María Figueiral | “Aprendí que se puede perder sin fracasar”

Es un “end” que no marca el final. Tan solo el principio de otra etapa después de la crisis. “Cartas de ajuste” le pone caras a las víctimas que no son víctimas, sino supervivientes. Ellas y su dignidad

María Figueiral | “Aprendí que se puede perder sin fracasar”
La escritora presenta el libro a las 13.00 horas en Moito Conto | pedro puig
La escritora presenta el libro a las 13.00 horas en Moito Conto | pedro puig

Estará a las 13.00 horas en la librería Moito Conto con “Cartas de Ajuste” (Universo de Letras), donde cuenta la historia de un negocio familiar desde que las crisis asomó sus garras hasta que María colocó el letrero de “se vende” y se tuvo que reinventar como casi todos. No es una historia de números ni de conceptos abstractos. Es una historia humana de una periodista que sufrió un desamor con su vocación y rompió con ella como quien rompe con su pareja por terceras personas que, en este caso, eran las páginas que no quería hacer como churros. 
Así que volvió al origen y se puso a trabajar en la empresa de cocinas de su familia, una opción que no barajó hasta entonces y a la que le cogió gustillo “no era mi mundo, lo veía ajeno. Sin embargo, me gustó el trato con la gente, abrir y cerrar algo propio cada día”. Con lo que no contaba era con la señora recesión. Su forma de hacerle frente fue escribiéndolo. Lo hizo a modo de cartas. Empezó en marzo de 2011 y no puso el punto final hasta cuatro años después: “Hay saltos y meses en blanco”. El resultado es un homenaje a Cocinas Figueiral, pero sobre todo a las personas que levantaron la empresa: “Fueron décadas de trayectoria en el mundo de la construcción, pero llegó la crisis y la bajada de venta fue brutal”. En ese momento, la vida de María gira, “da un vuelco”. 
La última anotación es de la subasta de su almacén en Ourense, aunque hay otros escritos posteriores de 2016 y 2017 para contextualizar el asunto. Escupiendo lo que sentía sobre el teclado, la autora hizo una especie de terapia. Analizó la situación y criticó: “No es nada complaciente”. Tampoco censuró los capítulos más duros porque quizás faltan este tipo de relatos muchas veces porque los protagonistas prefieren vivirlo en silencio. 
En su caso, María se queda con lo que le enseñó su madre, que es la heroína de todo esto: “Ella fue un ejemplo al adaptarse a las circunstancias”. Figueiral aprendió que se puede perder sin fracasar, que la crisis no arrasa con todo, y que “hay cosas que se le resisten: la integridad, la educación, ese ejemplo de lucha no me lo quita nadie”. 
Aún así, “Cartas de ajuste” tiene un trasfondo positivo. Para la portada, María rescató una pieza de porcelana que encontró tirada: “Para mí es un símbolo de que lo bueno prevalece a lo malo”. En el plano laboral, “cambiaron las cosas” y los profesionales son ahora una mezcla. Ella también. Abocados a la multitarea, las nuevas generaciones se preparan. No descartan y atienden a varios frentes. La madre de María fue la primera en leerlo. Le dijo que estaba muy orgullosa. Solo con eso mereció la pena coger el boli y relatar impulsos. l