A la espera de la llegada de la banda ancha

Aineto, un pequeño municipio del valle de La Guarguera, en el prepirineo de Huesca, pasó de ser un lugar abandonado, donde solo se escuchaba el silbido del viento entre las ruinas

A la espera de la llegada de la banda ancha
La repoblación surtió efecto en el Alto Aragón | PABLO MARTÍN
La repoblación surtió efecto en el Alto Aragón | PABLO MARTÍN

Aineto, un pequeño municipio del valle de La Guarguera, en el prepirineo de Huesca, pasó de ser un lugar abandonado, donde solo se escuchaba el silbido del viento entre las ruinas, a un pueblo con escuela infantil. La causa: la dedicación de sus habitantes que, desde su llegada hace tres décadas, lograron devolverle a la vida.
No es el único caso, tal y como recoge un estudio realizado por el arquitecto Sixto Marín para la Diputación Provincial de Huesca, que indica que 31 pueblos ya no están vacíos, frente a los 200 que todavía quedan deshabitados. En contra de lo que puedan sugerir los números, las iniciativas de recuperación en el Alto Aragón se multiplicaron en los últimos años y fueron comandadas por gentes muy diversas. Según recalca a Efe el autor del estudio, tienen en común un índice de éxito muy alto, sin duda “suficiente como para tomar nota de sus planteamientos y potencialidades”. Para comprenderlas, hay que encuadrar las iniciativas en su secuencia histórica.
Porque la comarca del Alto-Gállego, una de las zonas en las que más se trabajó la repoblación, sufrió una pérdida demográfica ostensible en los 60, cuando el Gobierno compró los campos agrícolas de las laderas de los valles para reforestarlos. Pretendía evitar el aporte de sedimentos de los cultivos agrarios a los embalses, las grandes obras hidráulicas del Pirineo que provocaron éxodos masivos y vaciaron valles.
Hoy, Artosilla, Ibort y Aineto forman una comunidad de municipios gestionada por la asociación Artiborain, fundada en los años ochenta por un grupo de personas, ahora llamados “neorrurales”, que decidieron asentarse en estos pueblos sin agua ni corriente eléctrica. Agustín Montero lleva 30 años viviendo allí. Llegó a Aineto a finales de los 80 junto a un grupo pequeño movido por las ganas de dejar atrás la vida urbana; quería vivir en contacto con la naturaleza y promover una sociedad más colectiva y menos individualizada.
Desde entonces, la asociación Artiborain suscribió diferentes contratos con el Gobierno de Aragón para vivir en este municipio de titularidad pública. De hecho, actualmente está a la espera de su respuesta para renovar de nuevo la concesión; esta vez por 30 años, los mismos que lleva allí.
En este período, los vecinos con sus manos reconstruyeron las casas de este pueblo; sumaron tradición y tecnología y apostaron por el cultivo ecológico de la tierra y por el autoabastecimiento con energías renovables. Entre los cuatro pueblos suman 250 habitantes, buena parte de ellos niños que acuden a la Escuela Infantil de Aineto, cuya apertura supuso un impulso definitivo a la recuperación de este pueblo, que ahora espera la llegada de la banda ancha. l