Andrés Suárez | “Hoy se habla de algoritmos y de listados, y me da una mezcla de pena y vergüenza”
Cantautor

El talento y la perseverancia han llevado a Andrés Suárez a hacerse un hueco en el volátil y competitivo mundo de la música. Estos días está presentando en Galicia –en Vigo y en Ferrol, y el próximo jueves también en Santiago– los temas de su nuevo disco, el noveno, ‘Lúa’. Suárez ya no es el músico callejero que se dio a conocer cuando se marchó a Santiago sin haber cumplido aún los veinte años, pero sigue teniendo muy presente de dónde viene y cuál es su pasión. Y eso se nota.
Está prácticamente recién llegado de México, uno de los lugares que conforman lo que podríamos denominar su mapa emocional...
Desde luego. México es desde hace diecisiete años mi segunda casa y ‘Lúa’ está allí en el ‘top 10’ de vinilos más vendidos. México es el país de la palabra, un país donde se estudia a Serrat y a Sabina. México nos da una lección acojonante; es literatura, trova, canción de autor... Lo quiero muchísimo y en febrero estaré allí tocando en el teatro Metropolitan. México probablemente es el lugar que más me marcó. Soy un gallego emigrante más, buscando visa para un sueño lejos de casa, y allí me reciben con los brazos abiertos. Somos un país que tiene un alzhéimer selectivo: nos olvidamos de que hace muy poco nos fuimos a buscar un futuro a esa casa que llaman Latinoamérica: Ecuador, Perú, Chile, Argentina, Uruguay... Y México nos acoge. Creo que al cantor, al cantante, no le queda otra que viajar. Con el teléfono móvil, hay quien no sale de su casa y presume de conocer el mundo por verlo en una pantalla, y eso es peligroso: tienes que viajar, probar, oler, beber... Tienes que conocer a otra gente para escribir, al menos en mi caso.
“A mí me interesa muchísimo la gente que piensa distinto porque me hace pensar, y eso hasta hace poco no era malo”
Formó sus primeros grupos en Ferrol, se fue a Santiago y tuvo mucha paciencia para darse a conocer allí donde fuera posible, como en concursos, certámenes... Tiene el ‘gen viajero’ de buscarse la vida.
Bueno, es que creo que no queda otra. Dice el maestro Javier Ruibal “¿y quién no da la vida por un sueño?”. A mí me encanta mandar a la mierda profundamente al que piensa que lo tuyo es suerte. Yo en mi vida no he parado de trabajar, como tanta gente, como un hostelero o como quien se prepara una oposición siete años sin salir de casa... No conozco otra realidad. Luego, con los años, aprendí que lo que yo creía que era una virtud fue un defecto: fui muy radical, muy tajante, es decir, o era música o era nada. Ahí pude haber cometido un gran error porque en toda mi vida no pensé en otra cosa. Mi primer disco está a punto de cumplir 25 años y te juro que amo mi trabajo como el primer día, es una absoluta pasión, pero, insisto, no es una virtud. Debería haber tenido un plan B o un plan C, y yo no lo tengo: llegué a Santiago y la primera noche estaba cantando en un bar, lo tenía clarísimo: creo más en mis canciones que en mí mismo.
Ahora, casi 25 años después de su álbum de debut, ‘De ida’, ¿cómo definiría su trayectoria?
¡Qué difícil! Si tuviera que cerrar el libro, diría que he sido la persona con la vida más cojonuda y maravillosa del mundo. Viajé a Cuba y canté con Milanés, viajé a México y a gran parte de Latinoamérica, pago facturas sin mentir y sin engañar a nadie y vivo de escribir versos: no sé si existe una suerte igual que poder vivir de lo que amas. Hay tanta gente que no solo no vive de lo que ama, sino que no tiene un curro y no llega a fin de mes... Y yo lo que tengo son versos, canciones, guitarras y pianos en casa que me permiten tirar para adelante. Viví la vida más jodidamente cojonuda que uno pueda vivir. Salí del muelle de Ferrol a mucha honra y aún no paré. Aún no paré.

Siempre hay una persona que estimula, que sirve de acicate. En su caso, ¿quién fue? ¿Quién fue determinante para que quisiese dedicarse a la música?
Se nos fue recientemente y la palabra de este país quedó muda para siempre: se llamaba Roberto Iniesta. Ese hombre demostró que lo único que tienes que hacer en este oficio es ser libre. Se rio de todo el mundo, de las discográficas, de su propio público, de las leyes, de las normas, escribió lo que le dio la gana y dentro de unos años, sin duda, será estudiado. Por desgracia, pues somos así de cainitas, hoy es un mito y los que lo odiaban en vida lo alaban a muerte. Yo iba al colegio de Ferrol Vello con un walkman con las cintas de Extremoduro y él me lo enseñó todo.
¿A lo largo de estas dos décadas y media de trayectoria ha sido difícil para usted mantener la coherencia, con todos los cambios que ha habido en la industria musical, en la forma de consumir música y también en los gustos de la juventud?
Lo que es acojonante es que en el año 2026 en España, Europa, Occidente vivimos con un pánico atroz, más que nunca, a expresarnos, es decir, no digas esto porque no vendes, no hagas esto, no te pronuncies sobre esto... Mira, yo soy cantautor y, en primer lugar, yo digo lo que me da la gana siempre, desde el respeto. Ahora me alaban por pronunciarme sobre el esperpento y el desvarío de Ayuso en México. Yo digo lo que me da gana y no sé por qué ahora se tiran discos a la basura si uno es de izquierdas o de derechas, si es religioso o terraplanista. No entiendo hacia dónde estamos yendo, pero mantengo el mismo discurso desde hace muchos años, que es el mío, ni mejor ni peor que el tuyo. A mí me interesa mucho la gente que piensa distinto porque me hace pensar, y eso hasta hace poco no era malo.
“Estoy viviendo la vida más cojonuda que uno pueda vivir. Salí del muelle de Ferrol a mucha honra y aún no paré. Aún no paré”
‘Lúa’ es su último trabajo, un paso más en su trayectoria. No sé si a medida que va avanzando tiene más presente su tierra...
Me decía mi querido Manu, del Lúa, antes de cerrar en Eduardo Dato, en Madrid, que cuanto más mayor me hago, más gallego me siento. Y eso es inevitable. Es que el tiempo pasa, que cantaba Milanés, y uno quiere volver a casa con más frecuencia. Yo tengo la suerte de tener mucho trabajo y casi nunca puedo venir, pero cada vez quiero venir más. Eso de la morriña existe y es curioso cuando lo hablas con alguien de otro lugar y te preguntan una y otra vez por eso, y ves que no la entienden bien. No tienen ese apego que tenemos con la ría o con la aldea, y es verdad que cada vez aparece de una manera más fuerte en mi vida. Está en ‘Lúa’ y está en mí, es inexorable, me voy haciendo mayor y quiero volver a casa. Si puedo elegir, terminaré aquí mis últimas canciones, en Ferrol o en Pantín. Echo de menos Galicia.
Ferrol Vello es uno de esos lugares, pero Pantín es lo máximo para usted....
Pantín es mi abuelo, Pantín son las canciones de Los Panchos, y de José Alfredo Jiménez, y de Serrat de fondo. Pantín es una playa enorme, con unas olas en las que un niño se lo pasaba muy bien... Pantín es mi literatura y mi lengua. Ferrol es tierra sagrada, no me la toquen, pues ahí nací a mucha honra, y están mis hermanos, mis amigos..., pero cuando mi abuelo enfermó del pulmón y de la memoria me fui a vivir allí, y eso me marcó de una manera absoluta. Creo que fue el contacto con la naturaleza, tan salvaje, de estar a solas con la lluvia... Me cuesta explicarlo, pero es un lugar que llevo en lo más profundo de mi corazón.
“Somos un país que tiene un alzhéimer selectivo y nos olvidamos de que hace muy poco nos fuimos a buscar un futuro a esa casa que llaman Latinoamérica”
Cuando echa la vista atrás y piensa en aquel niño que empezaba con sus grupos a tocar y a componer, ¿se imaginaba ser protagonista de esta historia que está viviendo?
Absolutamente sí. Durante un tiempo me planteé responder con tal sinceridad, pero es que uno no se va a cantar al metro si no cree en sí mismo. Volvemos al tema suerte. ¡Qué suerte tuve! No, suerte no: estuviste cantando siete días a la semana, diez o doce horas, tocando guitarra, piano, leyendo... Yo creí en mí, así que decirte que no y que es un milagro seguir aquí sería de una hipocresía atroz. ¡Claro que creía que podía conseguirlo! Y cuando digo que viviré el resto de mi vida en la música, hay quien dice “qué chulo eres”, pero yo no digo que vaya a vivir en una mansión con un descapotable; digo que voy a pagar facturas con canciones. Tengo claro que si el día de mañana no se llena el Auditorio de Ferrol cantaré en un bar, o en el metro, o volveré a Libertad 8 con la cabeza muy alta. La música son etapas. A veces canto para 5.000, a veces para 500 y a veces para 50, pero lo hago con la misma pasión.
De todos estos cambios vividos en las últimas dos décadas en la industria musical, ¿cuál es el que menos comprende?
Lo que más me gusta es ver cómo la industria no sabe lo que es la industria, cómo la industria cambia cada dos semanas y entonces se vuelven todos locos y hay que hacer no sé qué movidas de TikTok o hacer no sé qué de no sé cuánto. Y yo me descojono, es maravilloso, pero algo me apena de todo esto. Hay gente cojonuda en esta industria, como Mariola Pérez y David Bonilla, de Warner, o como Almudena Pozas, de GTS, gente con la que trabajo. Pero, por desgracia, creo que se está perdiendo el amor por este oficio tan increíble. ¿Por qué? Pues porque todos estamos viendo pantallas, tendencias, números... Recuerdo cuando hace 23 años iba a Libertad 8 con Luis Ramiro, Funambulista, Marwán, y cantaba Jorge Drexler, Eva Amaral, Rosana, Bebe, y hablábamos de libros, de música, de cine... Hoy, sin embargo, se habla de algoritmos, de listados, y eso me da una mezcla de vergüenza y de pena. ¿Cómo no estamos hablando de palabras, de canciones? Porque a mí con 43 años me da la risa, pero a la gente de 18 años la están destrozando, le están destrozando el alma y la cabeza y le están diciendo que cada viernes tiene que producir, que tiene que tener números, que tiene que estar en listas... Dedíquense a hacer buenas canciones. Se nos olvidó que lo único que importa es el arte, la canción, el verso, la métrica... y no el algoritmo. No sé quién es el señor Algoritmo, no tengo el placer de conocerlo.










