Miércoles 26.06.2019

Patricio Ron | “Hay una enorme dificultad para comprender al otro y las necesidades que tiene”

El ganador del premio Alfaguara por “Mañana tendremos otros nombres” habló de incomunicación. El gran mal actual

El autor participó en “Encuentro con escritores”, organizado por el Centro de Formación y Recursos | pedro puig
El autor participó en “Encuentro con escritores”, organizado por el Centro de Formación y Recursos | pedro puig

Patricio Ron prefiere la soledad del escritor a la compañía, decirlo por escrito que hablarlo. Sin embargo, empieza a charlar y da gusto oírle. Ayer, estuvo en la UNED con “Mañana tendremos otros nombres”, que lleva colgada la medalla del premio Alfaguara al lomo, algo que le hace al autor moverse todavía más. 

Con la resaca del Sant Jordi, cuenta que “uno nunca sabe de donde vienen las historias, pero tampoco quiero averiguarlo”. Esta pululaba a su alrededor y no era una, sino muchas protagonizadas por amigos que tras un tiempo en pareja, su relación hizo “chas”, y se encontraron con que el paisaje de la seducción había cambiado por completo, que “las formas de ligar eran otras” y como toda transición de un régimen moral a otro, “nos encontramos con perplejidades y esa sensación de estar fuera de lugar”. 


Los protagonistas del libro se toman su tiempo para abordar estas cuestiones, cosa que en el plano real no sucede. No hay margen y llega la frustración, que parece la nota dominante de una generación que tiene más herramientas y libertades. Recuerda Patricio que incluso “contamos con algoritmos para que nos digan científicamente cuál sería la media naranja, pero las cosas no son tan fáciles como dicen”, y “el precio de entregar nuestra intimidad viene a veces de la mano de malentendidos”. Para el argentino, el peor mal de la sociedad hoy es la incomunicación. De ahí, que el ser humano se frustre porque no expresa: “Los portales de conocer a gente a algunos les funciona y está bien, pero la experiencia de personas cercanas es que hay mucha incomunicación”. 


Para contarlo, sus amigas le echaron un cable, “me enseñaron capturas de pantallas, fotos que les enviaban y cómo usaban las tecnologías”, que le ayudaron a comprender que “todo lo que emergía de este retrato virtual era usado para una cosa bien distinta”. Ni siquiera para sexo, añade, porque cuando “recibes una fotopolla, es una muestra de profunda ignorancia sobre los mecanismos más básicos de la seducción”. 

En definitiva, “hay una enorme dificultad para comprender al otro y las necesidades que tiene, existe una torpeza grande y mucha soledad”. A cambio, gracias a estas empresas, se saben metadatos interesantes como que el mensaje promedio de las chicas en chats es de 250 palabras y el de los chicos, de 25 palabras, “que les dará para presentarse y proponer quedada”. 

Sin embargo, la novela no es pesimista ni traza un panorama desolador: “Explora la forma que amamos y que amaremos y cómo en la continuidad de la experiencia amorosa, hay mucho de nosotros mismos”. Los personajes lo descubren y desmantelan una serie de verdades absolutas que respondían a un ideal del amor romántico ya prescrito. “No hay decisión sin línea de sombra”.

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