
Me eché a un lado y me detuve en el arcén porque la señora no dejaba de hacer aspavientos. Los intermitentes de su coche titilaban y se reflejaban sobre la fina capa de nieve que se ceñía al asfalto. Salí del coche y sentí el golpe del aire helado de Montesalgueiro colonizando mis pulmones. “¿Es un pinchazo?”, interrogué sin la corrección de un saludo. Asintió señalando el gato y la llave de tuercas que descansaban junto a una rueda totalmente rajada. Resoplé. Condenadas fiestas. Además de sacar fotos hay que ser buena persona. “Manos a la obra, señora, si no nos vamos a quedar congelados aquí y supongo que tendrá mejores cosas que hacer que ejercer de cubito de hielo”. Sonrió muy agradecida y me explicó que llevaba varias cajas de mantecados de Astorga a sus nietos para Nochebuena, que hacía meses que no los veía, y que ella sin embargo no podía tomar azúcar porque el médico le dijo que tenía muy alta la glucosa y que su hijo le había advertido que cuando llegas a cierta edad hay que cuidarse porque el cuerpo ya no responde como bla bla bla. Sin duda tenía ese envidiable don de hablar para no decir nada, que jamás provoca altercados y que no permite meter baza a los silencios incómodos. Unos setenta años, delgada y extravagante. Calzaba un abrigo fucsia chillón, unos llamativos pendientes anacrónicos y un sombrero que parecía salido de una película de los hermanos Coen. Hacía tanto frío por aquellos parajes que prendí un cigarro sin ganas, para tratar de ahuyentarlo con profundas caladas que hacían que el humo y el vaho al salir de mis labios, creasen una cortina de bruma que a veces me impedía ver. La señora era como el traqueteo de una metralleta, hablaba y hablaba y hablaba, supongo que con la única intención de pronunciar todas y cada una de las palabras del diccionario. Tuve que interrumpir porque no podía concentrarme ni para aflojar las tuercas de la rueda.
“Todo el mundo conoce a Drake. El corsario, ¿sabe? El que María Pita echó a patadas de Coruña. Pero muy poca gente ha oído hablar de Walter Raleigh. Era otro pirata inglés, famoso porque introdujo el tabaco en Europa”, y señalé el cigarro que sostenía entre los dedos. “El caso es que hasta los Beatles en el Álbum Blanco lo maldicen por eso. Por haberlos convertido en vulgares adictos a la nicotina. En fin. Pero lo que en realidad quiero contar es que un día, ese pirata con patente de corso, en una de sus visitas palaciegas le mostró a la Reina Elisabeth cómo calcular el peso del humo. Cogió una balanza y pesó un cigarrillo. A continuación, se lo fumó con gran placer y sin ninguna prisa ante la atenta mirada de la monarca. Después tomó toda la ceniza y la colilla resultantes y volvió a pesarlas. Finalmente le restó el peso de ambas cosas al peso del cigarrillo inicial. ¿Entiende?”, me giré hacia ella y sonreí captando sorpresa en su rostro, “la diferencia entre ambas cifras, es el peso del humo”.
La señora se intuía aturdida, me contemplaba desconcertada pero satisfecha, con una media sonrisa bobalicona bajo aquel sombrero que parecía una mofeta muerta, tratando de averiguar qué responder o cómo reaccionar, y justo en el instante en el que por fin parecía haber hallado la solución, zanjé: “¡listo!, ya podemos irnos”. Me sacudí las manos y llevé las herramientas y la rueda al maletero para situarlas otra vez en su sitio. Tras apartar varias cajas de mantecados de Astorga con intención de encajar el neumático inservible y las herramientas, observé en una esquina del habitáculo un trapo mugriento empapado en lo que parecía sangre. Busqué con mis ojos los ojos de la señora que ahora, muy quieta y muy callada, me contemplaba impasible, con la curiosidad de un lobo en su mirada. Levanté ligeramente el paño y observé con toda claridad los dedos sanguinolientos de lo que parecía la mano seccionada de un hombre. Traté de no alterarme y regresé de nuevo la mirada a la mujer, cuyas pupilas resplandecían expectantes. Cerré el maletero con un suave golpe.
“Señora, que pase usted una fantástica Navidad con su familia. Deles recuerdos de un humilde fotógrafo de prensa”, y lancé la colilla al suelo para después pisarla con calma.
“Tú también, filliño. Eres muy buena persona. Gracias por todo, ¿quieres llevarte una caja?”.
Detuve su ademán de abrir de nuevo el maletero. “No, gracias. Con echarle una mano ya me siento más que satisfecho”.
Y así cada uno se fue por su lado hasta desaparecer entre la bruma invernal. Ya han pasado más de diez años y jamás le he contado esta historia a nadie, este macabro secreto, aunque siempre he pensado que una maravillosa historia de navidad.
¡Pero, qué demonios!, ¿qué es un periodista si no puede compartir un pequeño secreto con sus lectores?























