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El ojo público | Impresión, el sol se pone

El sol iluminando la Torre de Hércules en pleno ‘ensayo’ del eclipse del próximo mes de agosto
El sol iluminando la Torre de Hércules en pleno ‘ensayo’ del eclipse del próximo mes de agosto
Quintana
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Sé que ese cielo gris que parece ahora despeñarse sobre nosotros se va a volver azul en un par de horas. Lo sé porque conozco todos los rincones y todas las posibilidades de esta ciudad, todos sus atajos, todos sus tics, sus debilidades y sus virtudes. Todos y cada uno de sus estados de ánimo.

La reconozco incluso por sus olores. Sé que, si sopla del sur y huele a Nostián, ese basurero apocalíptico que descansa sobre la ladera de uno de sus montes, va a llover hasta que no quede nada seco. En cambio si el olor es a refinería, si huele como un maldito escape de gas, de esos que te matan en silencio como un mal amigo, entonces es que va a caer un orballo fino y bobo que te cala hasta el tuétano del alma.

Si la bruma se arrastra como una babosa por el litoral y ese eterno y célebre nordés es templado y la acompaña, el cielo se tornará tan azul como un mar profundo.

Y eso es exactamente lo que está ocurriendo y lo que va a ocurrir. Así que canto ‘Red red wine’, porque es lo que cuadra en la radio que escupe melodías como una vieja gramola, desgañitándome en el coche mientras meneo la cabeza como un Bob Marley de verbena, y entonces saboreo una Coca-Cola de esas que tienen de todo menos calorías, y masco chicle como si pudiese moldear el aire en mi boca, porque hace diez años ya que dejé de fumar y algo tengo que hacer con la boca si ya no quedan demasiadas cosas más que decir. No escucho las olas que llegan suaves como algodones a la playa, un arenal repleto de gente que pasea sus perros y surfistas que surfean la nada, y no las escucho pero puedo imaginar su sonido en mi cabeza.

Y sé que se parece mucho al murmullo de la hojarasca de un parque cuando el aire se cuela por los recovecos de los árboles, y ese ruido tan familiar, el que tantos cientos de veces he oído de fondo en las circunstancias más extrañas, vulgares, felices o dramáticas, me hace sentir yo mismo. Auténtico. Ese mar que, reflejado como un sueño en mis pupilas, se desplaza dramáticamente sobre ellas hasta que al fin un semáforo frente a mi antiguo instituto me detiene, y el océano queda ahí sujeto, como con pinzas. Azul sobre fondo miel.

Una señora que se detiene a mi lado en el semáforo, en un utilitario japonés, me clava su mirada y sonríe porque meneo la cabeza y no parezco de esos tipos que bailen en un coche, y a ella le entran también ganas de bailar, y no lo hace porque le da vergüenza, pero la imagen es divertida y por tanto es más que consciente que le he alegrado el día.

Dicen que es domingo. Y como todos los domingos no parece ser más que una piedra que se interpone en el camino de la semana.

Y es que los domingos, en el mundo de los fotógrafos, se distingue del resto de los días únicamente porque hay menos tráfico. Aunque los festivos también te pueden llevar a engaño, cierto es. Es más, a veces, uno descubre que es festivo de esa manera. Porque no hay coches. Porque la vida está agazapada en su madriguera.

A veces tengo días así, en los que las sombras se atenúan y se hacen pálidas y pierden su espesura, y aparco mis dudas, mis preguntas, dejo a un lado todos aquellos asuntos que no dependen de mí y entonces brillo plenamente, y entonces muy despreocupado y atemporal viajo a través del espacio que conozco tan bien como la esquinas de mi cama.

No necesito nada, tal vez sólo mis riñones, mi hígado y mi corazón en un estado aceptable, y unas piernas que me lleven a alguna parte de esta ciudad isla, a un lugar lejos de lo que ella, mole de hormigón obtuso, representa para mí tantas y tantas veces.

Después, si todo sale bien, llegará una cerveza o un vino al atardecer, cuando comienza a refrescar y la luz se diluye en tonos rojos como un azucarillo, El cielo nunca parece tan rojo al alba como en el ocaso. Eso tiene una explicación fisiológica, científica. Pero siempre me ha gustado pensar que la razón es que el sol sangra bastante menos al nacer que al morir. Y yo, personalmente, siempre prefiero quedarme con las explicaciones que más me gustan, aunque no sean ciertas y aunque nadie esté de acuerdo.

A esas horas ya estaré calmado, presa de un sosiego inhabitual, y si mi pareja o algún amigo que esté conmigo se hartará de reír, contaré mil cosas que pienso y dos mil más que no pienso, inventaré verdades y confesaré mentiras, con la placidez del que sabe que la guerra ha tocado a su fin y que hay que revisar el motor para la siguiente.

El último latigazo solar y el horizonte se tornará la línea de salida de la noche. La gente se agolpará en el paseo marítimo a tirar imágenes con sus móviles de última generación de esa foto que no voy a hacer ni de coña.

Esa postalilla de un cielo rojo. Muy muy rojo. Como el vino, ese de la canción, que me tomaré mientras lo contemplo.

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