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El vértigo que produce vivir al borde del abismo cuando ya se tienen ochenta años

reportaje abel peña | 10 de agosto de 2013

fernando piñeiro acompaña a su suegro, manuel martínez, hasta el borde de las obras	pedro puig
fernando piñeiro acompaña a su suegro, manuel martínez, hasta el borde de las obras pedro puig

Cada mañana a las ocho, Manuel Martínez Ramallo se despierta sobresaltado con el ruido de la maquinaria: “Ya ni vuelvo a la cama ¿Para qué? Me levanto y empiezo el día”.

Cada mañana a las ocho, Manuel Martínez Ramallo se despierta sobresaltado con el ruido de la maquinaria: “Ya ni vuelvo a la cama ¿Para qué? Me levanto y empiezo el día”. Si se asoma por la ventana, sabe que verá cómo las máquinas que se dedican a nivelar el terreno para construir las viviendas del Parque Ofimático se mueven de un lado a otro, quitando tierra y piedras. Las palas excavadoras han ido llevándose la tierra bajo sus pies hasta dejar su casa, que antes estaba en medio de un prado verde, al borde de un talud, un precipicio casi vertical de diez metros de alto.
“Avanzan muy lentamente”, explica Manuel, observando el panorama tras los cristales oscuros de sus gafas. Los cimientos de su casa se aferran con fuerza al terreno, igual que lo hicieron durante la fase de voladuras, cuando la tierra temblaba. Sabe que los pilotes son fuertes, porque los puso él mismo, hace mucho tiempo, cuando trabajaba en Leyma y aprovechaba los descansos para acudir con su mujer a levantar su vivienda con sus propias manos. “Ella me hacía la comida y vivíamos en una chabola de madera mientras tanto”, recuerda el octogenario.
Por eso, cuando le ofrecieron la posibilidad de venderla, se negó. Hace más de un año, el cartero le entregó un papel. Manuel no sabe leer, porque nunca pudo aprender. Cuando era niño, sus tíos le pusieron a cuidar las vacas y nunca lo dejó, así que fue a buscar a su yerno para que se la leyera. Decía que tenía que abandonar su casa porque había sido expropiado. Desde entonces, tiene miedo del correo. “Aquí el cartero llega a las dos y cuando me entrega una carta, yo no puedo comer hasta que me la lee alguien”, asegura. También acude a esa hora cada viernes, a las protestas de Stop Desahucios, que lo apoyan.

promotor, no expropiado
Para el Ayuntamiento, Manuel no es un expropiado: es un promotor, puesto que se le concedieron a cambio unos terrenos dentro del Parque Ofimático. Algunos acusan a los que vecinos de Elviña que permanecen en sus casas, alrededor de diez personas, de haber querido especular. “Especulación ninguna –defiende Fernando Piñeiro, su yerno– consistió en comprar los terrenos sin casa, porque con casa era más caro”. Afirma que nunca se negaron a marcharse, solo pidieron otra vivienda a cambio. “En un piso no me gustaría vivir –confiesa Manuel– porque llevo toda mi vida aquí. Lo que querría es que nos construyeran otra cerca, o que me den lo que vale la mía”.
Pero de lo que dijeron a lo que hicieron hay un trecho muy largo. De zona de oficinas, el Parque Ofimático pasó a ser un nuevo barrio de viviendas, un pelotazo urbanístico que se vino abajo con la crisis. “Es irrealizable”, asegura Piñeiro, mirando el enorme boquete que debe sostener un día los bloques de pisos. Los promotores aseguran que no consiguen financiación para pagar siquiera todos los costes de urbanización, mientras que las cooperativas exigen que se lleven a cabo como sea, aunque algunos de sus miembros preferirían retirarse del proyecto al haber perdido sus medios de subsistencia tras la crisis económica. Al margen de esto, el Ayuntamiento insiste en que los expropiados deben marcharse.
Vivir bajo la amenaza de perder su casa es algo que Manuel conoce: “Ya cuando teníamos una cocina de carbón y dijo Fernando de cambiarla por otra de butano mi mujer se negaba. ‘¿Para qué, si nos viene Mesoiro encima?’, decía”. Por aquel entonces, el terreno escondía la ciudad y aquel trozo de Elviña parecía una aldea, había conejos, águilas, zorros, incluso una comadreja que les comía las gallinas. Al final, no fue Mesoiro, sino el Parque Ofimático, lo que amenaza con caerles encima, a él y  su hijo de 42 años, enfermo y en paro: “Y no tenemos ahora adónde ir”.

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