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La Galería

El ojo público | Coruña invisible

El fotógrafo necesita la luz para trabajar, y la oscuridad para entender. O todo lo contrario

Las sombras de la noche buscan al fotógrafo
Las sombras de la noche buscan al fotógrafo
Quintana
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Por las noches sólo quedan los restos del naufragio de un día menos, las ruinas de lo que ha pasado.

Es el mejor momento para hacerse uno matar, para caminar frágil y vulnerable entre las mejores sombras del día que son siempre aquellas que se proyectan en mil direcciones. Embadurnadas de mil colores distintos, de mil historias pasadas.

Cuando Dios creó la oscuridad la hizo para mí.

Para compensarme por todo lo ocurrido. Para que tuviese un momento entre todos los momentos para sentirme bien.

Por las noches apostamos todo sin pudor, nuestros complejos se cubren por el manto opaco y siniestro de la oscuridad, el frío siempre es más frío al claudicar el sol, más confortable, cualquier movimiento es una amenaza, cualquier compañía es bienvenida aunque acabes con el filo de una navaja atravesado en tus tripas.

La ciudad parece inocente, se desprende de todos sus pecados y lo único que hace es convertirse en una guarida de muertos vivientes que aguardan entre el hormigón la llegada del mañana y en un laberinto para los que se han perdido para siempre.

Donde se tejen las historias, donde las leyes se atenúan, donde cualquiera que recorra las calles a esas horas no tiene ni puta idea de hacia dónde ir.

La madrugada no entiende de piedad. Te mastica, te engulle y te reclama. La bohemia está hecha para los locos, para los desesperados, para los borrachos, los fotógrafos, las putas y los desterrados del mismo infierno.

A esas horas campan a sus anchas los únicos seres que merecen heredar la Tierra.

Y no estoy hablando de esas noches colectivas, de esas invasiones bárbaras de fin de semana, tan feas y tumultuosas. Tan frívolas, tan asquerosamente idiotas.

Solamente digo que hay calles que son como el corredor de la muerte, callejones tan solitarios y huecos como el corazón de un suicida, plazas tan desoladas, tan crueles y habitadas únicamente por farolas titilantes y arruinadas por el paso del tiempo que parecen cementerios olvidados.

Si quieres sentir algo, si quieres saber quien eres, has de recorrer esos espacios, esos páramos de ladrillo para ver tu reflejo en ellos como si te contemplases ante un espejo roto. Con los pies encharcados por la lluvia interminable, con el alma encogida como cartón húmedo.

Nadie sabe nada si no ha vagado sin rumbo en una noche tan densa como la niebla de los recuerdos. Como un perro acorralado.

Si quieres aprender, has de saber que al caer la noche se libra una guerra. Entre los que sueñan y los soñadores, esos que se rinden a la vida y sin embargo no renuncian a sus sueños. Impertinentes, impenitentes y locuaces en sus silencios, absurdos en sus palabras.

Es la batalla final entre los que duermen y los que no encuentran el momento para hacerlo.

Cuando se vacían las aceras, sobre la ciudad se precipita otra ciudad distinta que la sustituye y que no es más que una gran farsante de ojos negros.

Si recorres la avenidas sin pizca de ilusión, sin un atisbo de luz, sin una brizna de aliento en tus pulmones, si haces que tus pies se dejan llevar arrastrados por las corrientes del azar, entonces, tarde o temprano hallarás tus propias huellas, las que dejaste ahí alguna vez cuando algo o alguien significaba algo, mucho o nada para ti.

Darás con lo que fuiste, con lo que eres y con lo que podrías haber llegado a ser.

Tal vez esos vestigios de ti mismo, frente a tus ojos, aparezcan crudos y descarnados, y quizás te arranquen una sonrisa o te partan el corazón.

Decía el poeta que una ciudad es un mundo cuando amas a alguien.

El poeta decía muchas cosas al calor de la chimenea, con su pipa, su botella de whisky del bueno y con su cuenta corriente repleta.

Lo suyo son rumores. Baja con una cámara al cuello y mézclate en el torrente de la noche. En sus peligrosos meandros.

Sólo los desesperados, los extraviados, los condenados, los chiflados, los que sueñan desterrados del sueño saben lo que es una ciudad realmente.

Un populoso manicomio donde todo el mundo busca a alguien y nadie encuentra nunca a nadie. Que está pidiendo a gritos ser devorado por las llamas.

El único poeta urbano que el mundo ha contemplado, sin lugar a dudas, es Nerón.

Afortunadamente tocaba fatal la lira pero sabía de sobra como encender una cerilla.

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