lunes 30/11/20

La gallega Diana Toucedo estrena su ópera prima “Trinta Lumes” en la Berlinale

La realizadora española Diana Toucedo estrenó ayer en la Berlinale su ópera prima, “Trinta Lumes” (“Treinta fuegos”), un relato entre el documental y la ficción que transcurre en una aldea de Galicia donde “la vida no se acaba, sino que se transforma en otra cosa”, explicó.

La realizadora española Diana Toucedo estrenó ayer en la Berlinale su ópera prima, “Trinta Lumes” (“Treinta fuegos”), un relato entre el documental y la ficción que transcurre en una aldea de Galicia donde “la vida no se acaba, sino que se transforma en otra cosa”, explicó.
Una historia en la que la frontera entre los vivos y los muertos queda difuminada como algo propio de la idiosincrasia de lugar. “Hay ciertas zonas de Galicia que tienen mucho esa creencia de que la muerte no es un fin, sino que es una transformación, un cambio a otra cosa”, señala la directora gallega. Explica Toucedo que siempre le fascinó, incluso cuando de niña, el hecho de que se entienda siempre la muerte como algo “dramático”, sobre todo cuando la persona fallecida es un ser querido y de repente “su ausencia es para siempre”, y que a la vez exista también esta creencia de que los muertos siempre están presentes.
La película acompaña a los habitantes de una aldea en la sierra de O Courel (Lugo) en sus rutinas diarias, en actividades tan cotidianas como desplumar un pollo, la recolecta de castañas o la caza de jabalíes, pero al mismo tiempo capta lo imperceptible para el ojo humano y busca hacerlo “sin caer en lo artificioso”. Así, en su filme, los muertos están entre los vivos y a veces es posible que los vivos desaparezcan. La voz en off de la protagonista, Alba, adentra al espectador en este mundo con fronteras difuminadas entre la realidad y la ficción, entre el mundo de los vivos y de los muertos, y la cámara la acompaña en su exploración del “otro lado”.
El “reto mayor” para la realizadora era “hacer visible lo no visible”. El proyecto comenzó con una investigación de unos dos años en los que se dedicó a ir a los pueblos, pasar horas y horas con sus gentes, tratar de entenderles y conocer sus tradiciones orales para, a partir de ese punto, comenzar a pensar en la película. l

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