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La Galería

El ojo público | Donde nacen los fotógrafos

La vocación es ese bólido furioso que algunos llevan dentro y que se estrellará contra el muro de la realidad. Hay que aceptar que tarde o temprano, la cara de uno se va a parecer a la de Nikki Lauda

La infancia es el lugar donde ocurre todo
La infancia es el lugar donde ocurre todo
Quintana
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Era un SEAT 127 rojo muy pequeño, incómodo y ruidoso. Un coche amargo. Taciturno.

No sé.

Y ni tan siquiera eran las once de la mañana de aquel verano de aceite de colza, de aquel año de noche  de transistores. Con el sol aun desperezándose, el bochorno ya se desplomaba sobre nosotros con la sutileza de una avalancha. Mi madre llevaba abierta la ventanilla del copiloto  y yo trataba inútilmente de asomar mi cabeza para poder respirar. Sudaba a chorros en el asiento de atrás, colorado por el sol y asfixiado por  el sofoco, con un estúpido gorrito  de colores vivarachos sobre mi cabeza. Ojos miel, pelo rubio y mirada triste. Aún conservo algunas cosas de esas. No todas.

En la radio, Ana Belén y Víctor Manuel, a dúo insólito, cantaban a sus murallas y a sus rosas y todas esas mentiras que luego se hicieron más mentiras aún.

Y la carretera iba y se revolvía  en una curva tras otra, y al ralentizar la marcha para tomar sus caprichosas trazadas, el escaso aire  que penetraba no alcanzaba con eficacia los asientos traseros. Mi hermano a mi lado, sin embargo, parecía feliz, indiferente al calor horroroso que azotaba mi rostro. Sonreía extasiado, supongo que imaginándose un inminente e interminable día de playa.

A él le gustaba hacer castillos en la arena, se pasaba horas edificando efímeras murallas, escarbaba fosos supuestamente infranqueables y toscos torreones de lodo endurecido, que finalmente, se venían abajo al ser tocados por la cíclica pleamar.

Yo raras veces hacía algo en la playa salvo estar bajo la sombrilla, muy callado y muy quieto, observando los brillos del mar a lo lejos y escuchando las conversaciones de mis padres. Con la Kodak Instamatic 133 de la familia colgada al cuello y un aburrido cubo de agua donde metía un par de berberechos que abrían su concha en ocasiones, y dejaban escapar una burbuja de vez en cuando, que ascendía a la superficie y se disipaba para siempre. Para no volver jamás.

Y fue en aquel coche de pacotilla donde tras recorrer una larga recta, sentí que mi padre frenaba con suavidad, apagaba la música y bajaba su ventanilla para interrogar a alguien: “¿Qué necesitáis?, ¿llevamos a alguien al hospital?”.

Y al mirar a través de la luna de vehículo, pude ver a una niña de mi edad cubierta de sangre de la cabeza a los pies, sosteniendo a duras penas una muñeca entre sus brazos, aturdida como un boxeador sonado y caminando tambaleante con tan sólo una sandalia en un pie a lo largo del arcén. Inocente, alcé mi cámara Kodak y disparé una foto antes de recibir el manotazo firme de mi madre y percibir una furia extraña en su semblante. Me giré de nuevo y observé que un señor, un desconocido con toda seguridad, tomó a la cría con cariño por la cintura y la elevó sobre sus hombros para apartarla, alejarla de algo que jamás podría olvidar. De eso estoy más que seguro, porque yo no lo he hecho todavía y además, porque en la cuneta, un amasijo de hierros humeantes aprisionaban a un tipo de rostro irreconocible que seguramente, minutos antes y durante un lustro, había sido su padre.

Una patética toalla de playa ocultaba otro bulto unos metros más  allá, tirada sobre el ardiente asfalto, teñida de un espeso tono rojizo. Sangre de su sangre también. El asunto iba de eso.

Mi padre, que era, es y será siempre así, se aseguró de todo, de  que la ambulancia venía de camino, de que la Guardia Civil estaba avisada, de que si tenían agua o vendas, o de que no había ni cielo ni infierno, y que si lo había, si el infierno  existía, en fin, allí estaba, plantado  en una vulgar, fea y horrorosa carretera de la costa de Bayona, provincia de Pontevedra.

Tras unos minutos mi padre arrancó y observé cómo aquella imagen de muerte se empequeñecía al alejarnos. El tiempo y la distancia la encogen siempre.

Hicimos el trayecto en silencio. Ni mi madre dijo una condenada palabra. Como si el coche, amargo y lúgubre de por sí, dejase de ser coche y se convirtiese en funeraria. En velatorio.

Cuando llegamos al camping aquella tarde, tras un extraño y fugaz día de playa, mi hermano se quedó con mi madre en la tienda y mi padre me cogió de la mano y me dijo: “Te voy a llevar al cine”. Un cine mohoso, cutre y de reestrenos de Bayona. “Esta película te va a encantar, ya verás”, me prometió.

Se llamaba 'Alien, el octavo pasajero'. Y yo sé, y aunque resulte chocante, que lo hizo con buena intención. Mi padre siempre fue torpe con  los niños, por eso le salieron raros. Por la culata. Y también supe entonces y para siempre, desde aquel día, que vivimos igual que soñamos… solos y que, en la inmensidad del espacio en el que flotamos, por mucho que lo intentes, por mucho que te lo propongas, nadie puede escuchar tus gritos.

Lo que nunca supe ni averigüé jamás, es qué demonios fue de aquel negativo.

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