos de esos pocos pueden ser fotoperiodistas.
Lo primero, claro está, es tenerla. La maldita mirada. Ser hombre o mujer es anecdótico. Como casi siempre. No va de eso.
Porque poseer “la mirada” es insólito, infrecuente y azaroso. Y aunque se dé el caso, aun siendo dificilísimo, tan sólo representa uno de los pilares sobre los que se sustenta la esencia del fotógrafo de verdad, del genuino, del que dispara y mata sin cámara. El que es capaz de hacerlo sólo con las pupilas.
Obviamente, y como ya he comentado en otras ocasiones, al fotógrafo lo determina su experiencia, su cultura, sus vivencias y sus decisiones. Y cuando es capaz de reunir y aunar todos esos factores con relativa eficacia, en ese instante al fin, empieza a intuir el entresijo de las cosas, a fabricar imágenes consistentes a las que dotar con la suficiente vida para que se tornen fotos.
Lo más curioso del asunto es que el fotoperiodista, aun atesorando todas esas condiciones, se quedaría cojo, incompleto, inacabado y escaso. Porque en fotografía, si el fotógrafo es el cuchillo, entonces el fotoperiodista es la navaja multiusos.
No llega tan sólo con cortar. No es suficiente. Por eso mismo, y a pesar de la creencia extendida y generalizada de que los que nos dedicamos a la información gráfica somos los hermanos pobres, el lumpen, la banalidad del octavo arte, yo pienso exactamente lo contrario.
Somos la puta élite. Las boinas verdes de zoscarle a la cámara. Porque además de vernos en la obligación de reunir todas las cualidades descritas con anterioridad, vivimos, nos batimos y nos curtimos en el frente. Representamos el “Rojo Uno” del periodismo. La división de choque.
Todos, y sin ninguna excepción, de los grandes fotógrafos de prensa que he conocido, además de poseer un don de gentes y un carisma abrumador, una cantidad de registros propios de un trilero en la Vegas y una capacidad de sintetizar un concepto complicado en un instante único y asequible con suavidad y elegancia, lo que los define es una insondable afinidad a la soledad.
Entienden el trabajo como un acto íntimo, personal y huraño. Esa sensación que los invade y los conquista en los parajes más aislados o recónditos, durante esas travesías entre foto y foto en los que la radio rumia noticias y la cabeza centrifuga sensaciones, o copado o rodeado por multitudes eufóricas o coléricas o desesperadas y violentas. Porque el buen fotoperiodista, cuando hace fotos, la única voz que escucha es su voz. Aunque miles de gargantas se desgañiten a su alrededor, tan sólo percibirá el susurro de la coreografía de sus movimientos, del ajuste del diafragma y del chasquido de la obturación. Su respiración controlada y el latido en de su corazón en las sienes.
El fotoperiodista de verdad tira fotos igual que sueña. Solo.
Y su voz interior crece, aumenta, se alimenta de si misma y se amplifica hasta que se vuelve ensordecedora, hasta que al fin ya no puede oír nada más.
Y es cuando se siente libre. Sincronizado con el mundo. Exacto y preciso. Y es cuando sabe, tiene la certeza, el convencimiento y la seguridad de que lo que está haciendo es bueno, es único, es necesario y es hermoso. Porque es lo que va a perdurar de él y de todo lo que ocurre ante él en ese lugar, en ese momento y para siempre.
Fíjate. Los reconocerás sentados y acurrucados en el suelo, en un rincón entre la muchedumbre, en el único lugar donde no puedan ser zarandeados o molestados. Ajenos a todo y a todos, al griterío, a la excitación, a la música, a los petardos o a las sirenas. Siempre en escrupuloso silencio, con la mirada metálica, fría, concentrada en un ordenador o en una tablet o en un teléfono, que les ilumina un rostro impasible. Editan y eligen. Seleccionan la imagen que perdurará de todo lo que ha sucedido, la que ilustrará años después el acontecimiento, la prueba de que todo aquello fue y existió.
Por eso, tan sólo un fotógrafo de prensa, sumergido en la multitudinaria noche de San Xoán, es capaz de apartar, sacudir y prescindir en la imagen de todo el gentío, el humo, la niebla de guerra, la basura, la frivolidad, el fuego y la juerga más trivial para transformarlo todo en un momento íntimo.
Tan personal.
Y así dotar a esa noche por fin de la magia que todos afirman que posee.












