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Somos los conguitos

Rafael Torres |

Rafael Torres | 30 de junio de 2020

Con quienes más se ensaña el racismo es con los pobres. Casi podría decirse que es con los únicos que se ensaña. Los ricos siempre maldisimularon su idea de que los pobres eran algo así como una raza inferior, pero ahora resulta que los racistas son los Conguitos.
En EEUU los pobres son los negros, y en Europa, éstos, los gitanos, los árabes y los magrebíes, bien que a condición de que se ocupen de los peores y más embrutecedores trabajos o que no encuentren ninguno, de que habiten en suburbios y de que fracasen en la escuela y en todo. Si tienen perras, ya no son gitanos, ni negros, ni árabes, ni magrebíes, y ya no hay racismo, ni los matones uniformados les estrangulan a la mínima con la rodilla en la garganta. Los Conguitos, pese a ser “riquísimos” (de “cómer”), son pobres, uno nunca ha visto a un rico comerse un conguito ni creo que se lo coman en secreto, así es que de pintar algo en el infierno del racismo, los Conguitos encarnarían el papel de víctimas.

La irracionalidad, la ignorancia, o el pensamiento vago, generan monstruos, percepciones locas. Así, el rey Baltasar de nuestra infancia, que necesariamente tiene que ser un concejal con la cara embetunada porque tal es la verdadera naturaleza del mágico personaje, deviene en racismo de la peor calaña, y el negrito del África tropical que cultivando cantaba la canción del Cola Cao, relato de “las múltiples cualidades de este producto sin par”, en la más nauseabunda expresión del mismo. Ahora le toca el turno a los Conguitos, esos cacahuetes bañados de chocolate, y menos mal que las iras de la actual idiotez las comparte, tocando a menos, con las estatuas de Colón, Fray Junípero Serra y demás criaturas de bronce esmaltadas por las deyecciones de las palomas.

De chico, seguramente por andar jugando a la intemperie del sol y el aire, uno tenía la tez del conguito, y seguramente también el alma, dulce, igual que mis amigos. Éramos los conguitos, y aún, los que sobrevivimos, somos los conguitos, aunque ya algo desvaídos. De otra parte, el apelativo más tierno y admirativo que recibíamos era el de “gitanillos”, también por lo dulces y renegridos, de modo que no nos vengan con esas vainas, que no yerren el tiro que se merece el racismo criminalizando a los Conguitos.

Las víctimas del racismo son los pobres, a los que quienes de todo tienen adjudican una condición casi sub-humana, inferior. Ni el rey Baltasar, ni el negrito del África tropical, ni la estatua de Colón, ni la de Fray Junípero, ni los Conguitos, pintan nada en ese capítulo del racismo de la historia universal de la infamia.

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