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Los cuatro casamientos que marcaron la vida de Mayor Fernández Pita

j.m. fernández caamaño | 28 de junio de 2020

Arribada de la flota inglesa a la ciudad en el año 1589
Arribada de la flota inglesa a la ciudad en el año 1589
Esta coruñesa se casó en primeras nupcias en 1581 con un labrador de San Cristóbal das Viñas, luego 
con un carnicero que falleció en los primeros días del cerco inglés a la ciudad,  a continuación con un contramaestre de navío de origen andaluz y por cuarta, y última, vez con un escudero de la Real Audiencia 

Mayor Fernández Pita se casó en primeras nupcias en 1581 con el labrador de San Cristóbal das Viñas Juan Alonso de Rois y Galbán. Más tarde este se dedicó al oficio de carnicero en A Coruña, según el trato acordado por María Pita, la “vieja” y mujer de Simón Arnau, ausente desde hacía más de siete años.

Juan de Rois era hijo de Bartolomé Xoga y de Teresa Alfonso. Como dote al matrimonio debía aportar Mayor Fernández Pita 60 ducados y ajuar doméstico, así como hacerse cargo del canon de la Iglesia. Todo ello se pagaría en dos partes, según lo convenido. En el periodo de la unión marital, su marido Juan Alonso heredó unos bienes raíces de su abuela Elena de Rois, que consistían entre otras cosas, una casa en la calle de Herrerías, que daba frente a la casa de doña Constanza de Mariñas y aledaña a la cárcel de la ciudad, hoy en la número 28, aquel establecimiento penitenciario se ubicaba entre los números actuales 24 y 26, así como unos jornales en las viñas  de San Cristóbal. 

Este primer marido de Mayor Fernández Pita falleció en 1587. De esta unión tienen una hija llamada María Alonso de Rois, pero la propia hija al paso del tiempo cambió el último apellido y pasó a llamarse María Alonso de Pita. Esta hija se casaría con Gregorio Vázquez de Verbía ó Bervía, escribano receptor de la Real Audiencia, a quién su esposa, María Alonso de Rois, le compra el oficio con su propia hacienda para que pase a la Real Audiencia. 

Problemas
Como escribano, Gregorio Vázquez de Verbía, tendrá numerosos problemas en el seno familiar de su esposa y con el tiempo acaba separándose y María Alonso de Rois, al terminar con la herencia que le había dejado su padre, acaba sola y arruinada, por lo cual se volvió al hogar materno en compañía de su madre Mayor Fernández Pita. De este matrimonio con Juan Alonso de Rois tendrá Mayor Fernández Pita un pleito mediante el cual pretendía quedarse con todos los bienes propiedad de Elena de Rois, abuela de su marido, la cual había dejado parte de aquellos bienes a su otro heredero, Juan de Columbra.

Sin descendencia
Posteriormente, en noviembre de aquel mismo año, Mayor Fernández Pita contrajo nuevo matrimonio con el también carnicero de la ciudad Gregorio Rocamonde, el cual falleció en los primeros días de mayo durante el cerco inglés a la Coruña en 1589.

De esta unión no tuvo descendencia y se mismo año se vuelve a casar. Esta vez lo hace con un contra maestre de navío, de origen andaluz, llamado Sancho de Arratia. De esta unión nace otra de las hijas, María de Arratia. Dicho marino murió entre los años 1592 y 1595. 

Las uniones matrimoniales eran frecuentes en la época, sobre todo después de enviudar y quedar con hijos, ya que la única salida para progresar en aquella encasillada sociedad era la unión marital.

Cuando corría el año de 1599 celebró su cuarto y último matrimonio y lo hizo con Gil Bermúdez de Figueroa, escudero de la Real Audiencia, el cual falleció en 1613.

De esta unión nacieron dos hijos varones, Juan y Francisco Pita de Figueroa. El primero de los hijos será en 1623 alguacil y en 1645 escudero de la Real Audiencia, al igual que lo había sido su padre. 

Si Mayor Fernández Pita contrajese nuevas nupcias, según una de las cláusulas testamentarias impuestas por Gil de Figueroa, su marido, entonces dejaría de ser la tutora de sus hijos y con ello perdería el usufructo de los bienes acumulados de aquel matrimonio, motivo principal de que Mayor Fernández Pita no se volviese a casar. De todos modos a esta altura de 1613 y contando con una fecha estimada de 1562 el nacimiento de Mayor Fernández Pita, tendría a la fecha del fallecimiento de su esposo la edad de 51 años, es decir que estaba en plena madurez, pero seguía siendo tan indisciplinada como en su juventud.

Testamento formalizado
Del testamento formalizado ante el escribano Juan de Ponte y Andrade el 7 de enero de 1613 por Gil Bermúdez de Figueroa, podemos destacar el siguiente contenido:

 “Dejo por mi albacea cumplidora de este testamento, mandas y legados en él contenidas a Mayor Fernández Pita, mi mujer, y por tutora y curadora de los dichos Juan y Francisco, mis hijos y suyos, a la cual doy todo mi poder cumplido para que entre todos mis bienes venda lo que fuese necesario y de su valor haga cumplir mi testamento y en su contenido a Juan López de Ventosiños, procurador de número de la Real Audiencia de este Reino y regidor de la dicha ciudad de la Coruña, al que encargo y pido lo acepte y vea como se cumple este mí testamento y lo haga cumplir”.     

De todas formas, cuando queda viuda, Mayor Fernández Pita tiene un considerable patrimonio en la parroquia de Sigrás, en la que residía algunas temporadas y donde vivió en los últimos años de su vida, disponiendo de tierras de labranza y granjas, recolección de trigo y de viñas, que vendimiaba y preparaba para su venta en pipas a diversos taberneros de la ciudad –con alguno tendría algún pleito–, dedicándose al préstamo de dinero, afición que había heredado de su madre, la cual también se dedicaba a esta actividad, para compra de animales, tierras, casas etc. Pero también era propietaria de diversos lugares situadas en San Pedro de Nós y en San Pedro de Ledoño, heredadas de su último marido.

Exportación de mulas
De lo que nunca hizo uso es del privilegio que los monarcas le habían hecho sobre la exportación de mulas y muletos al vecino reino de Portugal. Es una circunstancia que no se sabe muy bien el motivo, cabe deducir que no estaba preparada para semejante empresa o no contó con los medios materiales precisos para montar una red de exportadores que le permitiesen hacer uso de aquellas prerrogativas reales, el caso es que esta Cédula no fue usada por la interesada. 

Desde que le fue otorgado el permiso, nunca dio cuenta de dicha actividad ni hay constancia, pese a los rigurosos controles que se exigían a las autoridades en los puertos de mar y tierra adentro, sobre lo estipulado en aquella Real Cédula. 

Quizás no se mostró interesada en ello, al no serle aprobado el montante de las 2.000 cabezas que ella pretendía y que finalmente quedaron en 500, y requería de una gran infraestructura logística para culminar aquella operación, le caería algo grande a esta mujer guerrera y socialmente polémica en su tiempo.

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