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Adaptarse a los cambios sociales como clave de supervivencia

sonia dapena a coruña | 03 de julio de 2019

La actividad en los almacenes de Torres y Sáez  es frenética | pedro puig
La actividad en los almacenes de Torres y Sáez es frenética | pedro puig

El grupo Torres y Saéz, una gran distribuidora de hierros y acero que nació en los Cantones, cumple 125 años abierta al público. En las oficinas centrales de Pocomaco guardan algunos tesoros históricos de un paso del tiempo que les impulsó a centrarse

Es la primera empresa que se instaló en el polígono de Pocomaco y una de las fundadoras del parque industrial de A Grela, pero a Torres y Sáez esos récords se le quedan pequeños. La compañía cumple 125 años gracias, dice su presidente Enrique Sáez aludiendo a la figura de Darwin, “a saber adaptarse”.

No ha sido tarea fácil para este grupo de curiosa evolución dado que vivió las grandes crisis del 29 y de 2008, de la que aún quedan algunos rescoldos por apagar, pero el representante también reconoce que canales como la venta online no ejercen una competencia tan brutal en una distribuidora de hierro y acero y ferretería de carácter industrial como con otros sectores.

“Llegar al 125 aniversario ha sido complicado y hemos ido centrándonos; hace 25 años hicimos la reflexión de abandonar algunas líneas como la ferretería tradicional, porque estos negocios tienden a desaparecer, y en el bricolaje pensamos que no tendríamos tiempo para desarrollarnos tanto como para competir con las grandes empresas que iban a venir”, cuenta.

También se quedó por el camino la línea de menaje y cocina, aquella que ocupó un gran local en Linares Rivas, donde también estuvo una ferretería en la que hasta las estufas o los electrodomésticos tenían hueco, para ser hoy un mayorista industrial que tiene “más de 10.000 clientes en Galicia” y sedes en Vigo, Lugo e, incluso, Barcelona junto a la Fira.

Sáez, que recuerda que la empresa no fue de origen familiar pero se fue convirtiendo en este tipo de negocio hasta ahora tenerla profesionalizada (y con los allegados entre el accionariado), hace memoria y explica que como los polígonos no existían cuando levantaron la persiana lo hicieron en el edificio que hoy ocupa la Fundación Barrié.

No era un mal lugar, pero tiempo después se trasladaron a Linares Rivas con gran parte de los bártulos. Los hierros se vendían, curiosamente, en un almacén situado en Federico Tapia, del que todavía guardan imágenes. Aquel inmueble tenía un montacargas para distribuir la mercancía que se localizaba en los distintos pisos, en los que había arados o mallas metálicas para cerrar fincas porque en el pasado estuvieron muy presentes en el rural.

En las oficinas centrales de Pocomaco se conservan balances de cuentas de aquellas épocas, máquinas de escribir, ordenadores primigenios para comprobar el crédito de los clientes o un catálogo de venta confeccionado con paciencia a mano por un comercial en 1922.

De la estructura del grupo, Sáez subraya que un punto positivo fue que nunca tuvo un solo socio. Eso permitió trabajar por el “consenso” y “priorizar tener capitalizada la empresa” para seguir teniendo fuerza en el mercado.

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