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César Antonio Molina “El problema es que no aprendemos de los males del pasado”

Molina lleva tiempo estudiando la tensión entre la cultura y el poder
Molina lleva tiempo estudiando la tensión entre la cultura y el poder
Patricia G. Fraga
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En ‘Insurgentes. Intelectuales contra el poder’ (editorial Erasmus), César Antonio Molina –A Coruña, 1952– retorna a uno de los asuntos que más le interesan y al que más tiempo ha dedicado: la relación entre la cultura y la política y el poder. A través de una treintena de personajes de relevancia histórica, comenzando por un clásico, Aristóteles, y acabando en el siglo XXI con el represaliado Navalni, Molina ofrece una visión pormenorizada y reveladora de cómo el conflicto entre ambas esferas, cultura y política, se ha perpetuado e incluso intensificado desde la antigua Grecia hasta la actualidad.

Insurgentes’ responde a un viejo interés suyo sobre la relación entre cultura y política o, mejor, entre poder y cultura, que ya abordó en otras ocasiones. ¿Por qué es un tema tan atractivo para usted?

Efectivamente, no es mi primer libro dedicado a este conflicto entre la política y el poder, una tensión que, por otra parte, viene desde Grecia e incluso antes. Creo que de alguna manera, para resumirlo, en la política, sobre todo en la profesional, desde siempre ha habido una tendencia al autoritarismo, mientras que en la cultura se ha mantenido una tendencia hacia la libertad del individuo. De este modo, entre quienes defienden esa libertad del individuo y la libertad de creación y de expresión, y la política, que incluso en las épocas clásicas y contemporáneas más democráticas siempre ha tendido hacia ese control del individuo, surgen los conflictos y los problemas, que muchas veces, hay que recordarlo, han acabado en violencia.

“Pensamos que después de la II Guerra Mundial y todas las décadas de libertad en Occidente no íbamos a vernos involucrados en una marcha atrás como la actual”

Lleva tiempo analizando esa tensión entre intelectuales y políticos y su evolución en términos históricos. Podría parecer que el paso del tiempo la reduciría, pero la sensación actual es que sigue pasando y probablemente intensificándose con el impacto de las redes sociales...

Sí, pero debo decir que esto no es una novedad. A lo largo de la Historia siempre ha habido épocas de marcha adelante, incluso a veces a demasiada velocidad, y también ha habido retrocesos, como los que estamos viviendo actualmente, en los que se vuelve a plantear el conflicto de una manera bastante grave, bastante peligrosa y bastante fuera de las leyes y de las normas que todos hemos acatado.

Habla de que estamos en una época de retroceso. A la vista de lo que está sucediendo a nivel geopolítico y lo que parece la configuración de un nuevo orden mundial, ¿es más pesimista que optimista con el futuro inmediato?

Bueno, en este momento soy pesimista, pero a diferencia de lo que él mismo cree, –es decir, que es inmortal y que todas las medidas ilegales que está aprobando y todas las locuras que está haciendo van a perdurar–, Trump es tan mortal como todos los demás y el tiempo pasa, vienen otras gentes con otras ideas y todo va cambiando, unas veces para bien, otras veces para mal. Ahora estamos en una época en la que el autoritarismo, la autocracia y la dictadura, tanto de derechas como de izquierdas, están en auge. Pero eso también sucedió en los años 30 del siglo pasado. El problema es que no aprendemos de los males del pasado y deberíamos pensar, y deberían pensar quienes ostentan el poder, en qué acabó aquel retroceso de hace casi un siglo y cuántos millones y millones de personas murieron por esas actitudes antidemocráticas e ilegítimas.

“Sin ella quererlo, la democracia ha ido rebajando las capacidades, los conocimientos y todo lo que el individuo debe aportar a la sociedad desde su propia individualidad”

El libro ofrece la posición de cada uno de los protagonistas, desde Aristóteles a Navalni, en relación con la política de su tiempo. ¿En Grecia empezó todo, también ese conflicto entre una esfera y la otra?

Ahí es donde empieza lo que es hoy en día Occidente. Es ahí donde podemos fijar el inicio de todo. Desde mi punto de vista, ¿cuál fue la ruptura que protagonizó Grecia con respecto a todo lo que había sucedido antes? Pues que inventó la democracia, la puso en práctica, pero ya vimos también que esa democracia duró poco. Y luego vino el poder militar sobre el poder civil que se había establecido, y vino el acallamiento de todos aquellos pensadores, filósofos y artistas que reclamaban una vuelta a esa legalidad y a ese régimen que estaba controlado por la mayoría, que evidentemente era una mayoría más de la aristocracia que de todos los estratos sociales, pero bueno, al fin y al cabo eran los inicios. Y eso mismo se ha ido repitiendo a lo largo de la Historia: los señores feudales en la Edad Media, las monarquías absolutistas, las dictaduras o la lucha entre las ideologías extremistas.

Pensamos que después de la Segunda Guerra Mundial y todas esas décadas maravillosas de libertad y de democracia que la siguieron, sobre todo en Occidente, no íbamos a vernos otra vez involucrados en una marcha atrás tremenda como la actual.

Habla del papel de la educación en este proceso y en el capítulo que le dedica a de George Steiner comenta que estamos en una época de “embrutecimiento educativo”. ¿En qué momento la sociedad devaluó la importancia de la educación para el progreso?

La democracia es una forma de gobierno y es la mejor forma posible de gobierno, pero eso no quiere decir que todo el mundo sea igual, que todo el mundo tenga las mismas capacidades, que todo el mundo pueda hacer las mismas cosas, sino que cada uno tiene unas capacidades distintas, mejores o peores, que las de los demás. Y, por lo tanto, la educación tiene que favorecer esas posibilidades que cada individuo tiene. Se pensó que si en la democracia hay unos más listos y otros menos, pues que estos últimos sean equiparados con los primeros, cuando eso es inviable. La democracia ha ido, sin ella quererlo, rebajando las capacidades, los conocimientos, todo lo que el individuo debe aportar a la sociedad desde su individualidad. Y entonces ha pasado, por ejemplo en nuestro país, que hoy en el bachillerato se puede pasar a otro curso suspendiendo cuatro asignaturas. Pasa en nuestro país y en otros muchos que el estudio, el esfuerzo, el saber, el conocimiento, no es que ya no sean valorados, sino que son casi castigados, son casi denunciados como si fuera algo ilegítimo o ilegal. Y eso nos está llevando a una situación complicada.

De los más de treinta autores que analiza en ‘Insurgentes’, ¿cuál es el más atractivo para usted o cuál es el que valora especialmente por su valentía, por su compromiso, por su visión de futuro o por su capacidad para entender el momento que le tocó vivir y para intentar transformarlo o de alguna manera progresar?

Todos los que están en el libro tienen su papel, su representatividad y su grandeza. Pero personas como Orwell tuvieron que tomar decisiones muy complicadas, decisiones que casi le costaron la vida. En su caso el momento clave fue darse cuenta de que lo que él estaba defendiendo, que era el totalitarismo marxista, leninista y estalinista, estaba contribuyendo a justificar semejante mundo de asesinos de la libertad. Entonces, en sus escritos trata de hacer ver a la gente que ese no es el camino, que eso no es la verdad, que el totalitarismo existe tanto en los países de izquierda o de extrema izquierda revolucionaria como en los de la derecha y en regímenes como los de Hitler, Mussolini o Franco, y que, por lo tanto, tenemos que buscar el lugar, el medio y las ideas que sean compatibles con la libertad del ser humano. No debió de ser fácil tomar esa decisión en aquellos tiempos en los que los estalinistas se dedicaban a matar a los trotskistas por todo Barcelona, como me contó Eugenio Granell, que uno de los que tenía que huir por los tejados para evitar que lo mataran.

Aunque a mí Orwell me interesa menos como escritor –prefiero mucho más, infinitamente más, a Kafka, Paul Valéry o, en nuestro caso, a María Zambrano–, pienso que su posición tan comprometida con este tema le da un valor realmente extraordinario.

“Aunque Orwell me interesa menos como escritor –prefiero a Kafka, Paul Valéry o María Zambrano–, su posición tan comprometida le da un valor extraordinario”

Entre la aspiración estética o el compromiso, por ejemplo, ¿cuál es el rol que debe predominar en la obra de un intelectual?

Yo creo que en este momento, cualquier persona, el espectador de un concierto o de una película, el lector de un libro, cualquier persona consciente debe darse cuenta de que está en peligro la libertad, que está en peligro la democracia, que está en peligro todo aquello por lo que luchamos en otros tiempos. Y que, como siempre les dije a mis alumnos en la universidad, yo había nacido en una dictadura en la cual viví parte de mi juventud. Ellos habían nacido en democracia, es decir, no eran esclavos ya de ningún poder político establecido violentamente, sino en una democracia, pero que si no luchaban por ella la perderían. Y hemos vivido esos años en democracia y hemos trabajado por ella, y esos jóvenes que no saben lo que es no tenerla o perderla deben pensar que hay que luchar de nuevo por la legalidad, por nuestra manera de ser y, sobre todo, por esa libertad que, como decía Don Quijote a Sancho, era el mayor valor que había en la vida. Don Quijote le pudo haber dicho a Sancho que el mayor valor es el amor, que el mayor valor es Dios o que el mayor valor es el oro. Sin embargo, lo que le dijo fue que el mayor valor que existe es la libertad, y hoy la libertad en Occidente está en peligro, muy en peligro y, por lo tanto, o se lucha por ella o volveremos a los totalitarismos, que hoy en día a lo mejor ya son menos políticos que tecnológicos. Porque ¿con quién se ha aliado Trump? Pues con todos los grandes dueños de las tecnológicas y, por lo tanto, está naciendo un nuevo totalitarismo que ya ha invadido nuestro ser individual y nuestra privacidad.

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