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El ojo público | Fútbol en Acción

¿Dos Mundiales? Ya lo dijo Scarlett Johansson en ‘Lost in Traslation’: “Nunca deberíamos volver a Tokyo, porque nunca será tan divertido”

 Quintana
22/03/2026 15:00
Inés Rey con la camiseta de Naranjito
Inés Rey con la camiseta de Naranjito
Quintana
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Será por mi carácter taciturno y sombrío, pero desde que la razón se posó en mi cabeza, la euforia siempre me ha parecido la elegante antesala de la tragedia. Y la euforia, muy a menudo, alimenta sus voraces llamas con la gasolina de las grandes expectativas.

El Museo Nacional de la Inmigración, en la Isla de Ellis, a los pies de la Estatua de la Libertad, donde la imperial ciudad de Nueva York durante 50 años recibió a doce millones de extranjeros anhelantes del sueño americano, recoge una cita de Bela Lugosi en sus muros. El actor fue uno más de esos millones de soñadores que desembarcaron con lo puesto y que hallaron en tierras americanas la definición perfecta del abismo que existe entre la realidad y la esperanza: “Llegué a los Estados Unidos porque me dijeron que sus calles estaban asfaltadas con oro. Aquí descubrí tres cosas: la primera es que no estaban asfaltadas con oro, lo segundo es que no estaban asfaltadas y la tercera es que era yo quien tenía que asfaltarlas”.

Probablemente el pesimismo empaña con desatado ímpetu mi mirada, que, a su vez, y más veces de las que me gustaría, dicha mirada se torna cínica, impertinente y un tanto desapacible. Muy poco acogedora, sin duda, pero por lo que sea, la realidad suele encajar a la perfección cyon lo espeluznante. Desde mi lóbrego punto de vista, la frase más atinada que se ha documentado desde que el periodismo es periodismo, la escupió Vladimir Korolenko (plumilla revolucionario y maestro de Máximo Gorki) en uno de sus habituales ataques de iracunda lucidez: “La verdad es terrible, pero es la verdad”.

Así que aquel prenavideño día de diciembre en el que nuestra alcaldesa se presentó en el Palacio Municipal, entre vítores y jolgorios varios, con la camiseta de Naranjito para anunciar que la ciudad sería sede del Mundial de fútbol de 2030, un escalofrío propio de un largometraje de serie B de William Castle atravesó mi cogote. Más que contrariado, busqué con mi mirada algún tipo de complicidad en los presentes, alguien que mostrase en sus pupilas un atisbo de duda ante lo que allí se estaba proponiendo. Pero la euforia se había desatado, como una tormenta de arena, y si existía algún camino que condujese a manifestar algún tipo de vacilación en dicho anuncio, había quedado sepultado por su furia. Así que tiré la foto un tanto descreído, un poco triste y cargando con la certeza y el peso de intuir que aquello, que asemejaba ser una histórica celebración, era lo más próximo a hacer la fotografía del ‘Titanic’ partiendo de Southampton. Ángel Manso, fotógrafo de la competencia, a mi vera, hizo exactamente lo mismo. Un rato después, zanjado el asunto, salimos a la calle, y antes de despedirme le dije: “¿Viste eso? Tal vez en un universo paralelo ocurra, pero en este, en A Coruña, no va a haber Mundial”.

El otro día, casi dos años después decidió recordármelo, entre admirado y escéptico por el tino que muestra una cabeza tan desordenada como la mía.

De todas maneras, la singular mirada que se nos exige a los fotógrafos, nace indudablemente de que en el día a día tratamos de mimar un extravagante pensamiento lateral. Y si a Inés (perdona que te tutee) le sirve de consuelo (que no lo creo), dicho pensamiento me lleva a concluir que no es cierto que A Coruña se merezca un Mundial. La única verdad es que el Mundial no se merece a Coruña. Y no se la merece, porque no es esta ciudad la que tiene que ir persiguiendo la idea de ser sede, ha de ser el fútbol la que persiga y corteje a esta ciudad para que sea su sede, su referencia y su faro. Y tal vez ni así logre seducirla. Porque sin duda, a los coruñeses se nos pueden achacar unos cuantos defectos, pero si hay un lugar donde sus gentes entiendan el balompié, en toda su magnitud, en su épica, en su miseria y en su sentimiento es aquí.

La gente acude a Riazor sí o sí. Como si no existiese dilema en el acto. Si hay partido hay que acudir. No hay otra opción. Si no vas, es porque te has muerto o porque el Deportivo y sus disgustos te han matado. A Coruña vive el fútbol como en las novelas de Nick Hornby (un día me topé con él en O Grove, por cierto), de una manera virtuosa, casta, visceral, leal e incansable. Trágica y hermosa.

Lo que ha logrado esta pequeña ciudad de provincias en el fútbol mundial es algo único, monumental e indiscutible. Si hay un Mundial en este país, obviamente, tendrían que estar A Coruña y diez sedes más. “Este coche no necesita lucecitas porque tiene estilo de sobra”, rezaba el eslogan de un anuncio de un coche allá por los 90. Pues eso.

Y claro, es que el fútbol ha cambiado mucho. La vanidad, el dinero y la escasez de valores expulsan a los aficionados más inmaculados de las gradas de los estadios. Y si ha llegado a disputarse un Campeonato del Mundo en un pleno invierno en un país como Qatar, ni que decir tiene que la FIFA (la del “Nobel” de la paz al amigo americano) no merece una sede donde la esencia del fútbol palpita en todas sus calles y sus esquinas, en todos los rincones, bares, tugurios y hogares. Y en todos los corazones, por supuesto, incluso en los más descreídos

De todas maneras, el error consistió en hacer honor al chiste del tipo que se cae desde un quinto piso, y que se cruza en la caída con su vecino del cuarto que está asomado a la ventana y le dice “de momento bien”, y tras un breve instante se cruza con el del tercero que fuma un pitillo apoyado en la repisa y le dice “nada, no duele, de momento todo perfecto” y así hasta que pasa lo que ha de pasar. Y eso es lo que le ha ocurrido con este Mundial. En fin. Ícaro se enfundó unas alas de cera e Inés una camiseta de Naranjito. La intención era volar alto. Héroes estrellados. Pero como diría Serrat, héroes al fin, señora.

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