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El ojo público | Campos de Castilla

Marta Capote retrató como nadie los mejores años del Súper Dépor en El Ideal Gallego y en la agencia EFE. Vio, vivió, sintió e inmortalizó tantas cosas que pocas de ellas le quedaron por hacer. Así que, en los albores de mayo, decidió irse con su cámara a otra parte. Y, al igual que a sus fotos, no la olvidaremos nunca

Remate de cabeza de Nsongo Bil en Valladolid que supuso un ascenso
Remate de cabeza de Nsongo Bil en Valladolid que supuso un ascenso
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Atravesó el cielo de la bahía coruñesa como un cohete de Cabo Cañaveral. Con un tono rojizo y cegador iba dejando una hermosa estela de humo que rayaba como un cristal sobre un espejo aquel cielo impoluto de junio. Era una bengala náutica disparada con una pistola desde la grada de general, un anfiteatro de hormigón gris y vetusto que cerraba el estadio trazando una curva lejana y mágica a la retaguardia de la portería donde tarde o temprano siempre marcaba el Dépor. El cohete de fósforo se detuvo y comenzó a descender suave y paciente sobre las más de 30.000 almas que abarrotaban el, hasta entonces, purgatorio de Riazor. 18 años seguidos en segunda y la posibilidad de huir. La gente estaba fuera de sí, bramaba y botaba como un cataclismo humano en las gradas. La bengala por fin, en su descenso, se posó sobre la visera de la grada de preferencia superior. Y entonces y por fin, todo comenzó a arder de verdad. 

Contemplo de nuevo el cielo que hasta el momento había permanecido azul, asfixiante y limpio, pero en esta ocasión han pasado 35 años. Golpeo con mi codo a Quian, fotógrafo de la competencia y hago una mueca con la barbilla señalando unas nubes agoreras que se aproximan por el horizonte: “creo que va a caer la mundial”. Se ríe y no le da importancia. Aquello no entra en sus planes. En cambio, yo soy tan enfermizamente previsor, que he comprobado el mapa de lluvias en la zona el día anterior, me he metido dos chubasqueros en los bolsillos laterales de la mochila de la cámara y soy el único de las decenas de fotógrafos que han venido a Pucela a cubrir el posible ascenso del Deportivo a primera, que lleva un paraguas. Y justo cuando los equipos saltan al césped el cielo se abre en dos y se desploma sobre nosotros. Y como un monzón, a más de 30 grados, el aguacero se desata sobre nosotros con saña bíblica. Aun esperándolo y temiéndolo no doy crédito. Es insólito, siempre pasa algo raro cuando un Dépor rimbaudiano, tras pasar una buena temporada en el lugar, se decide por fin a salir del condenado infierno: llamas, diluvios, calamidades…

La lluvia es tan intensa, tan salvaje e incontrolada que, en el lateral del campo en el que nos situamos los fotógrafos, el agua nos llega casi a la altura de los tobillos. Nos lanzamos todos miradas fugaces entre la incredulidad y el miedo. Los relámpagos cruzan los nubarrones con destellos cegadores y con cada explosión eléctrica la lluvia arrecia con más entusiasmo. Parece el puto fin del mundo.

Decido sacrificar mi físico y envuelvo las mochilas con el material fotográfico y el ordenador en los dos oportunos chubasqueros que me había traído. Abro el paraguas y permanezco quieto como una estatua tratando inútilmente de que el teleobjetivo y la cámara no se mojen.

A los cinco minutos, las ópticas están tan empañadas que no enfocan electrónicamente, y las cámaras comienzan a presentar fallos de conectividad y de medición. La gente no lo sabe, pero nosotros sí. Quizás no haya fotos de este partido. Tal vez se convierta en leyenda, en mito y la tradición oral sea la encargada de contar los terribles sucesos acaecidos en el viejo campo de Zorrilla.

No me funciona el teleobjetivo, no puedo seguir haciendo fotos”, me dice Quian, esta vez lindando con el pánico, “y no veo nada, joder, no se ve nada”

Es más cierto que la muerte. La cortina de agua que nos abruma es tan intensa que no nos permite distinguir nada a través del visor. Me hago a la idea con pavor de que, si eso sigue así, en cinco minutos no va a funcionar ninguna cámara, ninguna óptica y por supuesto, ningún ordenador.

Vale, mantén la calma”, me digo, “si la cámara no enfoca, enfoca tú”.

Y de esa forma y sin quererlo, regreso de golpe al día en el que las llamas cercaban Riazor en aquel ascenso contra el Murcia. Donde casi 40 años atrás Pedro Puig, Tino Quian (el padre de César), Xosé Castro y compañía, enfocaban aquellas llamas, aquellos goles y aquel ascenso a mano.

Y eso hago. Enfocar manualmente. Girando el aro, concentrado y atento, ajeno a los rayos, a los truenos, al ambiente, a la tensión y a la maldita lluvia que nos martiriza. Revivo la obligada pericia que exigía mis primeros años, cuando el bolsillo no me permitía pagar autofocos ni otros mecanismos por el estilo. El hombre y la foto. Qué épico.

Y entonces, bajo la tempestad desenfrenada, tamizado por el grueso telón de la lluvia y copado por media docena de defensores, la sólida figura del joven delantero africano Nsongo se alza del mismo modo que Beci se alzó sobre la defensa y el arquero en el ascenso del Deportivo en el 71, y enlaza, conecta y ejecuta un cabezazo único, perfecto y exacto, que hace que la hinchada deportivista se estremezca en la grada.

Y artesanalmente, sin automatismos, con un foco crítico que escapa al fondo del encuadre, capto la imagen, la foto y el documento. Vive al límite, no es ni de lejos perfecta. Pero yo sé que lo es al fin. Porque ese gol, con o sin demasiado enfoque, va a existir para siempre.

Dos horas más tarde mi equipo fotográfico y yo comenzamos a secarnos en la sala de prensa. El entrenador, conteniendo los nervios, recita obviedades ante el micrófono y de golpe, los jugadores irrumpen en la conferencia para escenificar su alegría y euforia.

El lateral izquierdo del equipo herculino, el italiano Quagliata, decide abrir una botella de champán. Y en vez de vaciarla sobre su triunfante entrenador, decide hacerlo sobre mí, el ordenador y las cámaras.

Bien. Vale. “¡Me cago en tu pu…!”.

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