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El ojo público | Me sobra Carnaval

“Chico, a ver si te puedes sacar de delante que no me dejas ver el desfile”. Me giro y replico: “Un momento, por favor, tenga paciencia que estoy trabajando, ¿o es que no lo ve?”. El tipo remata:” ¡Pero si estás haciendo fotos!”. Ya, lo sé. Tocado y hundido.

“Derecho al desguace con mi nuevo disfraz, voy vestido de barbaridad”
“Derecho al desguace con mi nuevo disfraz, voy vestido de barbaridad”
Quintana
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Mi insondable silencio queda acallado por el bullicio que me cerca. A pesar de que mi oficio implica, en más ocasiones de lo deseable, estar rodeado de multitudes atronadoras, jamás he logrado sentirme cómodo en dichas circunstancias. Hay gente que necesita a gente, y hay gente que necesita gente lejos. El caso es que hay una alegría y una juerga considerable, quizás obscena, visto lo visto. Todos ríen a carcajadas a mi alrededor y en cambio mi cara es lo más parecido a una lápida de cadáver sin identificar. En mi defensa diré que la culpa no es mía, siempre se la he atribuido a mi maldito humor. Resulta que a mí me hace gracia lo que a la gente le da miedo.

Yo la llamo comicidad tenebrosa. Cuando más me río, más siniestro me pongo.

El asunto que nos ocupa es que, de forma inevitable, va a desatarse el desfile de carrozas del carnaval coruñés. Se supone que un acontecimiento así merece la presencia de un fotógrafo de mi ralea y de algún otro pringado más. La multitud gruñe expectante mientras Touriñán, director de área de seguridad en el Ayuntamiento herculino, pulula incansable tratando de afinar todos los elementos que formarán parte de la cabalgata. Aunque quisiese hacerle una foto no lo lograría. Se mueve como un colibrí con sobredosis de café de máquina. Lleva así media vida y no se cansa, y a mí, simplemente con contemplarlo un rato, me evita ir al gimnasio durante dos semanas. Un día le levantarán una estatua y ni la escultura será capaz de permanecer quieta en el sitio. Como tampoco lo hace el desfile, que inicia al fin su paso jaleado por el fervor popular.

Mi incomodidad se torna al fin en concentración, y comienzo a vislumbrar en mi cabeza encuadres y desenfoques, con la mirada rastreo fondos y contrastes, colores chillones que resalten entre otros más apagados y también gestos y bailes y formas y figuras y detalles y todo se mueve y resuena y se agita y no cesa y es así. Resoplo y voy disparando, y organizando en la mente las tareas y las imágenes que me van convenciendo. Hasta algo tan sencillo resulta complicado si pretendes hacerlo bien. Y aun así puede que salga mal, que tras mucho esfuerzo y empeño me pase esto o lo otro o lo de más allá, y mañana, en el periódico de la competencia, la mala suerte o la pericia de un compañero a la hora de tirar fotos o ambas cosas, hagan que sus imágenes ridiculicen a las mías.

Bueno, ya se sabe. La vida no es justa y el fotoperiodismo tampoco.

Así que trato de minimizar posibles cataclismos fijándome en todo y no escatimando disparos. Tanto barullo y percusión concentrados afilan ese cinismo que me sirve de cobertura, de parapeto. En la zona cero de la fiesta, en el mismísimo eje de ordenadas y abscisas del cachondeo coruñés, me siento como un ranchero que desesperado tumba su carromato mientras los comanches merodean en círculos a su alrededor: los niños con sus trajes de superhéroes acolchados como la celda de un manicomio, y los padres tan efervescentes como un Alka-Seltzer y los móviles echando humo, alzados como una plaga y los tambores de los Kilomberos entregados al ruido y generando acúfenos permanentes a su paso.

Siempre he considerado que la distancia que existe entre lo que sientes y lo que piensas, se llama caos. En mi cabeza tengo clara la intención de hacer un buen trabajo fotográfico, pero en mi alma bulle con insistencia la atractiva idea de salir corriendo como un conejo en una novela de Updike.

Soy el caos personificado en medio del caos organizado.

Supongo que no es algo exclusivo en mí. Si un fotógrafo de prensa de la ciudad, tras girar la esquina de un oscuro callejón, se topase con un bandido con el rostro cubierto por un pañuelo que le apuntase directamente al corazón y le preguntase a modo de “la bolsa o la vida”: “¿San Juan o Carnavales?”. No albergo la menor de las dudas, respondería con presteza y bien alto: “Dispara”.

Así que me entrego al martirio festivo con la resignación que exige el oficio, y contemplo a mis compañeros como hacen lo mismo. Hasta que me cruzo con Raquel, sempiterna reportera de fin de semana en la televisión autonómica, que comparte en su semblante la misma angustia que sostiene el mío. Se detiene un instante a mi lado y me susurra al oído: “El próximo artículo que escribas, hazlo del Carnaval”. Y como decía aquel premio Nobel de literatura de Iria Flavia cuando plantaban ante sus hocicos un humeante plato de caldereta:

—Pues venga.

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