Ríos y almas

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Sobre el cristal, gris plenitud, la lluvia. Nada anuncia vida hasta ese instante en el que sobre él centellea, plena y urgente, la gota, lluvia crecida en el orballar de este domingo que reposa alegre en el corazón de la tristeza. Una vez posada, ave de ancestral plumaje, se demora sobre su callada faz, mirándolo con fijeza de estólido para ir luego deslizándose infeliz del feliz hechizo que propicia la transparencia, para rodar calma sobre el desnudo desdén de la pesada ingravidez de ese prodigioso ser, capaz de sostener, en su frágil apariencia, el peso de todo aquello que en la calle late y en casa, amable dislate, alienta. Complejos universos dentro de sencillos cosmos, como esa lluvia que en la lluvia se pierde para ganarse en nuestro ánimo y enraizar nuestro entendimiento.


Llueve grave a lo lejos, lo sé porque es allí donde suena atropellada, como el dialogar de la pasión. Poderoso son en el que, amante voz, el río susurra a su oído: “Ven a mi seno, serena perla y desembocarás en el mar, nacarado espejo en el que el cielo se contempla”.


El río es el Tenorio de las gotas de lluvia, las desenclaustra de su soledad, en tan vasta compañía, para despertarlas a lo singular de su belleza, de ahí ese alegre canto y animoso desbordar del que da noticia, sereno amante, este río, de montaña y cielo, que, derramado sobre el suelo, vuela hacia un mar lunado que en él espía, taimado, su amada cosecha de lágrimas enamoradas.

Ríos y almas