Atardecer en Granada y Fisterra

Rescato de una estantería el Manual de Insultos para políticos, de Pancracio Celdrán (Ed. Alderabán, 2015) y no encuentro “tontopollas”, que fue lo que llamó Manuel Pezzi, presidente de los socialistas andaluces, al presidente Feijoo por comparar el atardecer de la Alhambra desde el mirador de San Nicolás, que elogió con ardor, con la belleza del atardecer y puesta de sol en nuestro Fisterra.


Al presidente Feijóo le cayó la universal sin haber cometido delito verbal alguno que pusiera en duda la grandiosidad de la puesta de sol desde el promontorio de la Alhambra. Detrás de la reacción virulenta de Pezzi vinieron las del candidato Espadas y de otros palmeros que también criticaron al mandatario popular por “ofender a Andalucía con su ramalazo gallego”.


¡Válgame Dios, qué nivel el de estos políticos! Dice Pancracio que la ristra de improperios obedece a nuestra condición irascible que tiende a la desmesura y a la exageración. Los comentarios gruesos e insultos vertidos en las redes contra Feijóo respondían a la mala educación de unos políticos que quisieron convertir en categoría lo que no es más que una pequeña anécdota.


Eso revela que sus rivales Feijóo le están esperando y apuntando con toda la artillería para disparar cuando cometa el menor desliz. Muy mal debe discurrir la campaña para los socialistas andaluces cuando no son capaces de entender un comentario coloquial y hasta poético. A mí, líbreme Dios de comparar los dos atardeceres que reúnen en sí mismos una belleza sublime. Pero Fisterra tiene una ventaja sobre Granada: es el final del Camino y los peregrinos creyentes, después de contar al señor Santiago sus quebrantos y pesadumbres, se pueden postrar en la Iglesia de Santa María ante la bella imagen del Cristo “da barba dourada” que, según la tradición, llegó allí en una caja que flotaba sobre el agua.


A poca distancia de la iglesia está el Cabo, que se yergue esbelto y arrogante para proteger de las olas alborotadas a la Iberia que allí termina. En aquel punto, creyentes y agnósticos son arrebatados por la más honda sensación de finitud e inmensidad cuando se produce la muerte del Astro Rey que, cuenta la leyenda, atemorizó a los soldados de las legiones Romanas hasta tal punto que los mandos tuvieron que imponer su autoridad para evitar la desbandada de la tropa, atemorizados ante la grandiosidad del espectáculo.


En fin, que la naturaleza fue generosa por igual con Granada y con Fisterra que nos deleita con una belleza suprema “onde a terra se acaba e o mar comenza”. Lástima que esos políticos andaluces no sepan dejar al margen de sus disputas a San Nicolás y a nuestro Cabo, dos grandiosos regalos de la naturaleza.

Atardecer en Granada y Fisterra

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