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El ojo público | La reina blanca

A Annie Leibovitz, Susan Sontag le leyó de cabo a rabo “Alicia en el país de las maravillas” sentadas a la sombra de un árbol. Bien, vale. Podemos sacar conclusiones.

La fotógrafa Annie Leibovitz junto a sus obras en la exposición “Wonderland”
La fotógrafa Annie Leibovitz junto a sus obras en la exposición “Wonderland”
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Annie Leibovitz volando. Con los brazos extendidos y las cámaras colgadas al cuello, flotando, ajena a la gravedad. Entre Washington y Memphis.

Así estaba ella. Pegada al techo de un avión propiedad del hortera de Bobby Sherman y que caía en picado y a velocidad vertiginosa unos cuantos miles de metros debido a las turbulencias. Trascurre el año 1975 y la fotógrafa que levita está acompañando en dicho avión a los Rolling Stones en su gira americana. Keith Richards, con el cinturón bien apretado a su cintura y temeroso de que tanto meneo provoque una pérdida irreparable en su cargamento lúdico, apura el consumo mientras a su alrededor los gritos y el pánico lo inundan todo.

Desde mi punto de vista, y digan lo que digan, Annie Leibovitz en ese instante, alcanzó el techo de su carrera. Obviamente, en todos los sentidos.

“Ah, ya sé. Esa fotógrafa que se dedica a sacar a los famosos en pelotas”, había dicho Susan Sontag de ella cuando sus editores la propusieron como la persona idónea para hacer los retratos publicitarios de su nuevo libro. En 1988 tanto Leibovitz como Sontag eran dos referentes en lo suyo, y al tiempo, dos universos paralelos.

Annie había optado por convertirse en una retratista de celebridades, en una especie de directora artística creadora de iconos pop que deslumbraban desde las portadas de ‘Vanity Fair’ a una sociedad seducida por un incipiente y abrumador neoliberalismo Reaganiano.

Susan, sin embargo, tras abandonar los postulados más radicales de la izquierda, se había situado en un intelectualismo incómodo, crítico y poco complaciente, que zarandeaba a través de sus artículos y ensayos a esa hoguera de vanidades tan de Wolf que se había asentado en la ambiciosa clase media-alta americana.

Pero se conocieron, se vieron y se hablaron, y se hicieron “amigas”. Porque Sontag, según cuenta Benjamin Moser en su libro sobre la ensayista, fue tan mezquina con Leibovitz que jamás la reconoció ni como pareja, ni como compañera, ni como amante. En realidad, la despreciaba y hablaba de ella como “la persona más estúpida que había conocido en su vida”. Dos universos girando en direcciones opuestas habían impactado y se habían enamorado. Sin duda, un cataclismo cósmico. Leyendo los ensayos de fotografía de Susan Sontag, (“Sobre la fotografía” o “Ante el dolor de los demás”), uno percibe claramente el miedo, la desconfianza e incluso la repulsa que producen en ella ciertas actividades fotográficas. En realidad, la autora va dos pasos por delante y percibe el peligro de una sociedad manipulable, infantilizada e intoxicada por una avalancha de imágenes.

Los más curioso del asunto es que Annie Leibovitz representa todo lo que a Sontag le exaspera. La fotógrafa americana centra sus retratos en una puesta en escena tan espectacular como enfermizamente documentada, y todos los elementos y detalles de cada una de sus imágenes adquieren una carga simbólica impactante. Pero son imágenes que a su vez, parecen incapaces de aislarse de la sensación de ser impostadas, de asemejarse a una superproducción, a un blockbuster, a un continente tan estético y perfecto como asequible, cuyo contenido, en ocasiones, resulta de una obviedad irritante.

Avendon, por poner un ejemplo, buscaba la profundidad del personaje, y los situaba sobre fondos blancos, sobre vacíos y ausencias. Miraba de frente al retratado, obviando cualquier otro elemento, para llegar a él. O Bresson, que hacía encajar la esencia del retratado y el entorno elegido mediante el invisible hilo del momento decisivo. Leibovitz no busca almas. Busca la pureza del cuerpo, la belleza del contexto y la perfección del color. El mensaje es una canción pop. Melodía alegre y pegadiza. Y por supuesto, es la mejor en eso. Madonna tiene su sitio en la música, y Edith Piaf el suyo. Y ambas son colosos.

Lo que ocurre es que a mí me gusta la Annie Leibovitz documentalista, la que se implica, la que arriesga y la que se empapa. La que termina politoxicómana en su gira americana con los Stones, la que es capaz de parir algo como “The Early Years” (un libro delicioso), o la intrépida fotoperiodista que “desnuda” a Nixon en el 72 con cada uno de sus disparos. La que retrata con un nudo en la garganta, jugándose el prestigio y con el peso de la culpa sobre sus hombros cómo el cáncer va consumiendo a Sontag en sus últimos meses de vida.

Leibovitz no es Bourke-White por mucho que trate de emularla arriesgando el tipo sobre una gárgola del edificio Chrysler de New York. Y resulta obvio cuando la metafoto realizada por Loengard, es bastante más célebre que el resultado que obtuvo Leibovitz con el bailarín David Parson mostrando su trasero mientras se tumba sobre la brillante superficie de la escultura.

Margaret Bourke-White había nacido para contar historias, Leibovitz prefirió crearlas.

Es un lujo poder ver de primera mano en A Coruña la obra de la fotógrafa más notable del mundo a día de hoy. Seas de su rollo o no. Percibir en el montaje de la exposición “Wonderland”, de la que se encargó ella personalmente, todas sus obsesiones, dudas, aciertos y complejos resulta, si cabe, aún más magnético. De hecho, (y eso lo cuento yo), si uno aproxima la mirada y el hocico a la imagen elegida por la artista como buque insignia (la de Ben Stiller con los cuernos), verá que está movida y que su foco es crítico. Es complicado de percibir sin el ojo educado, pero si lo tienes, te choca mucho. Y me juego el dedo con el que aprieto el disparador de la cámara que no es casualidad, porque eso no existe, que diría Sábato.

La peor portada de un disco de todos los tiempos es la del “Dirty Work” de los Stones. Y la firma Leibovitz. Y, sin embargo, como en este caso, la imagen más frívola habla mucho más que la mirada más profunda.

Al igual que, de los fotógrafos, hablan más las sombras que las luces.

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