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El ojo público | El eclipse y yo

“Así que hazte un favor y deja ya de sufrir por cosas que en el fondo no te duelen”. Gran frase, sin duda

 Quintana
29/03/2026 00:15
Eclipse parcial de sol @Quintana
Eclipse parcial de sol con María Pita
Quintana
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“No, estoy seguro. No quiero nada de eso”, respondo con serenidad. Porque ella me pregunta si me gustaría que me organizasen algo para festejar mi más que improbable medio siglo de existencia. Lo hace por amor, amor a un tipo raro, lo que automáticamente la convierte a ella en una chica aún más extraña si cabe.

“Jamás celebro que me estoy desguazando. Sólo quiero una tarta de tiramisú. Creo que es el único atenuante del que dispone la humanidad para justificar su molesta presencia sobre la faz del planeta: la tarta de tiramisú del ‘Berna’”.

Así que así queda la cosa y decido sellar mis labios para no hacer público mi nuevo fin de año. Haber llegado hasta aquí linda con el milagro después de todas las gilipolleces y majaderías que he acumulado durante estas cinco décadas. Por ello creo que la cuestión no va de celebrarla, va de echar la vista atrás y contemplar el asunto hechizado, abrumado por los cadáveres que yacen inertes sobre el suelo, los impactos de mortero, las calamidades, la metralla esparcida que de manera insólita no me ha alcanzado o que tan sólo me han producido algún que otro rasguño de escasa relevancia. Por lo tanto, visto con perspectiva, “over the bridge”, que diría Lou Reed, me detengo un momento y resoplo entre el alivio y el asombro: “Menudo panorama. Ha sido todo un espectáculo”.

Más tarde, si eso es posible, y haciendo unas fotos en un mercadillo hípster de esos que proliferan como setas por las ciudades de provincias, me doy de bruces con

Ruth, la memorable y encantadora cantante de Lascivos, que me cuenta que ha venido desde Madrid para celebrar el 50 cumpleaños de una amiga. “Hay que celebrarlo todo”, resume con envidiable optimismo. Me encojo de hombros, y me entran las dudas, no sé si hay que celebrarlo todo, pero supongo que hay gente que merece hacerlo. Ella entra en ese grupo. Yo no. Llevo tantos demonios y fantasmas dentro que parezco una ouija con patas.

Y eso es porque los números en ocasiones hablan más que las palabras. Y me percato que llevo exactamente media vida dedicándome al periodismo gráfico. Danzando por estas calles y sus callejones, topándome con lo malo, lo terrible y lo peor. Bajo cielos furiosos que te empapan hasta los huesos del alma, azotado por un nordés que se ha llevado más gente por delante que la viruela o el amor, y bajo un sol que a veces se alía con la incertidumbre de calentar o congelarte bajo una luz cegadora. Aunque afortunadamente la mayoría de los días transitan sobre la irrelevancia más mundana y la banalidad informativa con aires de trascendencia, siempre tiene uno la sensación de que pilota un avión de esos soviéticos, destartalados, y que, de un momento a otro, si uno se relaja por un instante, van a comenzar a encenderse lucecitas coloradas y a sonar estridentes alarmas en el panel de instrumentos y que la vorágine, la locura y el pánico van a desatarse sin piedad.

El otro día decía Moncho Fuentes, gran amigo y leyenda del oficio desde hace décadas, que trabajar en la prensa diaria como fotoperiodista no es una guerra, pero es lo que más se le parece, y aún encima uno se encuentra a mil millas de ser un héroe y a escasos centímetros de ser un auténtico imbécil.

Pero resulta más que obvio que si has pasado más tiempo en tu vida haciendo fotos que el resto de las cosas que puedes hacer en una vida, es que hacer fotos es tu vida y el resto de las cosas son eso, cosas. Y es que haberse entregado a la fotografía, del mismo modo que hay personas que se entregan a la música, a la pintura, a la escultura, a la poesía o a cualquier otra disciplina que implica obligada creatividad, entrega descerebrada, pasión patológica y depresiones, divorcios y números rojos en la cartilla bancaria, supone en sí mismo un acto de rebeldía. De insurrección social y personal.

Estoy más que convencido de que si a un fotoperiodista le hubiesen dado un bidón de gasolina antes de ponerle una cámara en las manos no hubiese tardado más de un minuto en inmolarse a lo bonzo para que pudieseis admirar la inútil y escasamente rentable belleza de las llamas.

Por motivos que aun siendo tan viejo desconozco, cualquier disciplina que coquetea con lo artístico anhela convertir lo efímero en trascendente. Un fotógrafo es pretencioso por naturaleza, pero eso es porque quiere contar cosas y, debido a sus obvias taras, no se le ocurren maneras normales ni caminos sensatos para hacerlo. Así que hace fotos. La mayoría de ellas olvidables. Por eso tenemos tan mala leche. Porque el 99% de las veces fracasamos.

El caso es que espero que me queden otros cincuenta años más de vida para poder seguir retratando las historias de nuestra queridísima ciudad con ínfulas de metrópolis. A la que odio y amo de la misma manera que uno lo hace cuando su perro defeca en la alfombra. Y la verdad es que no me puedo quejar de oficina. Es relativamente grande, señorial y la mayoría de las veces acogedora. Salvo cuando llegan las fiestas de agosto, o San Juan o festejos varios que alteran su orden y ritmo natural. Lo nuevo ahora es que se va a llenar de turistas porque vienen a ver un eclipse total.

Todo el tiempo dando la turra con que aquí siempre llueve y que nunca luce el sol y ahora vienen para no ver el sol. Y después los chiflados somos los fotógrafos.

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