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La Galería

Fallar el tiro

Un lanzamiento decisivo a canasta ha de hacerlo la persona precisa, ha de ser en el momento preciso y desde el lugar preciso. La vida no es una cancha. Nunca da opción a hacerse con un rebote

Los balones sólo flotan en las buenas fotografías
Los balones sólo flotan en las buenas fotografías
Quintana
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liceo620

El muchacho juraba estar profundamente enamorado de ella, pero probablemente sólo padecía de hemorroides.

Porque en su sufrimiento, en ese perro rabioso y negro que te dentellea sin compasión las entrañas, había algo aséptico, demasiado civilizado, una elogiable y absoluta carencia de ira y de frustración. Aun así, presté atención mientras simulaba leer el periódico, el cual, por cierto, resultaba más aburrido si cabe que nunca. Sólo versaba sobre fiscales, tiranos muertos y Españas rotas. Y un corazón roto siempre resulta mucho más interesante que un país roto. Y sobre todo si el país es una birria.

Oculto tras mis gafas de sol justificadas por mi habitual fotofobia invernal, escudriño disimuladamente todas las pistas que evidencien el estatus de la parejita en cuestión. Todo eso lo hago muy embobado, sujetando la mochila de la cámara entre las piernas mientras el calor en mi café, y de manera catastrófica, se disipa por momentos.

Escuchar conversaciones ajenas en silencio. Mi deporte favorito y la mejor manera de arruinar un desayuno. Sin embargo, practicar el asunto, a veces permite aprender bastantes más cosas del género humano que leyendo los apuntes de la facultad. Y fue precisamente la presencia de dichos apuntes sobre la mesa contigua la que me permitió deducir la obvia condición de universitarios de ambos jóvenes. Llegados a este punto, el narrador comienza a difuminarse y los chicos adquieren la condición de protagonistas de la historia. “Estoy loco por ti, Diana. No puedo seguir más, no puedo dormir, no puedo comer, no puedo vivir así”, dice el fulano que al menos decirlo puede.

Ella, al primer disparo parece, mona. Sobria vistiendo. Coqueta en ademanes, pero sostieniendo un mortecino gesto de póker, un muro de Berlín en su rostro. El chico, mucho más inconsistente, se derrumba por momentos ante sus ojos glaucos y fríos como un febrero Siberiano.

“Tengo novio, Toni, ya lo sabes”, por fin contesta. Y zanja también, porque el tipo, al escucharlo, cabecea y se precipita como el azúcar de mi café al fondo, y emulando a una especie de taladro comienza a agitarse sin control tratando de zafarse del llanto. No lo logra en absoluto.

Una mala elección de tiro. Es evidente que el tipo optó por lanzar un triple en el peor momento del partido. Y si dudas al tirar, ya has fallado. Y el muchacho parece un flan mal cocinado.

Tengo que irme a hacer una foto al ayuntamiento y se me echa el tiempo encima, pero necesito un final, claro, y entonces comienzo a jugar con la cucharilla revolviendo con lamentable disimulo la infusión que ya, a estas alturas, se marea por momentos.

Se marea igual que el chaval, que parece perder pie y que está rojo como un alemán en una playa de Benidorm. No se levanta, ni se larga, ni se inmuta en su despecho. Simplemente llora.

Debe de ser fantástico dejarse llevar así, de esa manera, alguna vez en la vida. Dejarse arrastrar por la corriente y no mostrar ni un mínimo de oposición. Como el soldado que se deja matar sin levantar el fusil.

“¡Qué reconfortante!, medito, “¡ojalá yo tuviese ese temple!. Sin duda aumentaría bastante mi esperanza de vida”. A continuación contemplo en mi móvil la enfermiza acumulación de mensajes de texto del grupo de trabajo y concluyo: “o no”.

La señorita, un tanto teatral, le pide perdón. Le dice que es un chico fantástico, que es un amigo maravilloso, y que blablablabla. En realidad Diana es lo más parecido que hay a un Nexus 6 de Blade Runner en cuatro manzanas a la redonda.

El chico, que a estas alturas casi logra conmoverme, se revuelve tratando de mostrarse digno y opta por levantarse al baño. Supongo que a enjugarse las lágrimas.

Aprovecho el momento en el que ella se queda sola, le pego un lingotazo al café (intragable ya), cierro el periódico para llamar su atención y clavo mi mirada, oculta tras las lentes opacas, en la suya, y finalmente arqueo mis cejas con condescendencia.

Ella sonríe como un ángel o un demonio, no estoy seguro.

Entonces yo cuelgo otra sonrisa en mi rostro, mucho más cínica que la suya, mil veces, un millón de veces más, agarro la cámara , me levanto y me acerco a pagar a la barra.

“Cóbrame un café, tres churros y la infusión del chico de aquella mesa”.

La camarera un tanto sorprendida pregunta: “¿y el refresco de ella?”.

Niego con la cabeza y pongo punto y final al asunto: “No, el refresco que se lo pague su novio”

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