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La Galería

El ojo público | Escribir con luz

No puedes controlar el relato a un fotógrafo. Tiene su mirada personal que ni miente ni disimula. Por eso nos vetan en ciertos organismos. Aún se teme a esa parte de la prensa. Y creo que hacen bien

 Quintana
15/03/2026 07:13
Plantilla Deportivo ante el Granada
Imagen del once inicial del Dépor ante el Granada con Riazor a oscuras antes del espectáculo de luces previo al encuentro |
Quintana
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De entre las innumerables cosas que uno aprende en la práctica del oficio de fotoperiodista, hay una que alcanza la categoría de axioma: si alguien viene a llamarte la atención es que estás haciendo bien tu trabajo.

Hace algunos días el equipo de fútbol de la ciudad tomó la decisión de que hacer un juego de luces al inicio del partido supondría un aliciente para la afición. La idea consistía en apagar y encender de manera intermitente la iluminación del estadio en un llamativo espectáculo visual al tiempo que los ídolos del balompié saltaban al césped. Probablemente la parte epiléptica de la afición no percibió la iniciativa con demasiado entusiasmo, del mismo modo que tampoco lo hicimos los redactores gráficos, que tuvimos que fotografiar el once inicial a oscuras. El asunto resultaba tan curioso como ridículo. Así que uno de nosotros decidió invitar a los jugadores a posar de nuevo cuando finalmente se hizo la luz. Básicamente porque los fotógrafos profesionales practicamos hábitos tan poco saludables como tratar de hacer bien nuestro trabajo, y que en las fotografías se distinga al menos el rostro de los protagonistas.

Tras un calamitoso encuentro en el que el equipo herculino fue vapuleado por el equipo de la capital del indie-rock, los fotoperiodistas desfilamos muy apresurados a la zona de prensa del estadio desde donde solemos enviar todas las imágenes a nuestros respectivos periódicos.

Cubrir un partido de fútbol que suscita un sobredimensionado interés nunca es sencillo. Supone un desgaste mental y físico que sólo los que trabajan en esto lo saben. Estamos expuestos al frío, al calor, a la lluvia y a las cosas que caen de la grada. Llevamos tanto material encima que parece que desfilamos para tomar una trinchera en el Donbass y nuestros estimados y admirados redactores nos exigen rapidez, calidad e inmediatez en el envío. Y siempre, pase lo que pase, hagas lo que hagas, pongas el empeño que pongas y sin excepción, ellos te pedirán la fotografía que no tienes.

Cubrir un partido de fútbol es un marrón. Exige concentración y pericia sin errores durante dos horas. Los fotógrafos estamos sometidos al error insalvable e incorregible del mismo modo que lo están los jugadores sobre el césped.

A todo esto, hay que añadir que, si el horario del final del partido linda con la mágica medianoche, sobre nuestras cabezas tiende como una afrancesada guillotina el inevitable cierre del periódico. Para que llegue al bar por la mañana, el asunto hay que mandarlo a imprimir a una hora razonable. Así que, durante esos minutos de histeria desatada de ir a contrarreloj, el destino de la publicación recae sobre nuestros hombros: funcione o no internet, se te haya jodido la tarjeta de memoria al sacarla de la cámara o seas víctima de unas inoportunas molestias gástricas.

Por lo tanto, en plena ola de angustia, griterío, desesperación y tensión a duras penas contenida, en el que tratábamos de hacer llegar las fotografías solicitadas a nuestros respectivos tabloides, una miembro del club decidió abroncar a un compañero por incitar a los jugadores a repetir la fotografía de la plantilla inicial.

“¡Pero si no había luz!, ¡apagasteis la luz cuando estábamos haciendo la foto!”, trató de razonar ante el desconocimiento obvio de aquella persona de la etimología del término “fotografía”.

“Si no hay luz, tenéis que adaptaros”, nos recalcó.

Por supuesto nadie le hizo caso. Demasiado estrés. Los fotoperiodistas tenemos el don de eludir el conflicto cuando tenemos cosas importantes que hacer y de buscarlo desesperadamente cuando nos aburrimos.

“Adaptarnos”, aun así, sonaba un tanto obsceno viendo el percal que había allí. Se lo decía a fotógrafos que sumaban entre todos cientos de años en la profesión, y cuya gran parte habían documentado todos los títulos deportivos de aquel equipo a lo largo y ancho de varias décadas y varios continentes.

Y es curioso, porque normalmente nos adaptamos a que nos caigan piedras y pelotas de goma en una carga policial, o que nos persigan en un poblado chabolista con palos y escopetas, o que nos zarandeen en un juicio de narcotraficantes. También nos habituamos a fotografiar muertos con sus familiares alrededor absolutamente destrozados, a lidiar con asesinos que nos amenazan o con políticos de peso que tratan de intimidarnos. Por lo que sea, también nos aclimatamos a respirar humo en los incendios y acabar en urgencias con una intoxicación de monóxido de carbono, o a estar empapados y jugarnos el cráneo durante una borrasca, o la propia vida fotografiando los estragos de una pandemia. Pero aquello era nuevo.

Adaptarnos a que apagasen  la luz en un espectáculo televisado. Nos encogimos de hombros  y seguimos a lo nuestro, a lo  más importante.

Finalmente dijo que uno de nosotros con peto rojo había pisado el escudo del equipo, un coqueto dibujo que está situado a las orillas del césped. Todos llevábamos encima un identificativo peto azul. Más azul que un cielo profundo.

“No nos gusta que piséis el escudo”, sentenció.

Por supuesto guardamos todos silencio. El cierre de los periódicos andaba próximo, como la parca. Tras no hallar respuesta finalmente optó por irse.

Entonces nos miramos todos haciendo un fugaz paréntesis en nuestro trabajo, hasta que alguien dijo: “¿Pisar el escudo?, ¿quién?, ¿nosotros?”.

Y rompimos a carcajadas.

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