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Reportaje | El Reino de Galicia, el lugar en el que el ejército francés no encontró la paz

J.M. Fernández Caamaño | 13 de enero de 2019

“Fernando VII en un campamento”, de Francisco de Goya
“Fernando VII en un campamento”, de Francisco de Goya

Las huestes francesas de Napoleón Bonaparte eran más de 60.000 cuando invadieron las tierras del noroeste peninsular, pero a su marcha, forzada por tropas guerrilleras en las que el clero era protagonista, el número había descendido por debajo de los 25.000 soldados, poniendo en duda su aura de invencibilidad

Este mes se cumplen 210 años de la intervención de Galicia en la guerra peninsular contra el poderoso ejército de Napoleón, cuando a comienzos de aquel frío mes de enero de 1809 más de 60.000 soldados de las Águilas Imperiales invadieron el Reino de Galicia. 

En solo 20 días se apoderan de sus ciudades, villas y pueblos, cometiendo expolios, vejaciones y asesinatos, en definitiva, se comportaban como auténticos vándalos. Fue suficiente para que el pueblo alzase su voz y le hiciesen frente para derrotarles. Los odios y las venganzas serán mutuas, pero el ardor campesino empujó al ejército francés a la derrota y a dejar Galicia rápidamente. Cuando los franceses abandonaron esta tierra, se fueron con poco más de 22.000 soldados. Los campos serán testigos de  muertos, heridos, prisioneros y desaparecidos.

La derrota del invencible Ejército francés supuso un duro revés para el prestigio de Napoleón y sus generales más destacados. El pueblo gallego había enseñado al mundo, pese a la escasez de medios, que con astucia y valor se podía derrotar a un gran ejército de ocupación. Los invasores penetraban victoriosos en Galicia a inicios de año y salían corriendo a finales de junio, las partidas guerrilleras habían dado a Napoleón su merecido.

Absolutistas y liberales dejaron por un tiempo apeadas sus diferencias políticas y lucharon en el mismo bando para lograr el regreso del monarca Fernando VII y expulsar del trono al rey, José Bonaparte. En el ánimo popular pesaba la ausencia del legítimo rey, no quedaba otra solución que empuñar las armas y enfrentarse al invasor, de la mano de los mandos del ejército sabrían llevar esta situación los curas, frailes y arcedianos, que, en su conjunto, influirán de forma decisiva en levantar el ánimo de sus feligreses y enervarán su espíritu de combate. Así se enarbola la bandera de la libertad: el clero radical absolutista y los políticos de tendencia liberal no se distinguirán en sus decisiones a tomar. Se mostraban contrarios en sus ideas y eran partidarios de sacar a los franceses de España, aunque fuese a patadas. 

Esto dará lugar al nacimiento de las partidas que pelearán a lo largo y ancho de Galicia contra el invasor, lo que propició la aparición de numerosos líderes religiosos, civiles y militares, que tomaron la decisión de levantar al pueblo y guiarlo. Quienes más facilidad tuvieron para apoyar la causa fueron los párrocos de las diferentes feligresías, por su  habilidad a la hora de movilizar a las masas. Aquellos franceses confiados y victoriosos que invadieron Galicia no contaban con el ardor y valentía que demostraron en la lucha las partidas guerrilleras ante un ejército tan numeroso y bien armado, mientras que el español brillaba por su ausencia por las derrotas ante las tropas de Napoleón. Los ingleses que vinieron a echar a los franceses se habían marchado y Galicia estaba sola ante la adversidad, pero el coraje, el honor y el deber, hicieron levantar al pueblo gallego a una sola voz  “Victoria o Muerte”.

La invasión francesa era una excusa de Napoleón para pasar a Portugal con sus tropas y quedarse en España e imponer su voluntad a la monarquía de Carlos IV, quién renunció al trono, lo mismo que su hijo Fernando VII, cuando aquellas fuerzas francesas penetran en suelo español. La familia real fue rehén de las exigencias del propio emperador, el cual nombró a su hermano José Bonaparte como el futuro rey, lo que soliviantó los ánimos del clero y de la hidalguía, así como de los militares, tanto en activo como de aquellos retirados, al temer perder sus antiguos privilegios ante el nuevo orden. Los párrocos serán los principales y los militares actores de primera línea que harán el alzamiento contra la presencia francesa.

Galicia estaba muy abandonada por la Corte, su ejército era escaso y las comunicaciones con Madrid apenas existían. Después de lo acontecido en la capital, el 2 de mayo de 1808, ante la amenaza de una invasión extranjera, se constituye una Junta Superior de Defensa que hará las veces de gobierno central para encauzar los problemas. La Junta se instala en A Coruña y acuden los representantes de las siete provincias de Galicia. El problema es que en la hacienda pública no había un solo real de vellón que permitiera armar a un ejército que pudiese hacer frente a las poderosas huestes de Napoleón. 

Los pueblos se arruinarían ante la exigencia de estos nuevos amos y el reparto de contribuciones de guerra serán la única salida para poder hacer acopio de armas, municiones, pólvora y vituallas, que en su mayor parte serán abastecidas por los ingleses. También se contará con los donativos populares que van desde dinero en efectivo, hasta mulos, caballos, grano, ropas, trabajos a efectuar, etc. De todos modos el cobro de esta contribución generó serios problemas y no fue lo suficientemente eficaz.

Conviene destacar que para cubrir estos enormes gastos que demandaba la presencia de un ejército era necesario un gran esfuerzo y las rentas que generaba Galicia al erario público apenas sumaban 34 millones de reales de vellón. Mantener una unidad en armas suponía un gasto mensual de unos ocho millones. Muchas instituciones se negaban al pago o exigían su exención, como era el caso del prelado compostelano Murquíz, el cual era reacio al abono de un millón de reales de dicha contribución de guerra.

El clero rural
Será el clero rural de Galicia, junto con algunos frailes, los que den el impulso necesario para levantar a los feligreses. Sus sermones y su ejemplo en algunos casos de  coger las armas, junto con una elemental preparación militar enseñada por algunos soldados implicados, harán el resto. Lanzándose en búsqueda del enemigo en los caminos, las partidas levantadas harán el resto y poco a poco se suman más adeptos a la causa. Cuantas más atrocidades cometían los franceses, más oposición hallaban en el camino. Los campesinos mal preparados y peor armados frenarán al ejercito que se creía más poderoso en esos momentos.

Las tropas de Napoleón llegaban con la aureola de invencibles, pero eso no fue un obstáculo para que los campesinos gallegos terminasen uniéndose en partidas guerrilleras y hacer frente a un indeseable enemigo en su propia tierra. Esto los marcará a la hora de entablar combate en un terreno que no era el suyo. Un ejército regular, que solo estaba preparado para batallar en campo abierto, no podía sobrevivir a la lucha que los gallegos le sometían a diario sin dar un paso, funcionando las alarmas y las partidas sin dar tregua. Luego desaparecían y volvían en otro punto a atacar. 

La continua pérdida de efectivos hizo menguar en seis meses el ejército que mandaba Soult desde Francia: de más de 60.000 hombres, cuando invade Galicia, al salir de este reino, se quedaba con un cuerpo de 22.000 soldados, sirviendo al mando de Ney. Las fuerzas enviadas a la campaña de Portugal habían sido 25.000. En la ocupación del Reino de Galicia, no conocerán un solo día los franceses lo que era la paz en estos apacibles lugares.

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