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La Galería

El ojo público | Gaudeamus igitur

Los fotógrafos manejamos principalmente tres parámetros. Velocidad, apertura y sensibilidad. Tres números que conviven pero que se llevan mal. Que son enemigos. Nosotros sólo mediamos entre ellos.

Selectividad exámenes
Estudiantes en la Facultad de Filología de la UDC, durante la PAU
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De igual modo que lo hacía Rob Gordon, el protagonista de la célebre novela de Hornby, yo también odiaba profundamente a Peter Frampton. Y a lo largo de aquel estrafalario verano del 94, y como una sádica gota malaya, en la radio no dejó de sonar una versión chicana de ‘Baby, I love your way’. Aquella obscena pesadilla musical la versionaban con absoluta desvergüenza, una horda de chalados discípulos de los Wailers en versión abstemia y pálida. Big Mountain, se autodenominaban. “Una auténtica montaña de excrementos, sin duda”, susurré mientras me sacaba los auriculares para bajarme del bus y entrar en la Laboral, el centro de estudios donde a los alumnos del Eusebio da Guarda nos había tocado realizar la selectividad. Esos exámenes que ahora denominan con el cruel celofán del acrónimo y del eufemismo como PAU, aunque en realidad tan sólo sean un cribado, un triaje, una injusticia y una caza de brujas. 

Me sacudió el recuerdo mientras caminaba, cámara en mano, hacia la facultad de Filología de la UDC, incomodado por una lluvia fastidiosa y ligera y flanqueado por dos filas de vehículos que se hacinaban a ambos lados de la carretera en un absurdo caos de tráfico. 

“Eso es periodismo de riesgo”, me comentó una señora desde la ventanilla de su coche con una sonrisa nerviosa. A su lado, la que parecía ser su hija, lucía pálida como una lápida, tratando a duras penas de taponar entre sus párpados el evidente pánico que desprendía su mirada. 

“Los que van al matadero son ellos, no yo”, señalé a la joven tratando de arrebatarla de su trance de terror. Pero permaneció impasible ante el comentario, la lluvia, el atasco y el cielo mustio. 

Me encogí de hombros. “Acostúmbrate muchacha. Esto es un simulacro de la vida. Ya se sabe: Dios, justicia, amor y unicornios”, pensé mientras tiraba un par de fotografías a la condescendiente peregrinación de papás conduciendo a sus hijos al degüello académico. 

“Claro, ¡y también sonaba todo el maldito rato aquella canción de Ace of Base!”, me dije para mis adentros mientras brotaban recuerdos en mi sesera, “sí, sin duda, aquel verano fue el verano de Inmaculate Fools en la playa, joder”. 

Tan triste. Así se bajó la muchacha, que, tras un beso ausente de presencia, se apeó del vehículo y se encaminó hacia las aulas de los exámenes con la actitud del reo que asume su inevitable ascenso al patíbulo. 

Y allí estábamos, mis queridos amiguitos, todos los fotógrafos de prensa local, televisiones y aquella manada de futuros viejos luciendo una insolente juventud. 

“Tenéis diez minutos para tomar imágenes”, nos dijo la encargada, y a continuación comenzó a enumerar una serie de reglas, normas e imposiciones draconianas que agitaban dentro de mí los posos de mi innata condición díscola. La obsesión de una televisión estatal era filmar una especie de aparatito detector de señales de radiofrecuencia que impedirían a los estudiantes hacer vanguardistas trampas en tiempos de móviles. Se veía a primera ojeada que aquello era un encargo del editor de los informativos. La redactora insistía en que se lo mostrasen, reiteraba el asunto una y otra vez, con ansiedad, obcecada y obediente, como si aquel cachivache fuese la cura del cáncer. 

A escasos metros de la entrada, algunos chicos se abrazaron como si fuesen un equipo de fútbol antes de saltar al césped, y algunas muchachas, a punto de perder el sentido y el contenido estomacal, repasaban los apuntes con la inquietud del yonqui, apurando las absurdas posibilidades de atinar con la frase o el dato que in extremis podrían resolver un examen. 

“Se me agolpan los recuerdos. Siempre que vengo a cubrir estas pruebas me pasa. Estoy condicionado como los putos perros de Paulov”, le comento a Míguez, compañero de la competencia mientras, ya sentados en un banco, tratamos de enviar las fotos eludiendo las fantásticas señales inhibidoras. 

“Lo que estás es traumatizado”, me responde con tino, “para todos fue un mal trago, y se ve que a ti te quedó la cicatriz”. En plena epifanía de andar por casa, echo la vista atrás y no recuerdo un especial nerviosismo a la hora de hacer la selectividad. Simplemente me invaden sentimientos de zozobra, de rabia efervescente y de haber padecido la amarga sensación de sufrir una agresión a mi exuberante individualidad juvenil con el único fin de ser tratado como rebaño. Vamos, que me entró una mala hostia considerable que a su vez ratificó la teoría de mi compañero: ahí había un trauma. 

Un trauma y también “la barbacoa” de Georgie Dan en la maldita radio. Todas mis emociones van siempre de la mano de una banda sonora, ya sea terrorífica o hermosa. En el 94 no fue hermosa.

“Un día se darán cuenta de que esto que les hacen a los chavales es medieval, y que, si no hay plazas en las carreras, hay que meter dinero y hacer más plazas, no practicar el tiro al pichón con los estudiantes”, sentencié a la vez que la redactora de la televisión estatal nos advertía con entusiasmo y excitación que nos iban a mostrar el detector de señal. 

En realidad, aquello era una mierda. Probablemente más disuasorio que efectivo. Y con ello, aún me resultó todo más ridículo y circense. 

No creo en la selectividad. Tampoco creo en un decadente sistema educativo que a lo largo de décadas los sucesivos gobiernos han dejado caer. No creo ya en muchas cosas, supongo. Y ahí está la clave y por eso debemos cuidar a esos chavales. 

Porque no somos las cosas en las que creemos. Ya tan solo somos todo aquello en lo que hemos dejado de creer.

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