El ojo público | Ciudad del jamón
Un 50 mm es un objetivo que ve lo que vemos, sin subterfugios. Sin engaños ni maniobras de evasión. El 50 mm, con su crueldad geométrica, dice la verdad. No sabe mentir. No está hecho para farsantes

En 2015 me encontraba inmerso en una de esas engorrosas encrucijadas existenciales en las que uno sabe perfectamente qué es lo que tiene que hacer pero se ve incapaz de decidir cómo. Así que, al igual que el ejército americano en Bastoña en un caso muy similar durante la Batalla de las Ardenas en 1944, decidí tirar rumbo a Alemania. Una huida relámpago a lo Updike. En mi ofensiva decidí obviar la capital teutona y su ritmo maquinero y dirigí la ‘Blitzkrieg’ hacia Hamburgo, más pequeña, más tranquila e igual de dipsómana que Berlín, lo que me aportaba, sin lugar a dudas, la fiabilidad que necesitaba en dicho momento. De hecho, mi extrema inquietud por dejar atrás, aunque fuese por unos días, la vida en el periódico y todas las derivadas que conllevaba, provocaron que mi amigo S. y yo adelantásemos el viaje una semana. Esa decisión basada en una angustiosa sensación de espantada, de la que Robert May, padre del archiconocido efecto mariposa estaría más que fascinado y orgulloso, evitó que tanto mi compañero de viaje como yo acabáramos estampados contra los Alpes franceses en el vuelo 9525 de Germanwings, nuestra primera opción para viajar a las tierras germanas. Parece ser que el primer oficial del vuelo de aquella compañía aérea también se hallaba en una encrucijada existencial, aunque en aquel caso, él asumió a todas luces ser el canciller del ejército alemán y mandar a todo el mundo al infierno. Por alguna razón, las casualidades a veces logran fintar a la parca en corto, o tal vez y como diría Sábato: “Nota para ingenuos: La casualidad no existe”. Lo más curioso del asunto fue que, durante la travesía aérea y sobrevolando los montes, me fijé en las blancas cimas de la cordillera a través de la ventanilla del avión, inmutables y azotadas por un fuerte viento que elevaba en espiral la nieve en polvo y que adornaba aquellos picos con la belleza cruda de lo indómito. Hasta que las corrientes de aire comenzaron por fin a sacudir el avión de manera un tanto exagerada. La mirada de S. buscó instintivamente la altura que separaba nuestro frágil fuselaje de un impacto mortal contra las montañas, y yo, al percatarme del asunto y sin que el pulso se me alterase ni lo más mínimo, le comenté con siniestra indiferencia: “Esas montañas son un lugar cojonudo para palmarla. Mucho mejor que la cama de un hospital o como un pincho moruno entre los hierros de un coche japonés”.
S. se giró y me devolvió a la lógica: “¡Vete a la mierda, puto tarado! Yo antes quiero emborracharme como un piojo en Hamburgo”.
Y pocas horas después, tras una breve pero coqueta nevada, estábamos vapuleando nuestras almas en las esquinas de pequeñas tiendas donde servían fugaces chupitos de licores espirituosos, rumbo a la acogedora bohemia de San Pauli.
Hamburgo, la ciudad del jamón, tal y como la apodábamos, nos engullía como la ballena a Jonás, entre neones, bullicios, Jägermeister y discusiones sin cuento. Robotizada, ferruginosa, alternativa, emborronada, civilizada y fría. Oscura en el día y luminosa en la noche. Una ciudad que se alzó de nuevo sobre los huesos de otra ciudad que ya no existe, una supuesta Gomorra devorada por las llamas y el fósforo. Caminábamos y bailábamos con alegría etílica sobre el recuerdo olvidado de miles y miles de muertos.
Y por supuesto, la resaca fue colosal. Cosmo demoníaca. Así que a la mañana siguiente, como despojos humanos, dirigimos nuestros pasos hacia las ruinas de la torre de San Nicolás, para no desentonar y tomarnos diecisiete cafés. Pululando a través de los canales, presos del frío y del desánimo propio de haber perpetrado una noche asilvestrada, me percaté, que de golpe, todo resultaba aún más triste, más gélido y deprimente si cabe.
X. más acostumbrado al ambiente tenebroso del lugar, ya que llevaba años viviendo ahí ejerciendo de agente secreto, se expresó con conocimiento: “Esto no es normal, hay demasiada oscuridad y la temperatura ha bajado por lo menos diez grados de golpe. Te has traído el fin del mundo en la mochila, Quintana”.
A pesar de la esporádica alergia a la fotografía que me dominaba de manera visceral durante aquellos meses, me había llevado una cámara al viaje y había montado en ella un 50 milímetros 1.8. Los fotógrafos siempre pasamos por fases. Es tan inevitable como doloroso. Hay ocasiones en las que odiamos lo que amamos, nuestra relación con lo que hacemos es casi tan indistinguible de nuestra relación con lo que somos. Un fotógrafo y la fotografía es lo más parecido que existe al vínculo entre un aficionado y su equipo de fútbol. Así que llevaba una cámara, por supuesto. Siempre cabía la posibilidad de que tal vez lograse tirar alguna foto y no provocase en mí algún tipo de náusea espiritual.
“Joder, es un eclipse. ¡Un puto y jodido eclipse!”, exclamó S. totalmente sobrecogido mientras señalaba al sol. Exacto. Un eclipse del 81,85% en la ciudad ajamonada. Casi una oscuridad total a las 12 del mediodía. Algo había leído unos días antes. Alcé la cámara y disparé la foto en el momento perfecto. Como ha de hacer un fotógrafo que se precie de serlo. Meses después, dicha imagen se mostraba taciturna y hermosa en una exposición de fotoperiodismo.
“Parece sacada del World Press Photo”, me dijo uno.
Sonreí y le agradecí el piropo más que exagerado. Así que unos años después, lo ganó él.
Cerrando el efecto mariposa de manera certera.
Como el pájaro cerró el sol en la imagen desde la ciudad del jamón.











