sábado 28/11/20

Está Galicia llorando

Les escribo justo un día después del comienzo de los incendios que hicieron que los montes se llenasen de miedo y de ceniza. Galicia está triste, llora desconsolada, y los gallegos tenemos morriña en el corazón.

Efe/Salvador Sas
Efe/Salvador Sas

Les escribo justo un día después del comienzo de los incendios que hicieron que los montes se llenasen de miedo y de ceniza. Galicia está triste, llora desconsolada, y los gallegos tenemos morriña en el corazón. Ojalá estuviesen hoy as nubes chorando y así as rúas molladas de tanto como choveu, como escribió Castelao, pero las gotas que caen por el momento no son las suficientes. Tampoco podemos culpar a la ausencia de agua ya que, además de que esa no es la primera solución para apagar el fuego, lo que ha causado esta situación tan atroz son aquellos que han prendido la mecha que dio comienzo a esta pesadilla que nos está tocando sufrir.


A Coruña amaneció el domingo 15 de octubre con el presagio de que algo estaba pasando. Parece que la ciudad había querido dejar su hombro a las zonas que estaban empezando a ser quemadas, para que así éstas reposasen su tristeza compartiendo de manera conjunta el peso de la humareda, que trajo consigo un fuerte olor a madera y hojas ardiendo y que entró por cada rendija de nuestras casas sin que nada pudiésemos hacer por evitarlo. 


En los primeros momentos de viento e incertidumbre que se estaban empezando a vivir, pensaba que ojalá pudiese estrujar una nube de esas que encapotan el cielo un día cualquiera de invierno y que se terminase esta pesadilla de origen intencionado y, sobre todo, que los causantes mostrasen su profundo y público arrepentimiento nada más conocerse la noticia del fallecimiento de las cuatro víctimas: Maximina, Angelina, Marcelino y Alberto. A medida que iban llegando a cuentagotas las imágenes y las noticias, pensaba también en todos los profesionales que estaban acudiendo a socorrer a personas, animales y montes y en todos esos cubos de agua que transportarían sin tregua (y sin pensárselo dos veces) los vecinos que mirarían desolados como sus casas estaban ardiendo. 


Hoy escuché el testimonio de una vecina de Friol que la de ayer “fue una noche de solidaridad y de miedo”. La necesidad de ayudar al prójimo está en el ADN de los gallegos, para mí es sin duda una de nuestras orgullosas señas de identidad. También lo es la discreción y la elegancia, y es así como ese temor que declaraba esta mujer se siente pero queda transformado, sin embargo, en los rostros de gesto valiente y en ese espíritu de entrega y de servicio que tan bien nos caracteriza así como de esa disposición al trabajo constante, que hemos aprendido desde pequeños viendo el ejemplo de nuestros padres y abuelos, y que los gallegos mantenemos tengamos la edad que sea.  Por ese carácter luchador impreso en los genes, los vecinos no han dudado ni medio segundo en salvar las vidas de otros, en poner su ganado a salvo y en usar todos los medios para ayudar allí donde se daba una circunstancia de urgente necesidad.
Miña terra galega


Hoy no les hablo de datos, ni de estadísticas ni de números. En estos momentos solo consigo escribir sobre miña terra galega, esa misma que nos han quemado, y en la bondad y saber hacer de mis paisanos. Pienso en Lugo y la increíble belleza de sus montes, sus castros, la majestuosidad de los Ancares, las pallozas de Piornedo, en sus pueblos bañados por el Cantábrico y el carácter propio y especial de A Fonsagrada; en Pontevedra que desprende una luz especial, en sus rías y en el color de las buganvillas en verano y de la belleza de las hortensias que nacen a la puerta de cada casa; en A Coruña, repleta de gente buena, bañada en cada uno de sus pueblos y ciudades por la equilibrada mezcla entre el sol y el viento que llega desde el Atlántico y que parece reflejarse de manera especial en cada piedra; y finalmente, en Ourense, en las Burgas, en su Puente Romano, en los pueblos de Xinzo y Verín y, cómo no, en sus carnavales.


Durante estos días se han puesto en serio peligro varios núcleos de población, han muerto cuatro personas, miles de animales se han calcinado y se ha destruido un rico ecosistema. Cientos de personas que se han quedado sin sus casas, sus coches, sus aparejos de labranza o su sustento de vida. Y es así, como de este modo, se ha dañado el alma de los gallegos reflejada especialmente en las miradas tristes de la gente mayor. Me pregunto ¿qué versos escribiría Rosalía estos días? Me imagino que estarían llenos de palabras rotas de dolor señalando, en un par de estrofas, la inmensidad de lo perdido.


Pero también ha salido a relucir una vez más que la grandeza de Galicia está en las personas que la conforman. La población gallega es indudablemente especial, trabajadora, honesta y altruista. Es cierto que decimos muchas veces “depende” y que nuestro carácter es a veces gris como la lluvia que cae en Compostela, pero nuestros “síes” son “síes” y sabemos trabajar en equipo, a la vista están esas cadenas humanas que se han repetido de manera espontánea en distintas partes del territorio. Somos también gente tranquila, lo cual ha quedado reflejado en los muchos testimonios que hemos podido oír y ver en fotografías: todos hablan desde el dolor y reflejan la tristeza profunda que se siente pero se habla y se mira con paz, sin caer en palabras de odio, sino siendo realistas y proponiendo soluciones. Es esa sabiduría innata del gallego, el mismo que sabe explicarse con dos palabras dichas en el momento preciso y del modo más adecuado y eso, ya lo saben, no lo podrá quemar nadie nunca.

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