
Como casi todo y como casi siempre, aquello podría haber ido a peor. Sin embargo, dejó de llover de golpe y por lo que sea, no sonó el teléfono con la solicitud de alguna foto de relevancia histórica. Lo más próximo que hay a una conjunción interplanetaria. Así que, entre las nubes del atardecer, comenzó a filtrarse una especie de tregua en forma de luz azulada y triste que se mostraba indecisa a iluminar, y a su vez, reticente a aportar calor.
Apoyado con los codos sobre la barra de la cafetería puedo verme reflejado en el espejo.
Parezco muy poca cosa ahí puesto del revés.
“Ya no nos quedan churros”, sentencia la camarera mientras pasa el trapo a un vaso, como hacen siempre en las películas de detectives casposos.
Me viene a la mente si al otro lado de dicho espejo, en ese mundo paralelo, aquel tipo que tanto se parece a mí, vive y habita en universo con tres churros. Tal vez él sí pueda desayunarlos.
“Pues póngame lo que tenga”, respondo observando sin demasiado interés un periódico deportivo de la competencia que, a falta
de crónicas de partidos, elabora una fascinante comparativa entre los números de Yamal y Messi.
El asunto consiste en que cuatro o cinco vivarachos periodistas, aportan sus interesantes y clarividentes reflexiones sobre la calidad
de uno y otro.
Mientras espero por el café y seco con un paño la lente de mi objetivo, por un fugaz instante me invade la necesidad de introducir dicho diario en una cápsula espacial y enviarlo a otra galaxia, destacando con rotulador dicho artículo con la intención de contactar con otras inteligencias tan evolucionadas como la nuestra.
Descarto la idea en el momento que la tipa coloca ante mí una magdalena roñosa, apelmazada y asimétrica. Tal es su densidad, que comienza a curvar el espacio-tiempo de la cafetería.
Un señor de singular presencia sentado en una mesa a tan solo unos pasos de mí, apura un coñac mañanero para recuperar su color de rostro. De sus orejas superlativas cuelgan unas gafas con unas lentes más gruesas que el catalejo de un pirata tuerto, y para rematar el asunto, emplea una lupa de un tamaño aún mayor para leer el periódico. Escudriña las páginas como si fuese una especie de Sherlock en busca de la verdad.
“Mal sitio has elegido para encontrarla”, pienso y sonrío
malicioso.
Entra un tipo con un perro y el can se sacude la lluvia justo a mi vera y me empapa con la eficacia de un aspersor de jardín. Al dueño no parece alterarle el pulso en absoluto dicha circunstancia y para seguir la tradición, se pide
un gin-tónic de media mañana. Para rendir mejor. O para rendirse definitivamente.
Un par de abogados en la barra discuten sobre la privatización
de un servicio y de las movilizaciones que los trabajadores están llevando a cabo en ese mismo instante ante las escaleras de
los juzgados. Me viene a la cabeza las películas americanas donde
los tribunales siempre poseen unas escaleras enormes, románicas,
que ascienden majestuosamente hacia el mismísimo corazón de la justicia más implacable. Allí a uno siempre le entran ganas de cometer un magnicidio.
En los juzgados de la Calle Monforte, sólo hay treinta tíos pegándole hostias a unas cacerolas mientras un reguero de tipos de aspecto peligroso desfilan ante ellos con algún tipo de citación entre sus manos.
Resoplo.
Tragarse esa magdalena es como comerse una esponja de baño. Así que decido mojarla en el café y éste desaparece ante mi vista, como por arte de magia, absorbido por la magdalena colosal, la magdalena cosmodemoníaca, un ejemplo para todas y cada una de las magdalenas del mundo. Si la pilla Proust, hace siete series de Netflix.
“La magdalena se ha bebido mi cortado”, le digo a la camarera.
Ella se ríe y pregunta: “¿te pongo otro?”.
“No, no lo hagas. Puede que se ponga más nerviosa y me muerda
a mí”.
Un oriental saquea la tragaperras a golpe de monedas y reconozco
la sintonía del premio especial, es la de “Piratas del Caribe”, deslizo
de nuevo mi atención a los abogados situados a mis tres y me río entre dientes.
Entonces el chucho comienza a ladrar clavando fijamente sus ojos perrunos en mí. Como si acabase de descubrir a un ultracuerpo desayunando en un bar de mal agüero y yo le lanzo un pedazo de la magdalena que se zampa al vuelo.
El dueño me echa una mirada de desaprobación. Probable-
mente hubiese preferido que se la lanzase a él.
Levanto la vista y luce el “Telexornal” de la TVG en la desmesurada televisión del garito que, como siempre ocurre en los bares, o no tiene volumen o el nivel de este te perfora los tímpanos. En las imágenes de la pieza del noticiario y con cámara al cuello y cara de bobo, se me ve caminando al lado de un conselleiro. El político sonríe satisfecho, supongo que cree que ha hecho bien algo. A su lado, mi rostro denota que no he hecho nada bien en mi condenada vida. Obviamente nadie en el bar se percata de que estoy apareciendo en la tele, sentado en la barra y estoy reflejado en un espejo.
Nadie salvo el perro que se pone a ladrar de nuevo y con más ímpetu.
No me extraña en absoluto.








