La quincena que vivimos al límite
Salvando el abismo de talento existente entre el uno y el otro, las orejas vendadas de Trump y de Van Gogh encierran un cierto paralelismo, el color anaranjado de la piel que envuelven y la locura que ocultan.

Tendríamos que haber muerto, o eso creo yo. Pero la suerte cuenta. ¡Joder si cuenta! La entropía estaba de nuestra parte, y cuando regresamos vivos al hotel, más borrachos que un par de piojos embriagados desde el corazón del barrio de la Pastora de Caracas tras una demencial incursión nocturna de vodka y arepas, nadie daba crédito. “Llevo viviendo 30 años en esta ciudad y jamás me he atrevido a pisar ese barrio, y ustedes dos se van de fiesta y regresan de una pieza”, nos recrimina la jefa de prensa entre el asombro y la admiración. Marco se encoge de hombros y sonríe con esa mueca infantil que conserva aún de adulto antes de desplomarse sin sentido sobre el sofá de la recepción.
“Yo no sé morir”, respondo mientras tomo el ascensor que me llevaría a la azotea, a la piscina de aquel espectacular cinco estrellas que se alzaba insultante entre los ranchitos que proliferan como setas trepando por las laderas de los valles caraqueños. Finalmente lanzo la camiseta y el vaquero a un lado y me tiro de cabeza al agua ante la atónita y divertida mirada y los aplausos de Felipe Luis, jugador brasileño del Deportivo, que terminaría siendo figura internacional del balompié.
Marco trabajaba para la SER en aquellos tiempos, Carlos Alberto y yo para El Ideal Gallego y DXT Campeón. Enviados especiales para cubrir la gira del equipo de fútbol coruñés por tierras venezolanas. Todo un pastizal para el periódico en plenos albores de la tempestad económica que se avecinaba. En agosto de 2008 el barril de Brent alcanzó máximos históricos, 148 dólares. Todo giraba en torno a eso. Y cuando encendías la televisión en la habitación del hotel, o parabas en un bar, o entrabas en una sala de prensa y había una pantalla encendida, siempre estaba Hugo Chávez, omnipresente y omnisciente. Hablando y hablando y hablando y no paraba de hablar jamás, del petróleo y del imperialismo y de la revolución. Todo el condenado día. Había un “aló presidente”, pero jamás había un adiós.
En Puerto Ordaz, en pleno jolgorio en un pub, mientras la gente bachateaba animosa y agitaba sus caderas e hígados al son de la música y el alcohol, de pronto y sin previo aviso, todo se detuvo. La música cesó de golpe, y las luces nos cegaron arrancándonos de las tinieblas. Todo el mundo calló y el silencio lo rompió una melodía solemne y marcial. “¿Qué cojones pasa?, ¿qué mierda es esto?”, interrogué a un nativo sudoroso. “Es el himno de la República Bolivariana de Venezuela. Es obligatorio parar a medianoche cualquier actividad y escucharlo, donde estés. Si el dueño del bar no lo pone, pueden multarlo con miles de pesos”, me aclara.
Al día siguiente, mientras el equipo de fútbol entrenaba, robaron en todas las suits del Internacional de Guayana, donde nos hospedábamos. Móviles, ordenadores, cámaras de fotos, dinero y tarjetas de crédito. Los mismos tipos que el Deportivo había contratado como seguridad privada se habían encargado de ello ataviados con chalecos antibalas y Kalashnikovs. Lo bueno de criarse en Elviña es que uno no se fía ni de un rebaño de ovejas si no ve al pastor, así que yo fui el único que se salvó de la quema. Metí todo mi equipo fotográfico, pasaportes, teléfonos y el dinero que me había dado Begoña la de administración en una mochila enorme que había llevado para la ocasión y no dejé nada en la habitación. Aquel dinero, además, logré cambiarlo a uno siete en la Hermandad Gallega de Caracas cuando el cambio oficial estaba fijado a uno tres en los bancos del todavía emergente Escotet. Sin duda aquel superávit “en negro” supuso una alegría para el bolsillo y un enorme castigo para la salud.
Mientras bajaba en un taxi atravesando la selva de San Cristobal desde el aeropuerto de Táchira, que era lo más parecido a una pista de despegue de vacas, el chófer me lo advirtió: “en Venezuela muere más gente por la calle por tiroteos en un año, que en Irak en toda la guerra. En esos bosques están las FARC. Ahorita mismo nos están vigilando”.
Sé que unos días después corroboré los datos y eran ciertos. Y es que Venezuela, por aquellos tiempos, no era un país. Era una catástrofe, un cataclismo, un desequilibrio, un caos silencioso, una soga tensándose. Un baile incontrolado sobre un campo de minas. Aún recuerdo a Augusto César Lendoiro largándome una mirada inquisitiva en aquel aeródromo de patacón, con gesto de “ni se te ocurra hacer la foto”, con los brazos en cruz, molesto y humillado, cacheado por tres miembros del ejército bolivariano que buscaban ansiosos la mordida a base de incomodar al presidente del Deportivo.
Aquella tierra era un estado fallido. Y aún lo es. Como lo empieza a ser EEUU, que elige por mayoría a un presidente que es lo más parecido a un grotesco personaje de película distópica, que se autoproclama salvador y cacique de un castigado pueblo latino que parece condenado a una tortura eterna a tres bandas. Pero el futuro ya está aquí y nuestra distopía, nuestro “Blade Runner” nos ha alcanzado. A Harrison Ford le preguntaron una vez de qué iba esa película, y él respondió: “de cómo mantener una relación estable con tu tostadora”. Asunto que, a todas luces, debe de ser más sencillo que mantenerla con un cretino de color naranja.









