domingo 05.04.2020

Rescatar la memoria que se pierde en el río Miño

“Los tesoros humanos vivos del río Miño Transfronterizo”, liderado por la Diputación de Pontevedra y cofinanciado con fondos europeos, es una iniciativa que trata de recuperar el patrimonio inmaterial de la zona
Isalina Fernandes es una de las protagonistas del proyecto “Smart Minho”  | s.  sas (efe)
Isalina Fernandes es una de las protagonistas del proyecto “Smart Minho” | s. sas (efe)

l español José Manuel y la portuguesa Isalina son “tesoros humanos vivos” con habilidades que languidecen y cuya identificación, como la de otros como ellos, forma parte del proyecto europeo “Smart Minho” para transmitir a generaciones futuras.

Nadie aprecia tan bien el valor de la memoria como aquellos que saben que se les va yendo. La memoria, más aún la colectiva, es un patrimonio inmaterial de valor incalculable, un museo vivo cuya conservación requiere de una labor abnegada, muchas veces ingrata y casi siempre solitaria.

La iniciativa “Los tesoros humanos vivos del río Miño Transfronterizo” trata de documentar, para evitar que se pierda, la memoria cultural gallegoportuguesa acumulada durante siglos y que ya sólo reside en las cabezas de unos pocos ancianos.

Vidas de otro siglo

A pesar de sus 70 años, José Manuel desciende por las laderas empinadas que conducen al Miño con la desenvoltura de un gamo. Y allí, su gallego fronterizo y lusista se alza nostálgico sobre el arrullo del Miño para rememorar otros tiempos, no tan antiguos, en que las “pesqueiras” daban de comer a toda una familia. Era un tiempo, dice, en que se pescaba de todo. También angula, “que se utilizaba para abono” o para dar de comer a las gallinas. “Ahora, la poca que hay va para Japón, es un negocio”, lamenta.

En el otro lado, en territorio portugués, los escasos pobladores de Campo Lameiro mantienen resquicios de una forma de vida de otro siglo.

Allí viven Isalina Fernandes y su hija Leonor, las únicas en toda la aldea que aún practican la trashumancia, a la que antes de la llegada de la calefacción, las carreteras o los automóviles, estaba abocada toda la aldea, que cada invierno huía de la montaña para evitar quedar aislada por la nieve. “Mi vida ha sido muy dura, muy dura”, explica Isalina en una mezcla entre gallego y portugués.

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