
Era bruma tóxica, niebla de guerra. Un pandemónium cubierto por una irrespirable y perenne nube de tabaco. Sonaban seis o siete teléfonos a la vez y las conversaciones se entrecruzaban como flechas sobrevolando los escritorios. Atiborrados, desordenados y esquizofrénicos, sobrecargados de notas, libros, apuntes y botellas vacías. Gritos, carcajadas, peleas y bramidos se abrían paso como una estampida de búfalos. Todo al compás de las teclas crujiendo bajo dedos agitados, rabiosos y politoxicómanos. Las colillas rebosando en la fosa común de los ceniceros atosigados, las petacas asomando descaradas en los cajones y las luces insanas, mortecinas, parpadeantes sobre todas aquellas almas tan justamente condenadas.
Así era una redacción hace veinte años. El silencio era un mito, una leyenda, una habladuría. Nadie lo había visto y aún menos escuchado. Nadie lo exigía. Si querías que te oyesen, gritabas más que el de al lado. Y si te molestaba alguien, le tirabas algo a la cabeza. Una redacción no era una oficina. Era una batalla, un descontrol, todo un puto panorama. Tan digno de ver, de sentir, y de contemplar como los pozos de petróleo ardiendo hacia los cielos de Kuwait.
“La formación tortuga es típica de las legiones romanas y de los fotógrafos. Apelotonados no dejan espacios libres. Están locos estos romanos”
Los fotógrafos éramos los peores, por supuesto. Fumábamos, bebíamos y nos peleábamos más que el resto. Así que nos metían escaleras arriba, lejos de los plumillas, enjaulados junto al laboratorio de revelado, a escasos metros del chocante, sosegado y plácido archivo. Allí nos amenazábamos, nos reprochábamos y nos peleábamos empleando a veces exóticas artes marciales. A menudo, intoxicados por los efluvios y la humareda, descendíamos a la redacción a meter cizaña al personal, a buscar gresca, cosa que por supuesto, agradecían con inusitado entusiasmo y muestras de agradecimiento.
Una redacción era un reflejo del caos de lo cotidiano, una ampliación del campo de batalla de los acontecimientos diarios, el retrato hiperbólico de la actualidad. No un espacio aséptico y sosegado, donde los teclados de los ordenadores resuenan en un monótono, áspero y sutil repiqueteo, similar al molesto tintineo de una gotera. Hoy en día, en las redacciones, no hay ni una pizca de suciedad, las sillas están ordenadas y el silencio lo cubre todo con la frialdad de una capa de escarcha. Mi teoría es que la prensa entró en crisis cuando las redacciones se civilizaron. Los chillidos, los intercambios dialécticos que resonaban como andanadas de locuacidad y vehemencia en aquellas interminables vorágines laborales, despertaban la imaginación, las ideas, y así surgían los buenos temas, afilaban la crítica y aliñaban la autocrítica. Para bien o para mal, el periodismo no necesita ciudadanos, exige fieras.
Y afortunadamente todavía quedan aldeas galas. El fotoperiodismo, al librar sus batallas en la calle, todavía conserva ese salvajismo incómodo, impertinente y altivo. A día de hoy, me llena de orgullo observar que molestamos. Que casi nunca somos bienvenidos. Se me afila el colmillo al contemplar como los gabinetes de prensa o los encargados de protocolo, en cualquier acto, atados, obligados y encorsetados por escaletas, se desesperan persiguiéndonos muy alterados al percatarse que son incapaces de controlarnos. Que nos subimos a las sillas, a las mesas, que gritamos, que no respetamos los espacios y que en general, nos importa tres cojones la zona acotada en la que supuestamente tenemos que estar. Somos como un enjambre de langostas, cuyo único objetivo es hacer la mejor foto, y para ello estamos dispuestos a insultarnos, empujarnos, darnos codazos y aportar un poco de hermoso y memorable caos a lo que absurdamente pretende ser perfecto. Porque una fotografía sí puede ser perfecta, pero no un aburrido acto institucional, o una visita inaugural a un tren o un pretencioso tour por una galería de arte.
La jugada más bella, siempre es la que surge del desorden, del desconcierto y de la confusión. Es lograr con un simple gesto, con un elegante movimiento, que todas las piezas encajen, se acoplen y que la entropía se ajuste en un encuadre perfecto, exacto y único. Áureo.
La fotografía es lo único imperecedero que va a quedar de lo efímero de cualquier acto o suceso. Y nosotros, los fotoperiodistas, seremos los únicos que lo decidiremos. No lo haremos como otros quieren o pretenden. Lo haremos como Sinatra. A nuestra manera.
Por eso todavía estorbamos, porque podemos decidir. Y no buscamos imágenes esterilizadas, promocionales, blancas y falsas. Imágenes a medida, a gusto del consumidor.
“Todavía les molestamos”, me comentó un compañero el otro día mientras lucía en el rostro una sonrisa arrogante. “No quieren que hagamos fotos, quieren que les hagamos un catálogo de moda”
Ese molesto enjambre de fotógrafos. Ese pelotón de fusilamiento. Inadecuadamente vestidos, parlanchines, díscolos y gritones. Malhablados. Que se tiran por el suelo y sudan y ríen como hienas.
A continuación, se me acercó una chica de la organización muy pizpireta y me dijo que no podía moverme de allí, que la autoridad de turno iba a pasar por ese lugar y había que dejar ese espacio vacío.
Un espacio vacío me confiesa. Contuve la risotada, asentí con la cabeza y le respondí: “Por supuesto. Sólo le estás ofreciendo una mosca a la araña”





















